Thursday, March 31, 2016

Crisis y papel.


Podemos decir que la crisis económica del 2008 quedo atrás.  Pero la mayoría de las medidas económicas que se tomaron para contrarrestarla aún perduran. Algunas de ellas, salidas de las prodigiosas mentes capitalistas que conocen la libre economía de mercado, son tan sutiles que resultan imperceptibles para el consumidor.
Por ejemplo, se le redujo el tamaño a una inmensa gama de productos básicos y en los restaurantes las porciones fueron víctimas de “encogimiento económico”. Productos de primera necesidad: jabones, pasta de diente, champú y un largo etcétera, perdieron onzas de peso y de volumen pero mantuvieron el precio. Hasta el papel higiénico fue víctima de esta medida. Las fábricas de este necesario producto aprobaron unánimemente rebajar 6.35 milímetros (1/4 de pulgada) al ancho de cada rollo de papel.

Para usted, para mí y para el resto de los habitantes de este planeta, bueno para el resto no, existen algunas etnias con distinta forma de asearse el orificio, este detalle pasó desapercibido, pero significó un ahorro de tres billones de toneladas de pulpa.
Créanme, no es mi intención hacer conciencia. Solo señalar un dato curioso. Seguro estoy que mis lectores van a hacer con este articulo lo mismo que con el papel sanitario.

Monday, March 28, 2016

Miriam, Gina y El Zorro.

Mi prima Miriam Morales Cardona, la doctora eres tú, así que no es necesario decirte que la memoria tiene episodios recesivos. Tiene que ser éste descanso mental, recorriendo paradisiacas islas del Caribe, viendo como a los europeos el Sol les tuesta el lomo como a un puerco asándose en puya, lo que me ha hecho recordar.
Lo cierto es que he recordado cosas. Cosas que tienen que ver contigo y con el eterno niño que todos somos, qué yo fui y aún soy. Lo primero que recordé fue un día de Reyes Magos, la sombra de la imposición y las escaseces se ceñía  sobre todos nosotros, pero tú te las agenciaste para aparecerte en mi casa con un regalo. Una maquinita, un carro, un pequeño automóvil de juguete que fue mi felicidad por muchos días.
Lo segundo fue una carta, una simple carta. Se transmitía por la televisión la serie El Zorro. Julito Martínez era el enmascarado héroe al que todos los muchachos queríamos parecernos. Yo soñaba con aparecerme en la casa del administrador de turno del Central Mercedes (6 de Agosto por aquellas fechas) y llevarme en el lomo de aquel blanco corcel a Caridad Pérez, su hija. Caridad, una trigueña de pelo largo y ojos almendrados, nos quitaba el sentido a mí y al resto de la manada de muchachitos con tanta imaginación como testosterona. Yo era invisible para Caridad. Ni montado en el brioso caballo de Julito, vestido de negro y con un antifaz se hubiese fijado en mí aquella bella niña.



Por la popularidad de la serie Aventuras, la televisión cubana ideó un concurso. Se trataba en escribir una composición sobre el medio ambiente, enviarla al canal y a los participantes les enviarían a vuelta de correo una foto autografiada de Gina Cabrera, una bella actriz cubana. Un tarde llegué a tú casa, te encontré introduciendo en un sobre tu participación en el concurso. Se trataba de una extensa y bien elaborada composición de dos páginas.
− ¿Quieres que te redacte una?
− ¡Si claro!
Tomaste lápiz y papel y redactaste una sencilla composición de un párrafo. Juntos fuimos a la oficina de correos y las enviamos con destino a los estudios de televisión en La Habana.
Unas semanas después salvé corriendo la distancia entre tu casa y la mía. Llegue con la foto en la mano y el corazón en la boca. − ¡Mira mi prima me llegó, me llegó!

Recuerdo perfectamente la foto. Era un “close up” en blanco y negro de la cara de la popular actriz. Con los dedos pulgar e índice de la mano derecha formaba una “L”. Con el pulgar se sostenía la babilla, por el lado de la cara el índice subía en dirección a la sien. Gina durmió conmigo muchas noches. Caridad se cortó el cabello y la olvide. 
Recuerdo también, meses después tu risa. Señalando que, a pesar de haber escrito la mejor composición, la única que no había recibido foto eras tú.
Quizás sea el relajamiento. Quizás sea este Scotch de 12 años. O el suave compás de las olas sobre la fina arena. Algo me ha hecho recordar y compartir.
Medio siglo después no dudo que te motivó a tener aquellos gestos conmigo. Los rasgos de buena voluntad son visibles en los seres humanos, inclusive para los inmaduros y nobles ojos de un niño. ¡Gracias mi prima!




Maternidad.


En la distancia la observo a través de los binoculares. Está alejada de la manada. Sola, o aparentemente sola. Intranquila. Vulva y ubre hinchadas. Menea la cola incesantemente, algo le molesta, le duele.
La observo con paciencia, sé que en algún momento me indicará la razón de su estado y revelará su secreto. Me acercó un poco más, poniendo con mi presencia presión psicológica. Se incrementa su intranquilidad. Entonces hace el gesto que yo esperaba. Deja de mirarme, y por unos segundos fija su vista en un punto lejano, emite un mugido corto, gutural y vuelve a mirarme con recelo, como queriendo decirme, no vayas allí. Es justamente lo que hago. Manejo mi Ranger con sumo cuidado, observando el terreno. Allí en el fondo de una cuneta de desagüe, escondido dentro de uno hierbajos, está la razón de su preocupación. Un bello becerro Black Angus recién nacido. Solamente tengo unos segundos para chequear su estado de salud y su sexo, pues ella se acerca agresivamente para defender su criatura.
Me alejo dejándole todo el espacio necesario. Lo huele y lo lame, asegurándose que el intruso no le hizo daño. Con el código secreto de comunicación que poseen las madres lo encomiará a incorporarse y alimentarse. Espero pacientemente hasta verlo amamantar, es la prueba de subsistencia que necesitaba. Desde mi celular escribo los datos, número de la vaca y sexo de la cría y los envío. También escribo esta nota. Soy un guajiro dichoso.

Wednesday, March 9, 2016

La búsqueda de un buen negocio.







Mi primera gestión empresarial, fue una suerte de cuentapropismo infantil. Una distribución de cítricos a domicilio. Recogí en un saco, todas las mandarinas que pude, de una hilera de matas que crecían frondosas en la cerca divisoria de un sitio o conuco propiedad de mi padre, situado en la finca La Esperanza de mi niñez. Las propuse y vendí puerta por puerta en mi barrio, una docena de casas de campo a lo largo de un polvoriento callejón en las afueras del Central Mercedes. Quizás por simpatía o seguramente por la pena de ver aquel esquelético chiquillo de siete u ocho años con un pesado saco a cuestas, lo cierto es que en una sola tarde las vendí todas. Llegué a casa contento y le informé a mi padre de lo bien que marchaba mi empresa. Le mostré la libreta donde apuntaba el nombre del cliente y la cantidad vendida. El dinero recaudado mi padre se ofreció a guardarlo bajo llave en su buró. Así lo hice. Me extraño su falta de entusiasmo, solo dijo algo así como “HUM” y siguió revisando papeles.

El negocio duró hasta que unos días más tarde en un segundo intento de distribución comprobé que nadie quería la mercancía. Cariñosas y llenas de elogios, una por una, mis clientas rechazaron una segunda entrega. Hasta que llegué a la puerta de Cuca, la viuda de Perico. Amable señora ella, pero portadora de firmes convicciones, adquiridas en los avatares de criar sola una familia.
 

− ¿Miguelito, tú has probado las mandarinas? - me dijo, con cara de poco marido. 
 

− ¡Si Cuca, están riquísimas! 


− A ver, cómete una.   


Metí la mano en el saco y extraje una, con destreza le quite la cascara (eran muy fáciles de pelar) y resuelto me introduje tres hollejos en la boca. − ¡Están deliciosas!− Le dije con la boca llena de jugo y los ojos llenos de lagrimas. Dentro de la boca se me formo una masa intragable y el paladar experimentaba la sensación de haber tomado un buche de acido de batería. Yo sabía el porqué aquellas matas tenían una cantidad increíble de frutas el año entero sin que nadie las tocara, pero no podía revelárselo a mi clientela. Cerré definitivamente el negocio. Lo más duro fue ver a mi padre retirar todo el dinero de la gaveta del buro, entregármelo con una estricta orden. Aquella tarde tuve que ir puerta por puerta con cara de huérfano, libreta en mano devolviéndolo.  




Mi segunda idea empresarial nació de un comentario que le escuche a mi tía Digna. Mi madre le había comprado una guayabera a mi padre y al mostrársela a mi tía, esta comentó admirada. − ¡Los botones son de hueso legítimo!− Allí mismo tuvieron que explicarme el proceso de elaboración de botones usando huesos como materia prima.
 
Lo que prosiguió fue una labor de hormiga, o más bien bibijagua. Le puse esfuerzo, alma corazón y ampollas y la convicción que no me pasaría como con las mandarinas. Con la pesada y rudimentaria carretilla de mi padre, daba viajes hasta el cementerio de los bueyes, un apartado potrero en la finca donde se soltaban los bueyes retirados del servicio, para que vivieran sus últimos años y finalmente murieran. Me fue fácil encontrar enormes osamentas de las cuales recolecté los mayores huesos. Después del colegio, comenzaba mi diario peregrinaje óseo. Di viaje tras viaje, hasta casi llenar un abandonado chiquero de cerdos en el fondo del patio de nuestra casa. Me salieron ampollas en los dedos, aun así continúe la labor, hasta que algún resentido anticapitalista puso a mi padre sobre aviso y el viejo descubrió el almacén.
 
− ¿Tu me puedes explicar qué locura es esta Miguelito?− Me preguntó mi padre, parado delante del panteón de todos los bueyes difuntos de la finca.
 
Le expliqué con lujo de detalles las características del negocio. Le pedí que me ayudase a conseguir un contacto, un comprador en la fábrica de botones en La Habana. Incluso le ofrecí ser mi socio. Mi viejo escuchó con la paciencia de un monje budista toda la idea. Declinó cordialmente mi ofrecimiento y me dio una larga lección sobre oferta y demanda, los dos elementales principios de la libre empresa. Se ofreció a ayudarme a devolver al potrero, utilizando un carretón grande, toda aquella carga fúnebre.
 
Hoy agradezco que nadie viera a José Miguel Grillo y a su hijo repartiendo huesos en la soledad de aquel potrero. Pero lo más importante, lo que siempre agradeceré, es que siempre me animó a no abandonar jamás la idea de seguir buscando un buen negocio.
           

Wednesday, March 2, 2016

Angel Scull.

− Mira Papi, ese es el carro de Angelito el pelotero− le dije, señalando un Buick color verde de 1955 eternamente parqueado en el garaje de una casa de nuestro pueblo. Caminábamos por el polvoriento callejón frente a la Casa de las Locomotoras, una inmensa nave de techo y paredes metálicas donde se les daba mantenimiento a aquellas inmensas máquinas de vapor que movían los carros de caña del Central Mercedes.

−Eso no es un carro hijo− contesto mi padre secamente. A duras penas yo, un crio de siete años,  lograba mantener el ritmo del andar de mi padre. Volví a mirar atrás, para cerciorarme que, a pesar de lo que él me atestiguaba, allí, debajo de aquel viejo techo, descansando sobre cuatro bloques de concreto, estaba el auto que me había acostumbrado a ver durante varios años y que había quedado abandonado por su dueño.
 

Angelito era como todos llamaban a Ángel Scull. Nacido el 2 de octubre de 1928 en el Central Mercedes, desde temprana edad mostró una habilidad y agilidad extraordinaria para jugar beisbol. Sus hazañas en el equipo de Mercedes llamaron la atención de los caza talentos de la liga profesional y Angelito fue fichado por el club Almendares donde jugó la posición de “center field” durante diez temporadas. Scull ganó la corona de bateo de la Liga Cubana con un promedio de 370 durante la temporada 1954-55. Además, capturó títulos de bases robadas en las temporadas de 1953-1954, 1955-1956, 1958-1959 y 1959-1960. Registró un promedio de 277 con 207 carreras impulsadas, anotando 299 carreras y robar un total de 87 bases, 15 jonrones, 74 dobles y 31 triples. Fue miembro de la selección cubana de béisbol que ganó la medalla de oro en los Juegos Panamericanos de 1951, celebrada en Buenos Aires, Argentina. Durante el torneo, logró la mejor marca en carreras impulsadas (14) y bases robadas (4) y conectó la mayor cantidad de jonrones (3). Su habilidad con el guante lo situó entre los mejores "outfilders" de la época. Pero no solo en Cuba demostró su calidad, tambien jugó en la liga mejicana y en Estados Unidos para Havana Sugar Kings y Washington Senators.
 

En 1975 se celebró en Miami un juego de antiguas estrellas de la pelota cubana. Angelito vino desde Méjico donde residía desde su partida de Cuba en 1961. Acompañé a mi padre y a mi tío Manolo Diéguez al juego. Antes de comenzar el juego, al verlo en el dogout mi tío le gritó “picua.” Corrió hacia nosotros como lo hacía al robar una base en sus mejores tiempos. Saltó el muro que dividía el terreno de las gradas y nos dio un prolongado y emotivo abrazo. – Ese mote solo lo saben los que me conocen de Mercedes− dijo con lagrimas en los ojos. Ese días nos contó de su intención de radicarse en Miami.
 

El lunes 17 de enero de 2005 en el cementerio Vista Memorial de Miami Lakes, ayudé a cargar el féretro conteniendo los restos de Ángel Scull para darle sepultura. Terminada la ceremonia, visité la tumba de mi padre a escasos metros de la de Angelito. Por esas coincidencias del destino era su cumpleaños. Esa fría mañana recordé muchas cosas. Recordé aquel día que caminando por el polvoriento callejón frente a la Casa de las Locomotoras, le indiqué a mi padre.

  − Mira Papi, ese es el carro de Angelito el pelotero

−Eso no es un carro hijo− contesto mi padre secamente.

Para luego añadir, en clara alusión a la decisión de Angelito de no regresar mas Cuba.

− Eso es un monumento a la dignidad.

Thursday, February 4, 2016

Viva Cuba.


Una mirada a la historia de Cuba concentrada en los periodos presidenciales de los que ocuparon esa posición desde el 20 de mayo del 1902 hasta las últimas elecciones libres, muestra en muchos casos la brevedad de esos mandatos. Era el cubano un ciudadano impaciente sin lugar a dudas. No dudo que esa impaciencia nos ha costado caro. Numerosos fueron los casos en que la constitucionalidad de la nación fue zarandeada por tendencias dictatoriales. Podemos decir, con toda la vergüenza que lo requiere, que hace 67 años que un cubano o un hijo de cubanos no es candidato en elecciones libres y multipartidistas a presidente de la Republica de Cuba. Las últimas elecciones libres a la más alta posición del gobierno se realizaron el 19 de octubre de 1948 y las ganó Carlos Prío Socarrás.
Nos encontramos en plena campaña política en Estados Unidos. Por un lado el partido demócrata con Hilary Clinton y Bernie Sanders, por el otro lado el partido republicano con Donal Trump, Jeb Bush, Ben Carson,  Chris Christie,  Ted Cruz,  Carly Fiorina,  John Kasich, Marco Rubio. Son tantos que puede que olvide alguno. Podemos simpatizar con uno u otro partido, podemos simpatizar con uno u otro candidato o con ninguno. Lo que yo creo que no podemos, los que somos cubanos, hijos o nietos de cubanos, es dejar de reconocer el hecho que en un corto periodo de tiempo, contra todas las trabas y dificultades, dos de nuestros, dos hijos de cubanos, han llegado a ser aspirantes a posición más alta del gobierno de los Estados Unidos. No puedo dejar de recordar un monologo escrito por Don Guillermo Álvarez Guedes. Porque aunque pasen los años y miles de águilas sobre el mar, yo, al igual que Guillermo ante el triunfo y los logros grandes o pequeños de alguno de los míos, no me cansaré de repetir ¡Viva Cuba carajo!    

Wednesday, January 27, 2016

¿Cómo sobrevivimos?


Ayer por la tarde recogí, como todos los martes, a mi nieta del “Day Care” escuelita, o pre kínder. Con solo tres añitos, Mariah sabe abrocharse el cinturón de seguridad del asiento para niños, en el que viaja en la cabina climatizada de nuestro auto hasta nuestra casa. Suelo mirarla por el espejo retrovisor, mientras entablamos un dialogo que invariablemente toma matices humorísticos por las ocurrencias de la cría. Durante el recorrido me ausente del dialogo y me deje llevar por el recuerdo y la nostalgia hasta mis días de infancia en la finca Esperanza y Sumidero en las afueras del Central Mercedes, Matanzas, Cuba. La pregunta fue inevitable ¿Cómo sobrevivimos? Esta pregunta me la hago muchas veces. Especialmente cuando comparo la gran diferencia entre la forma en que viví mi niñez y la forma en que la viven los niños ahora. Sería muy largo hacer una comparación detallada, así que me concentraré en un solo detalle, el transporte. 

 


Las primeras clases de tutoría que recibí me las impartió Elena Cardona en su casa, o la casa de sus padres para ser más exactos. No sé si por vocación o por unos pocos pesos, lo cierto es que en casa de Ramona y Vicente, Elena creó una escuela privada donde asistíamos varios niños del central a repasar y reforzar la materia que nos daban en la escuela pública José Abrines. Se formaban grupos por edades, de esa manera cuando yo estaba aprendiendo a escribir, mis primos mayores que también asistían, estaban aprendiendo quebrados. El encargado de llevarme y traerme era mi primo Vicentico Grillo, diez o doce años mayor que yo, hijo de mis tíos Digna Álvarez y Pipe Grillo, que también asistía a clases. El medio de transporte era un caballo, o en nuestro caso una yegua vieja. Vicentico se aparecía en casa a bordo de  "la yegua de la sociedad" así le llamábamos todos, pues pertenecía a la sociedad formada por los hermanos Grillo, propietaria de la finca donde vivíamos. La yegua entradita ya en años, era extremadamente dócil y noble, por esa razón era utilizada como transporte de muchachos. El encargado de alistarla para esos menesteres, ponerle la montura y acicalarla era Severino Pereira, un trabajador de la finca que se encargaba de varios quehaceres en casa del tío Pipe. Severino tenía fama de ser un holgazán, Pipe le llamaba constantemente la atención. Lento y mal eran las peculiaridades con las que realizaba cualquier tipo de labor que se le encomiaba. Más que un empleado, era un miembro más de la familia. Eso sí, tocaba bien el laúd. 

Todas las mañanas mi madre me tenía listo. Al llamado de Vicentico desde el callejón, me despedía en el portal de la casa con un, −que Dios te proteja hijo− a toda carrera yo salvaba la distancia del portal al callejón y con la agilidad de los seis años, ponía un pie en el estribo de la montura y de un salto caía sobre las ancas del animal. No lo sabíamos entonces, pero en realidad, Dios nos protegía. Así, partíamos hacia la escuelita de Elena. Los primeros metros los recorríamos muy despacio, hasta perdernos de la vista de mi madre que invariablemente se quedaba parada en el portal. Cuando ya mi madre no nos veía Vicentico emitía un ruido parecido al motor de un auto. La yegua entrenada, según aumentaba el ruuuuuunnnnn aceleraba la marcha. A cada sonoro cambio de la transmisión imaginaria, el sacudión era más violento y la velocidad aumentaba. Cuando alcanzaba a ponerle la quinta, con el hocico estirado hacia adelante, las orejas plegadas hacia atrás y la cola recta en posición horizontal, la bestia se convertía en un estrepitoso bólido de cuatro patas. Yo con una mano me aferraba al cinto de Vicentico y con la otra sujetaba un cuaderno y un lápiz. Aquella mañana tomamos la curva frente a casa de Paco Herrera hacia la casa de los Cardona  a "ciento cuarenta kilómetros por hora." Así gritó el Juan Manuel Fangio de la equitación. Fue allí donde me pareció sentir la montura ladearse. En escasos segundos habíamos dejado la curva atrás y estábamos a unos ciento cincuenta metros de la carnicería de mi tío Generoso Morales. No supe, no tuve, de qué, ni a qué agarrarme, cuando el piloto de yegua formula 1 me lo gritó a todo pulmón, − ¡Agárrate!− Las cinchas flojas, gracias a la dejadez de Severino hicieron que la montura se virara completamente.

 


Parece un trabalenguas pero no lo es, las cuatro prietas tetas de la vieja yegua fue lo último que recuerdo haber visto, sentí el impacto de las patas en varias partes de mi cuerpo, lo demás es una nebulosa imagen de barriga, patas de yegua, terraplén y gente, si gente, vecinos que llegaron alarmados a nuestro auxilio, recuerdo a Negrito Scull y Nene Cabada. Cuando abrí los ojos, alguien me revisaba en busca de algún hueso roto. No faltó el cauteloso experto en medicina general que aconsejo, − No lo muevan, puede estar reventado por dentro.− Ya de pie, comprobado que no tenía ningún hueso fracturado y que estaba en buen estado de salud, alguien entre nervioso y jocoso señaló, − Va a ser un buen estudiante, no soltó ni la libreta ni el lápiz. ¿Cómo iba a soltarlos? si era lo único a lo que podía aferrarme. Vicentico se me acercó para decirme, − No te pasó nada y los hombres no lloran compadre.− No lo recuerdo bien, pero parece que yo lloraba. Así de duros, o salvajes, éramos los niños campesinos de entonces. Milagrosamente salimos ilesos de aquel accidente, un par de rasponazos y la ropa hecha un ripio. La mayor alarma cundió en casa de Elena, cuando vieron llagar a la yegua como un cohete con la montura en la barriga y sin jinetes. Severino salvó sus testículos, a pesar que la recomendación de castrarlo ganó popularidad hasta convertirse en unánime.


 −Abu, Abu quiero montar a Minimus.− La vocecita de mi nieta me saco de mi infancia.

−Claro mi amor, cuando lleguemos a casa te lo ensillo. Le dije con ternura y pensé: tengo que comprarle un casco, un chaleco de protección y no olvidarme de apretar bien la cincha.