Tuesday, November 27, 2018

Mirta en la distancia y el recuerdo.



 

A mi prima Mirta. Que aún vive perdida en el mismo callejón de la historia.
La divisamos en la distancia, caminaba rumbo a su casa por el callejón de la finca Esperanza y Sumidero, con una jaba colgada del brazo, dejando a su paso una leve nube de polvo que se desvanecía o se posaba sobre la superficie de tierra. Su frágil figura parecía levitar sobre el espejismo vaporoso que producen a lo lejos los rayos solares en las planicies secas. Regresaba de la tienda del pueblo, dónde había comprado la magra ración que le adjudicaban por la tarjeta de racionamiento.
 
Fue mi primo Oscar quien me la señaló. − Mira, mira, allá va Mirta. Oscar y yo regresábamos de la escuela a caballo como era de costumbre. Era el mes de Mayo y aquella tarde, antes de apagarse en los brazos de una luminosa noche de luna llena, se empecinaba en castigar con sus últimos rayos solares la existencia de todos los pobladores del central Mercedes y sus alrededores.
 
− ¿Migue, a que tú no te atreves a decirle sebingosa? − me dijo en forma de pregunta y reto Oscar. Mi primo solía ponerme a prueba. Algunas veces producto de un ataque de hijeputismo de los que padecía con peligrosa frecuencia. Yo jamás había escuchado la palabra, pero el peso de demostrarle mi valor al primo, que era una suerte de héroe para mí, me hizo contestarle rápido y resuelto, − yo sí se lo digo− y comencé a repetir la palabra mentalmente para no olvidarla mientras nuestra cabalgadura acortaba con su paso la distancia que nos separaba de Mirta.
 
Mirta Corredera era nuestra prima. A pesar de su juventud, era solo cinco años mayor que Oscar y diez años mayor que yo, lucia avejentada. Andaba desaliñada, con el cabello mal atendido y era extremadamente delgada. Caminaba encorvada y tenía la piel y las manos curtida por los avatares del campo. No sabía leer ni escribir pues sus padres nunca la enviaron a la escuela. Solo logró hacer sobre una hoja de papel unos trazos deformes y desorganizados que nada tenían que ver con letras, después todas las noches de los diez meses que alumbrada por un farol chino de ruidosa luz, Margarita Pereira intentó enseñarla a leer y escribir. Tenía etapas de profunda calma, días en los que, sentada en un taburete, con la mirada perdida en el potrerito de la viuda, se sumergía en un silencio sepulcral mirando el ganado pastar y conversando con los muertos y entonando canticos indescifrables. Cuando se sacudía de aquella modorra y regresaba al mundo de los vivos, era la que organizaba y lideraba las cacerías con tirapiedras, trampas para codornices o las cocinatas de semillas de marañón en improvisados fogones de piedra y pedazos de planchas de zink a escondidas de nuestros padres.
 
Mirta ayudaba a mi madre en los quehaceres del hogar, mis padres la querían mucho. Solo una vez se enojaron con ella, fue el día que me llevó a la arboleda del tío Pipe y nos dimos una hartada de mameyes Santo Domingo que me produjo un empache descomunal del que solo me salvó la vieja Antolina traída a mi casa para que me pasara la mano, una suerte de ritual, una estimulación al recorrido de los alimentos por los intestinos realizado al pasar las manos embarradas de aceite caliente haciendo presión sobre el abdomen acompañado de rezos. Yo jamás había tenido diferencias con Mirta, o más bien solo había tenido una, la vez que la llamé yegua vieja, por indicaciones de Oscar y la que estaba a punto de tener por indicaciones también de él.
 
Criollo, marchaba resuelto, con el entusiasmo que invade a los caballos cuando van camino de regreso a casa, donde saben que les espera comida y descanso. La distancia entre nuestra cabalgadura y la prima Mirta se fue acortando hasta que la alcanzamos. Para sorpresa mía, una vez junto a ella, Oscar comenzó lo que se puede catalogar como un dialogo entre sordos, gesticulaba aparatosamente y gritaba no dejándome oportunidad de decirle lo que momentos antes me había indicado que le dijera. El dialogo no tenía sentido, pero en realidad ningún dialogo con Mirta tenía mucho sentido. Dos veces dije la palabra indicada, pero las dos veces la voz de mi primo ahogo la mía, hasta que dirigiéndome a él le pregunte a gritos,
− ¿Chico, me vas a dejar que se lo diga o qué?
− ¿Decirme que? – preguntó la aludida, mirándonos desde la negrura de dos ojeras como el fondo de dos botellas de vino tinto.
− Sebingosa. – conteste yo sobre la voz de Oscar que le pedía que no me hiciera caso.
− ¿Qué tu dijiste?
− Sebingosa, sebingosa, eres una sebingosaaaaaaaaaaa. – grité a todo pulmón.
 
Mirta depositó con calma la percudida jaba en el suelo y se armó en pocos segundos con una considerable cantidad de piedras que abundaban en el camino. Yo al verla, me desmonté de Criollo e intente ponerme a salvo detrás de Oscar y el animal. Desde el caballo Oscar trataba de mediar, gesticulaba con ambas manos, comenzó pidiéndole que no me hiciera caso y rápidamente pasó a hacerle incongruentes ofertas que incluían ir a pescar o regalarle su tirapiedras. Pero la furia de la aludida era incontrolable. Los primeros proyectiles hicieron impacto en el animal y algunas en la fisionomía de mi primo. Oscar insistía en lograr la paz, pero a Mirta se le había colado el diablo en el cuerpo. Emitía un sonido gutural adornado con un rosario de improperios y disparaba andanada tras andanada de piedras con ambas manos. Yo seguía haciendo círculos parapetado tras Criollo, y comencé a ripostar el fuego enemigo con un picheo empedrado y constante. Oscar, atrapado en el fuego cruzado recibía impactos en su cuerpo. Fue una pedrada en el pecho propinada por Mirta la que hizo que mi trinchera de cuatro patas saliera espoleada a todo galope dejándome allí en el campo de batalla frente al Miura enloquecido. Intenté protegerme en la cuneta y desde allí continúe devolviendo el fuego. Nada detenía a mi adversaria. Recuerdo haber hecho blanco varias veces, pero ella seguía avanzando y no paraba de lanzar piedras. Sentí un dolor intenso en el brazo y otro en una pierna, resultado de dos certeras pedradas. No me quedó más alternativa que escapar atravesando la cerca de alambre de púas. Sentí el acero lacerándome la piel de la espalda, dejé mi camisita en ripios colgando de los alambres y me adentré en el potrero de Quiro. Corrí paralelo al callejón bajo una lluvia de piedras que la cerca no era capaz de detener, hasta que deje aquella loca detrás. Seguí corriendo hasta que alcance a Oscar que había detenido a Criollo a casi medio kilometro y analizaba los daños en su cuerpo y en el del caballo.
 
Me costó trabajo volver a cruzar la cerca para subir al camino. Jadeante, cojeando, con la piel de la espalda hecha jirones me acerqué a mis compañeros de viaje. Fue entonces que vi los hematomas que brotaban como violetas en todo el cuerpo de mi primo y algunas magulladuras en la piel de Criollo. Oscar estaba morado de piel y de ira. Se volvió hacia mí y me grito indignado.
 
− ¿Tú eres comemierda o qué? –
 
Al fin de un salto monto en Criollo y extendió el pie para que yo lo usara de estribo y subiera también.
 
Cabalgamos por la guardarraya camino a la casa del tío Quiro. Íbamos en total silencio, rodeados de verdes y ondulantes campos de caña de azúcar, acompañados por algún pequeño y esporádico remolino de corta duración que levantaba un espiral de tierra colorada y paja de caña para morir a escasos metros y con la misma espontaneidad que surgió. Hasta que una pregunta mía nos hizo reír a carcajadas.
 
− ¿Chico, ser sebingosa es tan malo?
 

Friday, August 31, 2018

El tesoro de los Grillos.


Botija

Jubiloso, jadeante y sudoroso, con la ropa embarrada de tierra negra, sosteniendo entre los mugrientos brazos y la barriga un enorme recipiente de cristal entré por la puerta de la cocina gritando,

− ¡Mami, mami encontré el tesoro, encontré el tesoro!−

Y en efecto, lo había encontrado, lo había logrado, había encontrado el famoso tesoro enterado en la finca de los Grillos.

 “La botija”* llamaban a un tesoro enterado aparentemente por mi abuelo y un hermano en algún lugar de los predios de la finca La Esperanza y Sumidero. Según la leyenda era la herencia de Diego Grillo un pariente que había sido pirata. Nadie sabía su localización exacta y todos los esfuerzos por encontrarla terminaban en rotundos fracasos. Y ahí estaba yo, con el tesoro entre las manos, lo había descubierto, había encontrado la famosa botija de la historia que desde pequeño había escuchado repetida a susurros entre mis mayores una y mil veces.


Horas antes lo había visto introducirse en una cueva cavada en el piso de tierra, entre la pared y una pila de madera que mi padre mantenía en el portal adosado al garaje del tractor y el cual usaba como carpintería. Me detuve a observarlo. Era un diminuto guayabito* de color gris que se movía con nerviosismo. Por curiosidad comencé a mover las maderas y a excavar la tierra siguiendo la trayectoria de la cueva. Cuando no pude seguir excavando con las manos busqué una pala. La cueva se extendía aproximadamente medio metro y ganaba profundidad. A cada palada crecía mi entusiasmo y crecía la montaña de tierra extraída de la excavación. La punta de la pala chocó con algo sólido, retiré un poco más de tierra y me arrodillé para limpiar con las manos el resto que quedaba sobre aquel objeto que se interponía a mi investigación. Era un montón de ladrillos de color rojo, cuidadosamente colocados uno al lado del otro, como se colocan los adoquines de una calle. Los fui levantando uno por uno, descansaban sobre una plancha de metal, tuve que extraer más tierra para poder despejar la plancha metálica en forma de esfera, era la tapa de un tanque. El corazón se me disparó a la par de la pericia arqueológica. De cabeza zambullido en aquel hoyo, con ayuda de la pala, logré levantar y retirar la tapa, un fuerte olor a aire antiguo me inundó el olfato, el tanque estaba lleno de sacos de yute, que rodeaban y servían de protección a un objeto central, los fui sacando con cuidado hasta que dejé al descubierto otra tapa de metal más pequeña, la tapa de un pomo de cristal de los que utilizaban en los mostradores de las bodegas como recipiente para caramelos. Con un esfuerzo extremo extraje el enorme y pesado recipiente, la tapa estaba herméticamente sellada y pintada de negro, a través del cristal divisé el contenido: varios rollos de billetes, cuidadosamente empacados, descansaban sobre un fondo lleno de relucientes monedas de distintos tamaños. El corazón se me agitó dentro del pecho y un escalofrío como corriente eléctrica recorrió mi sudoroso cuerpo. A duras penas pude cargar el botín, correr hasta la casa y entrar por la puerta de la cocina gritando a todo pulmón.
Mi casa.


-¡Mami, mami encontré el tesoro, encontré el tesoro!- La silueta de mi madre surgió del cuarto y vino hacia mí. Su rostro se fue transformando según se acercaba, en solo diez pasos pasó del asombro al espanto. En un desborde de alegría y orgullo le señalé mi hallazgo mientras le decía -¡mira, mira, encontré el tesoro de los Grillos! Mi madre dejó caer la escoba que sostenía en sus manos, el ruido del cabo de madera al chocar con el piso se escuchó regresar multiplicado en forma de eco desde todas las habitaciones, se llevó las manos a la cabeza y musitó, - Muchacho, tu padre te va a matar. - No solo me arrebató el tesoro de las manos, también me condenó a la incomunicación y a la penitencia de permanecer en mi cuarto en silencio hasta que llegase mi padre.

Estaba solo en mi habitación debatiéndome en un mar de conjeturas, cuando lo oí llegar. También los oí conversar en un diálogo a susurros que confirmó mis temores, − estos viejos me quieren dar la mala, se quieren quedar con mi tesoro − El vozarrón de mi padre estremeció la casa, − Migue, venga acá −. Salí del cuarto resuelto a pelear por lo que era mío. Sobre la mesa del comedor estaba el recipiente de cristal abierto y su contenido esparcido en grupos. − Siéntese ahí, que tenemos que hablar− dijo el viejo Miguel con tono grave y severo. Ah, ahora quieren repartirlo, seguro que a partes iguales. ¡Como saben estos viejos! pensé, pero no me atreví a decir nada. Me senté en la silla que me indicaba mi padre sin decir media palabra. − Mire mijo, esto que tú te acabas de encontrar no es el nombrado tesoro de los Grillos, esto lo enteré yo. − Fue lo primero que me aclaró, para proseguir dándome una explicación detallada mientras señalaba minuciosamente el inventario sobre la mesa.
− Esto, en moneda de curso legal, es el dinero de la última venta de ganado que yo realicé antes de la expropiación de la finca, lo conservo porque como nosotros nos vamos del país, han existido casos en los que el gobierno le exige a los que se van devolver el valor de un auto o alguna propiedad que hayan vendido previo a la salida. Esto que ves aquí son billetes de antes de la revolución, yo no cambié todo el dinero. Estos otros son dólares, que siempre tendrán valor pero es un delito poseerlos. Estas son monedas de plata de las de antes, de distintas denominaciones, la plata aumenta y tiene gran valor. Y esto es un revólver que escondí para que no me lo quitaran, cuando las armas fueron prohibidas. Migue, si se enteran que yo tengo esto voy a la cárcel. ¿Entiendes? −

− Si Papi, entiendo.− Conteste bajando la cabeza.

− Bueno, ahora usted tiene que prometerme que no dirá ni una palabra de esto a nadie. − Y enfatizó, “a nadie” extendiendo la mano para sellar aquel pacto de confianza con un estrechón de manos.

 
Citio del hallazgo.

Siete años después los tres protagonistas de aquel hecho, abordábamos un avión con destino a Madrid sin un centavo en los bolsillos. Así éramos obligados a salir los exiliados cubanos de nuestra patria. Han pasado cincuenta y cinco años desde aquel hallazgo, tiempo suficiente para poder contar la historia, revelar el secreto sin violar el acuerdo contraído con mis padres que ya no están.

Allí en el central Mercedes, (6 de Agosto) en los predios de lo que fue mi casa natal, en el patio de mi niñez, meticulosamente preservado, enterrado en algún rincón está el tesoro de mi padre. No sé el sitio exacto, él se encargó de reenterrarlo sin que yo me enterara donde. No sé el valor actual, pero me atrevo a calcular que sobrepasa con creces el salario anual de todos los vecinos que viven en aquel callejón convertido en barrio. Hoy, al igual que aquella tarde de agosto del 1963 renunció a la propiedad del tesoro.

 Vivo convencido que no existe mayor tesoro que el ejemplo que recibí de Carmita y Miguel y la enseñanza que cada cual debe lograr su propio tesoro sin envidiar ni codiciar el ajeno.

Ojalá alguien pueda encontrar el tesoro de mi padre. Me complacería saber que el ahorro y el esfuerzo del viejo Miguel sirven para que alguna o varias familias logren aliviar sus penurias.


* Guayabito. Ratón pequeño.

* Botija. Nombre dado a un recipiente de cristal o barro utilizado para embazar vino o agua.

Wednesday, August 1, 2018

Una pequeña quemadura.



−Mike line one Mike line one− Escuché a la recepcionista anunciar por los altoparlantes de la factoría. –Mike línea uno, Mike línea uno− Repitió insistentemente. Llegué hasta el teléfono más cercano y descolgué el auricular. −Hello− un tropel de voces se oía en el otro extremo de la línea. Mis hijos Alex y Michael discutían entre ellos a la misma vez que intentaban hablar conmigo. − ¿Qué pasa?− pregunté en tono enérgico, pero la diatriba continuaba. –Fue tu culpa− oía decir a uno. –La culpa es tuya− gritaba el otro.  Diez y ocho años tenían Alex y Michael respectivamente en aquel momento. – ¡Cállense y acaben de decirme que carajo está pasando!− tal fue el grito que se callaron. – Papi, estábamos jugando con unas “smoke bombs” (bombitas de humo) en la camioneta y el asiento se quemo un poquito.− la explicación me la daba Michael, mientras de fondo, escuchaba a Alex refunfuñar. Se referían a una camioneta Ford F100 de 1938 que yo tenía parqueada en casa y en proceso de restauración. Tragué en seco y pregunte, − ¿Le paso algo a ustedes?−  Un dúo enérgico, rotundo en forma de “NO” recibí como respuesta y me tranquilicé.
Y entonces vino la mejor parte.

− ¿De qué tamaño fue la quemadura?

− ¡Chiquitica!

− ¿Cómo la de un cigarrillo?

− No, más grande.

− ¿Un centavo?

−No, más grande.

− ¿Una peseta?

−No, más grande.− repetía el dúo de traviesos.

− ¿Cómo una moneda de un dólar?

− No, mas grande.

− ¿Cómo una bola de beisbol?

− No, más grande.

− ¿Cómo un plato?− pregunte perdiendo la paciencia y subiendo el tono.

− No, máaaaas grande. – y el alargamiento de la “a” me saco de quicio.  

− ¡Me cago en diez! ¿De qué tamaño es el jodido hueco?− grite a todo pulmón. Y entonces escuché la voz de Michael, pausada, en tono bajo pero grave decirme.

− Como un caldero papi.

− ¿Qué tipo de caldero muchacho?

− El que usa Pepe para freír los puercos.

Sunday, July 15, 2018

Donde ya no anidan las golondrinas.


Aún las recuerdo, aún las veo revolotear, aparentemente erráticas, y desordenadas, pegadas al recuerdo, a mi recuerdo, pegadas al techo del portal de La Comercial, la mayor bodega del central Mercedes, una suerte de centro comercial ubicado en la esquina de la intersección de las calle Real y la calle del Parque donde se podía comprar, ropa, zapatos, juguetes, víveres y hasta implementos agrícolas.
Parque del central Mercedes.
 

Llegaban en el mes de abril y se marchaban en agosto. En ese intervalo de tiempo se apareaban y construían sus nidos, obras de arte en forma de concha meticulosamente elaboradas en barro, adheridas a las esquinas o en los bordes de los ábacos de las columnas de estilo Jónico que sostenían el techo. La edificación que ocupaba La Comercial, o la bodega de Ramón, era una de sus favoritas. En el largo portal en forma de L que iba desde la carnicería hasta la barbería efectuaban su ritual cada año. Entraban en rápido vuelo desde la calle, descendiendo para sortear la solera y ascendiendo de pronto para volar casi pegadas al techo. En un brusco giro se posaban en sus nidos y desde abajo se podía escuchar el sonido que emitían las crías ávidas por ser alimentadas.
Nido de Golondrina.
 

Mientras Carmita, mi madre, hacía algunas compras en la tienda yo me extasiaba observando aquella actividad. A finales de agosto se marchaban, para regresar en abril del próximo año. Al igual que ellas un día yo también me marché. Me cuentan que todo comenzó con una gotera en el techo. La decidía, ese virus que ataca a lo que dicen que es de todos pero en realidad no es de nadie, hizo de la gotera un boquete por donde entró el agua y el sereno que pudrió vigas de madera hasta que aquel otrora bastión comercial se volvió inhabitable. Todo el techo se vino abajo, por años quedaron solo en pie las paredes y las columnas, hasta que fue necesario derrumbarlas.

Hoy allí, donde un día volaron y anidaron solo queda un solar yermo donde no vuelan ni anidan ni las golondrinas ni la esperanza.

Tuesday, July 3, 2018

El registro.



El jueves 29 de mayo de 1963 en horas de la tarde tocaron a la puerta de nuestra casa en la finca La Esperanza. Yo había regresado del colegio y me cambiaba de ropa cuando escuché la voz de mi madre y se me antojó nerviosa. – Sí, pueden pasar.− le escuché decir y salí del cuarto para ver qué pasaba, justo en el momento que cuatro hombres armados traspasaban el umbral de la puerta. Reconocí a dos vecinos del central Mercedes, Jesús Pino (Pinito) y Arnaldo Vega (Nate) los otros dos eran dos orientales miembros del Ejército Revolucionario. La razón de la inesperada visita era realizar un registro en nuestro hogar. Sin orden judicial, sin más derechos que el que les otorgaba el naciente totalitarismo gubernamental y el hecho que mi padre, José Miguel Grillo no era fidelista. Los dos soldados hicieron guardia, mientras Pinito y Nate viraron la casa patas arriba. No encontraron nada subversivo, nada incriminatorio. Solo encontraron el ajuar de boda de mi hermana y el acaparamiento que, conocedora de los tiempos que se avecinaban, mantenía Carmita. Fueron tan minuciosos, que llegaron a perforar el celofán de la tapa de una caja de talco, “porque allí se podían esconder balas.” Se llevaron dos cosas, un pantalón de montar a caballo de mi padre, porque era color caqui, el color que usaba el ejército de Batista, aun conociendo ambos que mi padre jamás perteneció al ejército y una escopeta de caza calibre 16 de dos cañones. Casi al final del registro se les unió otro vecino del central, Felipe Álvarez (Felipito). Ninguno de los dos artículos fueron jamás devueltos. Felipito se quedó con la escopeta gracias a la impunidad que disfrutaba por ser simpatizante y colaborador del régimen castrista.

Han pasado cincuenta y cinco años de aquel hecho que quedo grabado en la memoria del niño que fui. Si algo me satisface es haber logrado con esfuerzo recuperar replicas de muchas de las cosas que les fueron tan injustamente robadas a mi familia, a mi padre. Quizás por eso contemple hoy una finca ganadera, un ato de ganado Cebú, un tractor Ford del año 1953, un yugo de bueyes, o esta escopeta de dos cañones que acabo de recibir ayer, como trofeos. Todas en conjunto son un triunfo sobre la maldad y la injusticia.


No sé qué fue de la vida de Nate y de Pinito. Nunca les desee mal, nunca les desee la miseria que estoy seguro ayudaron a instaurar y también sufrieron. No lo hago porque sería deseársela también a muchos familiares y amigos que no se la merecen. Ellos tuvieron lo que tenían que tener, otros no. Felipito es otra historia. Dos cosas buenas hizo en su vida: una bellísima hija, la China compañera mía de la escuela primaria que admiré y con la que asistí muchas veces al cine del central, y morirse.

De una Remington a una W. & C. Scott & Son. (Diez años, una vida y una muerte.)




2 de julio de 1951. Finca La Vigía, Cuba.

 Introdujo una hoja de papel en blanco, le dio vueltas al rodillo hasta que el borde superior asomó sobre la línea de escritura, accionó la palanca hasta correr el carro dejando justamente dos centímetros y medio de margen y sus gruesos dedos presionaron las primeras teclas de la negra máquina Remington. El ruido del ta, ta, ta, ta, mecánico inundó la habitación, las letras inundaron la hoja de papel bajo un primer renglón donde se leía, The old man and the sea.

 

2 de julio de 1961. Ketchum, Idaho. USA.

 Introdujo dos cartuchos calibre doce en la recamaras de la negra W.& C. Scott & Son, afirmó la culata de madera sobre el piso, se introdujo el frío cañón en la boca, el dedo gordo del pie en el compartimento del gatillo y presionó suavemente. El estruendoso pum estremeció la casa y el olor a pólvora inundó la habitación. Tendido sobre la cama quedó el cuerpo. Hoy se cumplen 57 años del último día de la vida de Ernest Hemingway.

Wednesday, May 30, 2018

La muerte de Trujillo y de Fidel.


Auto donde viajaba Trujillo

Pasaron treinta y un años desde su llegada al poder, para que un día como hoy, un grupo de valientes dominicanos ajusticiaran al dictador Rafael Leónidas Trujillo. De once conjurados, cuatro, Antonio Imbert Barrera, Amado García Guerrero, Antonio de la Maza y Salvador Estrella Sadhalá realizaron la operación directamente, disparándole desde un auto en marcha al auto donde viajaba Trujillo hacia la Hacienda Fundación, acompañado solo por su chofer Zacarías de la Cruz. Eran aproximadamente las 10 PM del martes 30 de mayo de 1961. Comenzaba la década del sesenta y mientras los dominicanos hacían un colador el auto y el cuerpo de su dictador, los cubanos encumbrábamos al nuestro.

Pasaron cincuenta y siete años desde su llegada al poder en 1959 para que un grupo de cubanos, imagino que simpatizantes, no sabemos dónde, no sabemos cuándo, no sabemos cómo, levantaran el huesudo cadáver del dictador cubano y lo introdujeran en un horno hasta hacerlo cenizas. En una escueta nota transmitida por la televisión cubana, Raúl Castro anunció la muerte de su hermano Fidel Castro el 25 de noviembre de 2016 (2016-11-25) aproximadamente a las 10 PM. No sabemos cómo o de qué murió Fidel. Nadie muere de viejo, siempre existe una complicación. Quizás la desesperación de verse mermado de facultades lo hizo optar por el suicidio. Dos dictadores con métodos y finales muy distintos, pero dos dictadores al fin. 

Último viaje de Fidel.
Trujillo tomo las riendas del poder en 1930 cuando Republica Dominicana era prácticamente una aldea y dejó un país pobre pero en vías de desarrollo. Fidel tomó el poder de Cuba en 1959 un país rico y en pleno desarrollo y la dejó hundida en la pobreza y las deudas internacionales con sus ciudadanos completamente descapitalizados.  

Muchas veces he conducido por el Malecón recreando la ruta que recorriera aquella noche Trujillo y su chofer. He pasado frente de La Ciudad Ganadera y frente a la enorme fabrica Metaldom rumbo a San Cristóbal. Siempre me detengo en el Monumento a los Héroes del 30 de Mayo erigido sobre las rocas del litoral, justo en el sitio donde aquella noche se realizo el atentado. Es impresionante. La brisa del Mar Caribe acaricia al visitante y un fuerte olor a salitre inunda el ambiente. En una tarja, sobre los nombres de los dominicanos que participaron en la gesta se puede leer un pensamiento nada más y nada menos que de José Martí.

“Cuando se muere en brazos de la Patria agradecida, la muerte acaba, la prisión se rompe; empieza, al fin con el morir la vida.”

Modesto Díaz
Salvador Estrella Sadhalá
Antonio de la Maza
Amado García Guerrero
Manuel 'Tunti' Cáceres Michel
Juan Tomás Díaz
Roberto Pastoriza,
Luis Amiama Tió
Antonio Imbert Barrera
Pedro Livio Cedeño
Huáscar Tejeda
Add Monumento a los héroes del 30 de Mayo. caption


Ah pasado cincuenta y siete años de la muerte de Trujillo y uno y medio de la muerte de Fidel. A pesar de la diferencia en la forma en que murieron, a pesar de la diferencia de sus métodos para perpetrarse en el poder, a pesar de los miles de ciudadanos que en su momento lloraron sus muertes, seguro estoy que ninguno de los dos dictadores murieron en brazos de la Patria agradecida.