Wednesday, March 2, 2016

Angel Scull.

− Mira Papi, ese es el carro de Angelito el pelotero− le dije, señalando un Buick color verde de 1955 eternamente parqueado en el garaje de una casa de nuestro pueblo. Caminábamos por el polvoriento callejón frente a la Casa de las Locomotoras, una inmensa nave de techo y paredes metálicas donde se les daba mantenimiento a aquellas inmensas máquinas de vapor que movían los carros de caña del Central Mercedes.

−Eso no es un carro hijo− contesto mi padre secamente. A duras penas yo, un crio de siete años,  lograba mantener el ritmo del andar de mi padre. Volví a mirar atrás, para cerciorarme que, a pesar de lo que él me atestiguaba, allí, debajo de aquel viejo techo, descansando sobre cuatro bloques de concreto, estaba el auto que me había acostumbrado a ver durante varios años y que había quedado abandonado por su dueño.
 

Angelito era como todos llamaban a Ángel Scull. Nacido el 2 de octubre de 1928 en el Central Mercedes, desde temprana edad mostró una habilidad y agilidad extraordinaria para jugar beisbol. Sus hazañas en el equipo de Mercedes llamaron la atención de los caza talentos de la liga profesional y Angelito fue fichado por el club Almendares donde jugó la posición de “center field” durante diez temporadas. Scull ganó la corona de bateo de la Liga Cubana con un promedio de 370 durante la temporada 1954-55. Además, capturó títulos de bases robadas en las temporadas de 1953-1954, 1955-1956, 1958-1959 y 1959-1960. Registró un promedio de 277 con 207 carreras impulsadas, anotando 299 carreras y robar un total de 87 bases, 15 jonrones, 74 dobles y 31 triples. Fue miembro de la selección cubana de béisbol que ganó la medalla de oro en los Juegos Panamericanos de 1951, celebrada en Buenos Aires, Argentina. Durante el torneo, logró la mejor marca en carreras impulsadas (14) y bases robadas (4) y conectó la mayor cantidad de jonrones (3). Su habilidad con el guante lo situó entre los mejores "outfilders" de la época. Pero no solo en Cuba demostró su calidad, tambien jugó en la liga mejicana y en Estados Unidos para Havana Sugar Kings y Washington Senators.
 

En 1975 se celebró en Miami un juego de antiguas estrellas de la pelota cubana. Angelito vino desde Méjico donde residía desde su partida de Cuba en 1961. Acompañé a mi padre y a mi tío Manolo Diéguez al juego. Antes de comenzar el juego, al verlo en el dogout mi tío le gritó “picua.” Corrió hacia nosotros como lo hacía al robar una base en sus mejores tiempos. Saltó el muro que dividía el terreno de las gradas y nos dio un prolongado y emotivo abrazo. – Ese mote solo lo saben los que me conocen de Mercedes− dijo con lagrimas en los ojos. Ese días nos contó de su intención de radicarse en Miami.
 

El lunes 17 de enero de 2005 en el cementerio Vista Memorial de Miami Lakes, ayudé a cargar el féretro conteniendo los restos de Ángel Scull para darle sepultura. Terminada la ceremonia, visité la tumba de mi padre a escasos metros de la de Angelito. Por esas coincidencias del destino era su cumpleaños. Esa fría mañana recordé muchas cosas. Recordé aquel día que caminando por el polvoriento callejón frente a la Casa de las Locomotoras, le indiqué a mi padre.

  − Mira Papi, ese es el carro de Angelito el pelotero

−Eso no es un carro hijo− contesto mi padre secamente.

Para luego añadir, en clara alusión a la decisión de Angelito de no regresar mas Cuba.

− Eso es un monumento a la dignidad.

Thursday, February 4, 2016

Viva Cuba.


Una mirada a la historia de Cuba concentrada en los periodos presidenciales de los que ocuparon esa posición desde el 20 de mayo del 1902 hasta las últimas elecciones libres, muestra en muchos casos la brevedad de esos mandatos. Era el cubano un ciudadano impaciente sin lugar a dudas. No dudo que esa impaciencia nos ha costado caro. Numerosos fueron los casos en que la constitucionalidad de la nación fue zarandeada por tendencias dictatoriales. Podemos decir, con toda la vergüenza que lo requiere, que hace 67 años que un cubano o un hijo de cubanos no es candidato en elecciones libres y multipartidistas a presidente de la Republica de Cuba. Las últimas elecciones libres a la más alta posición del gobierno se realizaron el 19 de octubre de 1948 y las ganó Carlos Prío Socarrás.
Nos encontramos en plena campaña política en Estados Unidos. Por un lado el partido demócrata con Hilary Clinton y Bernie Sanders, por el otro lado el partido republicano con Donal Trump, Jeb Bush, Ben Carson,  Chris Christie,  Ted Cruz,  Carly Fiorina,  John Kasich, Marco Rubio. Son tantos que puede que olvide alguno. Podemos simpatizar con uno u otro partido, podemos simpatizar con uno u otro candidato o con ninguno. Lo que yo creo que no podemos, los que somos cubanos, hijos o nietos de cubanos, es dejar de reconocer el hecho que en un corto periodo de tiempo, contra todas las trabas y dificultades, dos de nuestros, dos hijos de cubanos, han llegado a ser aspirantes a posición más alta del gobierno de los Estados Unidos. No puedo dejar de recordar un monologo escrito por Don Guillermo Álvarez Guedes. Porque aunque pasen los años y miles de águilas sobre el mar, yo, al igual que Guillermo ante el triunfo y los logros grandes o pequeños de alguno de los míos, no me cansaré de repetir ¡Viva Cuba carajo!    

Wednesday, January 27, 2016

¿Cómo sobrevivimos?


Ayer por la tarde recogí, como todos los martes, a mi nieta del “Day Care” escuelita, o pre kínder. Con solo tres añitos, Mariah sabe abrocharse el cinturón de seguridad del asiento para niños, en el que viaja en la cabina climatizada de nuestro auto hasta nuestra casa. Suelo mirarla por el espejo retrovisor, mientras entablamos un dialogo que invariablemente toma matices humorísticos por las ocurrencias de la cría. Durante el recorrido me ausente del dialogo y me deje llevar por el recuerdo y la nostalgia hasta mis días de infancia en la finca Esperanza y Sumidero en las afueras del Central Mercedes, Matanzas, Cuba. La pregunta fue inevitable ¿Cómo sobrevivimos? Esta pregunta me la hago muchas veces. Especialmente cuando comparo la gran diferencia entre la forma en que viví mi niñez y la forma en que la viven los niños ahora. Sería muy largo hacer una comparación detallada, así que me concentraré en un solo detalle, el transporte. 

 


Las primeras clases de tutoría que recibí me las impartió Elena Cardona en su casa, o la casa de sus padres para ser más exactos. No sé si por vocación o por unos pocos pesos, lo cierto es que en casa de Ramona y Vicente, Elena creó una escuela privada donde asistíamos varios niños del central a repasar y reforzar la materia que nos daban en la escuela pública José Abrines. Se formaban grupos por edades, de esa manera cuando yo estaba aprendiendo a escribir, mis primos mayores que también asistían, estaban aprendiendo quebrados. El encargado de llevarme y traerme era mi primo Vicentico Grillo, diez o doce años mayor que yo, hijo de mis tíos Digna Álvarez y Pipe Grillo, que también asistía a clases. El medio de transporte era un caballo, o en nuestro caso una yegua vieja. Vicentico se aparecía en casa a bordo de  "la yegua de la sociedad" así le llamábamos todos, pues pertenecía a la sociedad formada por los hermanos Grillo, propietaria de la finca donde vivíamos. La yegua entradita ya en años, era extremadamente dócil y noble, por esa razón era utilizada como transporte de muchachos. El encargado de alistarla para esos menesteres, ponerle la montura y acicalarla era Severino Pereira, un trabajador de la finca que se encargaba de varios quehaceres en casa del tío Pipe. Severino tenía fama de ser un holgazán, Pipe le llamaba constantemente la atención. Lento y mal eran las peculiaridades con las que realizaba cualquier tipo de labor que se le encomiaba. Más que un empleado, era un miembro más de la familia. Eso sí, tocaba bien el laúd. 

Todas las mañanas mi madre me tenía listo. Al llamado de Vicentico desde el callejón, me despedía en el portal de la casa con un, −que Dios te proteja hijo− a toda carrera yo salvaba la distancia del portal al callejón y con la agilidad de los seis años, ponía un pie en el estribo de la montura y de un salto caía sobre las ancas del animal. No lo sabíamos entonces, pero en realidad, Dios nos protegía. Así, partíamos hacia la escuelita de Elena. Los primeros metros los recorríamos muy despacio, hasta perdernos de la vista de mi madre que invariablemente se quedaba parada en el portal. Cuando ya mi madre no nos veía Vicentico emitía un ruido parecido al motor de un auto. La yegua entrenada, según aumentaba el ruuuuuunnnnn aceleraba la marcha. A cada sonoro cambio de la transmisión imaginaria, el sacudión era más violento y la velocidad aumentaba. Cuando alcanzaba a ponerle la quinta, con el hocico estirado hacia adelante, las orejas plegadas hacia atrás y la cola recta en posición horizontal, la bestia se convertía en un estrepitoso bólido de cuatro patas. Yo con una mano me aferraba al cinto de Vicentico y con la otra sujetaba un cuaderno y un lápiz. Aquella mañana tomamos la curva frente a casa de Paco Herrera hacia la casa de los Cardona  a "ciento cuarenta kilómetros por hora." Así gritó el Juan Manuel Fangio de la equitación. Fue allí donde me pareció sentir la montura ladearse. En escasos segundos habíamos dejado la curva atrás y estábamos a unos ciento cincuenta metros de la carnicería de mi tío Generoso Morales. No supe, no tuve, de qué, ni a qué agarrarme, cuando el piloto de yegua formula 1 me lo gritó a todo pulmón, − ¡Agárrate!− Las cinchas flojas, gracias a la dejadez de Severino hicieron que la montura se virara completamente.

 


Parece un trabalenguas pero no lo es, las cuatro prietas tetas de la vieja yegua fue lo último que recuerdo haber visto, sentí el impacto de las patas en varias partes de mi cuerpo, lo demás es una nebulosa imagen de barriga, patas de yegua, terraplén y gente, si gente, vecinos que llegaron alarmados a nuestro auxilio, recuerdo a Negrito Scull y Nene Cabada. Cuando abrí los ojos, alguien me revisaba en busca de algún hueso roto. No faltó el cauteloso experto en medicina general que aconsejo, − No lo muevan, puede estar reventado por dentro.− Ya de pie, comprobado que no tenía ningún hueso fracturado y que estaba en buen estado de salud, alguien entre nervioso y jocoso señaló, − Va a ser un buen estudiante, no soltó ni la libreta ni el lápiz. ¿Cómo iba a soltarlos? si era lo único a lo que podía aferrarme. Vicentico se me acercó para decirme, − No te pasó nada y los hombres no lloran compadre.− No lo recuerdo bien, pero parece que yo lloraba. Así de duros, o salvajes, éramos los niños campesinos de entonces. Milagrosamente salimos ilesos de aquel accidente, un par de rasponazos y la ropa hecha un ripio. La mayor alarma cundió en casa de Elena, cuando vieron llagar a la yegua como un cohete con la montura en la barriga y sin jinetes. Severino salvó sus testículos, a pesar que la recomendación de castrarlo ganó popularidad hasta convertirse en unánime.


 −Abu, Abu quiero montar a Minimus.− La vocecita de mi nieta me saco de mi infancia.

−Claro mi amor, cuando lleguemos a casa te lo ensillo. Le dije con ternura y pensé: tengo que comprarle un casco, un chaleco de protección y no olvidarme de apretar bien la cincha. 

Tuesday, January 19, 2016

Bronca en La Reina.



La bronca.

Me percaté de que algo sucedía cuando los clientes abandonaron el mostrador y se agruparon frente al amplio ventanal que daba a la avenida. Me encontraba visitando La Reina, una repostería, panadería y fábrica de galletas, que habíamos adquirido hacia unos meses. Localizada en la ciudad de Jarabacoa, Republica Dominicana, el negocio estaba siendo administrado por mi primo Pepe Grillo y sometido a un necesario proceso de remodelación.

El local que ocupábamos estaba en la esquina formada por una calle secundaria y la concurrida avenida de La Confluencia. Desde su interior, a través de los cristales, se apreciaba el amplio panorama, la ancha avenida al frente y la calle al costado izquierdo del establecimiento. Justo allí, en la esquina, comenzó la algarabía proveniente de un insipiente molote de gente. La conmoción fue tal, que pronto el establecimiento quedo vacío.

Salí a la calle con la intención de averiguar la razón de  aquel barullo. Rodeados por un grupo de curiosos, dos hombres discutían  acaloradamente. Conocía a uno de ellos, era un español de mediana edad y corta estatura, radicado en el país y dueño de una fábrica de embutidos localizada a solo unas cuadras. Era cliente habitual de la Reina. El otro, un dominicano vestido de civil, alto, fornido, no lo había visto nunca, era de los dos el mas alterado. Gesticulaba constantemente señalando un auto que bloqueaba la salida de la calle a la avenida. Entonces comprendí: el español había bloqueado parcialmente la calle secundaria al parquear su automóvil para hacer su compra habitual en la panadería, y el dominicano, transitando por la calle hacia la avenida, se encontró la salida bloqueada. Pensé intervenir, pero la discusión había tomado matices violentos. Los espectadores lejos de apaciguar ánimos, los exhortaban a incrementar las hostilidades. “No seas cobarde”, “Dale un bofetón, pa que aprenda” eran los gritos que emanaba del gentío.   

En el momento cumbre de aquella trifulca, el dominicano agarró al español por el cuello, lo golpeo repetidas veces en las costillas y gritó,  −Soy policía y ahora, pa que aprenda, va preso.− A empujones lo introdujo en el asiento trasero de una camioneta Toyota, se sentó al volante y condujo hacia la avenida llevándoselo preso y dejando de manifiesto que el bloqueo de la boca calle era parcial.

− Abusador, por ahí, cabían dos autos − Dijo una señora con el seño fruñido.

−Eso es una injusticia. Pobre hombre− Lamentó alguien.

−Tenía que haberle metido un tiro− Gritó Celso, un viejo borrachín tambaleante, obsesionado con el poder y que decía haber sido parte de la escolta personal del "Jefe", en clara referencia a Trujillo.
 
El grupo y las opiniones se disiparon poco a poco y la tarde recobró su hastió.

Viaje y recepción.

− ¿Viste eso?− Me pregunto mi primo Pepe, cuando entré en el establecimiento.  – ¡Que injusticia!− Añadió.
Me quede callado, pero sentía una angustia inmensa. Era sábado, sabía que el español permanecería encarcelado hasta que el juez llegara el lunes y revisara su caso. Ver cometer una injusticia en silencio se iba convirtiendo en una insoportable carga. No pude soportar más y le dije a Pepe. –Vamos a la estación, voy a pedir una audiencia con el jefe de la policía, denunciar al policía y liberar al español.

Salimos en el auto de mi primo hacia la estación. Por el camino yo iba ordenando mis pensamientos. Preparé la defensa del detenido. Su seriedad ciudadana. Ser un hombre de bien y padre de familia. Un empresario serio. Eran algunos de los argumentos que utilizaría a su favor. La denuncia al policía estaba clara. Prepotencia. Abuso de poder. Arresto arbitrario. Violación de las leyes. Me sentí un justiciero, me sentí bien. Con la razón de mi parte, me invadió el triunfalismo y llegue a decirle a Pepe, − Ese hijo de la gran puta va a perder hasta el puesto.
Un edificio de una planta, pintado de un verde chillón, servía de cede a Estación de Policía de Jarabacoa. En el portal, sentados en dos sillas de plástico blanco, portando sendos fusiles de asalto, dos policías sonrientes nos dieron la bienvenida. La recepción era amplia, las mismas sillas de plástico blanco se repetían, esta vez agonizadas en una suerte de auditorio, o sala de espera. En un rincón, un viejo y desvencijado escritorio, sobre el escritorio un grupo de carpetas, un teléfono negro con el cordón del auricular hecho un enmarañado nudo. Detrás del escritorio una señora gruesa de aspecto bonachón, se pintaba las unas de un rojo escarlata.

−Buenas, ¿que desean?− Preguntó, con una amable sonrisa y una voz chillona que no correspondía con el volumen de su cuerpo. 
 
−Buenos días señora. − ¿Cuál es su nombre?− Le pregunté.
 
−Sonia, me llamo Sonia.

−Hola Sonia. Somos José Grillo y Miguel Grillo, propietarios de la repostería La Reina y queremos una audiencia con el jefe de la policía.

−Ah La Reina, ¿Ustedes son los dueños? ¡Qué galleticas más ricas hacen ahí! Por favor siéntense. Deja ver si los puede atender.

Nos disponíamos a sentarnos, cuando la escuchamos levantar el teléfono marcar algunos números y decir.

 −Jefe, aquí están los dueños de La Reina, quieren hablar con usted.− La vi mover la cabeza afirmativamente, se dirigió a nosotros y nos dijo, − Enseguida los atiende.

La espera fue corta. El teléfono sonó de nuevo, Sonia lo contestó y con otro gesto de cabeza nos señaló un pasillo.  −Por ese pasillo, la ultima puerta a la derecha.

El largo y estrecho pasillo estaba excesivamente iluminado. Una hilera de lámparas de luz fría colgaba del techo. Se me antojaron un tren lumínico.

Avanzamos por el pasillo, dejando atrás la recepción y la amable secretaria. Pude contar seis puertas a la derecha y seis a la izquierda. La tercera puerta de la izquierda era la única abierta, una gruesa reja cubría el umbral. Dentro, tres hombres, tres presos, sentados en un largo banco de cemento esperaban su suerte. Uno de ellos era el cliente de La Reina, el español que habíamos venido a liberar. Advertí en su rostro todo el peso de la ley, o quizás todo el peso de la injusticia. Nos miró, no pronunció palabra alguna. Llegamos a la sexta y última puerta. Mire a Pepe, asintió con la cabeza, di tres toque con los nudillos en las resecas tablas y esperé. −Adelante− Dijo alguien desde el interior con firmeza.

El jefe.

Empujé lentamente la puerta, las bisagras ausentes de lubricante emitieron un quejido digno de una película de terror. La luz penetró del estrecho pasillo a la habitación en penumbras. A medida que la quejumbrosa puerta se abría, nuestros cuerpos parados en el umbral, proyectaron dos sombras que se fueron agigantando sobre el piso hasta alcanzar la pared del fondo. Una nube de partículas de polvo revoleteaban en el haz de luz que rodeaba nuestras figuras.    
− Adelante, adelante.− Se escucho desde un rincón. Quise responder, pero el eco del “adelante, adelante” dentro de la habitación casi vacía no me lo permitió. 

Mis ojos intentaban acostumbrarse a la penumbra. Poco a poco pude divisar el contenido del aposento: cuatro archivos de metal de un color gris descolorido, con la mayoría de sus gavetas descarriladas y abiertas. Un catre personal cubierto por una sábana verde olivo. Una mesa grande de conferencias sin sillas, llena de carpetas amarillas. Recostados a un estante un grupo de fusiles de asalto. Y allí, en una esquina, un escritorio de madera, grande. Frente al escritorio dos sillas de plástico blanco, sobre el escritorio, un monitor de computadora, un teclado, un montón de papeles en total desorden y un teléfono negro idéntico al de la recepción. Un bombillo cagado de moscas colgaba por un cable del techo, dándole una pésima iluminación al rincón y al resto de la habitación. Aquel desorden no correspondía a la oficina de un jefe de policía, semejaba el cuarto de un viudo. Sentado en una silla, reclinado contra la pared, ambas piernas sobre el escritorio, mostrando las suelas de sus botas militares, estaba él, la máxima autoridad policial, el jefe supremo. El hombre con quien yo tenía que hablar para obtener la liberación del preso.
−Buenos días, en que puedo servirles.− Dijo poniéndose de pie y señalándonos con el dedo las dos sillas. Nos acercamos a él, hasta que la pobre luz que emanaba del bombillo ilumino su cara. Faltaban unos escasos metros para llegar al escritorio y Pepe y yo no podíamos dar un paso, éramos dos estatuas de piedra, inmóviles. De pronto sentí que la oficina se hacía pequeña, las paredes se abalanzaban sobre mí aplastándome. Traté de decir algo, pero un nudo en la garganta me lo impidió. Miré a mi primo Pepe y vi en su cara la mayor expresión de escepticismo que un ser humano puede mostrar. Ese inolvidable día Pepe me demostró sus dotes de ventrílocuo. Sin apenas mover la comisura de sus labios oí con claridad su voz ronca. − ¡De pinga Miguelito! – Me dijo aquel hombre, incapaz de proferir una mala palabra.

–Adelante señores, siéntense. ¿En qué puedo ayudarles?”
El “gracias” que finalmente logré balbucear me sonó mas chillón que el de la obesa secretaria. Como dos condenados que avanzan hacia el patíbulo, salvamos la corta distancia y nos sentamos en las sillas indicadas. Nada de lo estudiado y pensado durante el trayecto nos servía en aquel incomodo momento. Pepe y yo nos mirábamos mutuamente sin saber qué salida darle a aquella situación. La máxima autoridad policial del pueblo, el jefe supremo, el hombre con quien yo tenía que hablar para obtener la liberación del preso, era el mismo que lo había arrestado.

Al fin Pepe habló.
− Oficial, mi nombre es Pepe Grillo y este es Miguel Grillo, somos los propietarios de La Reina.− Dijo mi primo y tragó en seco.

Una sola letra pronuncio el jefe, una sola y pareció pavonearse y regocijarse en la autosuficiencia que produce el poder absoluto.
− ¿Y?

Entonces logré intervenir yo. Lo que procedió fue sin lugar a dudas un acto mezcla de malabarismo verbal y exaltación a la autoridad. De “abyecta guataquería ciudadana” lo calificamos entre risas Pepe y yo más tarde, al llegar con el español liberado a la panadería. Antes de marcharnos de la estacion, en prueba de agradecimiento infinito por su humanitario gesto, le entregamos al jefe una tarjeta del negocio y pusimos nuestros servicios a su entera disposición.

Semanas más tarde, estando yo ya en Miami, al finalizar un informe vía teléfono sobre el comportamiento económico del negocio, Pepe hizo una pausa para agregar.

−Por cierto Migue, al gallego no lo he visto mas, pero ya me avisó el jefe de la policía que su hija cumple quince años la semana que viene…  

Thursday, January 14, 2016

Diálogo de estación.




Recorrí con la vista la desierta sala de espera. En un mural leí los nombres y observé las fotografías de los depredadores sexuales de la región. Demasiados, pensé. Una hilera de retratos con los nombres de los distintos “sheriffs” que han ostentado el puesto en el pueblo de Wauchula capto mi atención. Me intrigó la solemne seriedad en blanco y negro de los primeros, allá por las primeras décadas del siglo pasado, en contraste con la sonrisa a todo color del actual. ¿Eran los hombres más serios antes? En eso andaba cuando me percaté de que ya tenía compañía.
Lo primero que percibí fue el olor a alcohol, su olor a alcohol. Lo segundo fue su mirada, inquisitiva, opaca, perdida. Bruscamente giró la cabeza de un lado a otro, el gesto  desmesurado, la torpeza muscular ante los mandatos cerebrales producto del residuo etílico o de alguna sustancia que aún corría por sus venas. Las ropas percudidas, los cabellos amelcochados por la mugre, las uñas sucias, los labios cuarteados, los dientes ausentes de esmalte, oscurecidos por el hábito de fumar. En las muñecas, un par de tatuajes se ocultaban detrás de las sombras violáceas, dolorosas marcas dejadas allí, sin lugar a dudas por un par de esposas bien apretadas. Tenía unos veintitantos años, aplastados y multiplicados por el peso de la mala vida. Y comenzó el diálogo.
− Hola.
− Hola. Respondí sin alejar mi mirada de mi teléfono celular donde escribía un mensaje de texto.
− Estás aquí para visitar a alguien.
− No.
− Entonces vienes a firmar.
Se refería primero, a si yo estaba allí, en la estación de policía de Wauchula, para visitar algún detenido, Y segundo, si la razón de mi visita era firmar el libro, requisito impuesto a los que están en libertad bajo supervisión de las autoridades.
− No. Volví a responder sin ánimo de enfrascarme en una conversación.
− Yo salí anoche. Vengo a recoger un par de cosa y firmar. Pero creo que me van a dejar, Porque, no se lo digas a nadie, anoche bebí.
Y se rió, dejando ver los estragos de fumar algo más que cigarrillos.
− Pero tú. Tú, seguro bienes a renovar la licencia de conducir. ¿Verdad?
− No.
− Entonces viniste a pagar una multa.
− No.
− ¿Entonces qué carajo tú haces aquí?
Y en ese justo momento salió la secretaria del “sheriff”  y me dijo con solemnidad.
− Señor Grillo, perdone la tardanza, sus huellas fueron aceptadas y su escrutinio Federal regresó limpio. Su solicitud aceptada, aquí tiene sus credenciales.
Mi compañera de espera no me dio tiempo a explicarle, o acaso no era mi intención hacerlo,  que ese trámite es necesario cuando se hace algún tipo de negocio con alguna identidad del Gobierno Federal. Ya sea en la rama agrícola, salud o cualquier otra. Ella asumió e instantáneamente y me dio rango y posición.
− ¡Tú eres un jodido Fed.!
 Dijo, haciéndome una horrible mueca. Dejando claro que en su escala de valores ser un Fed, (Agente Federal) era lo peor.
Agradecí a la amable secretaria por su ayuda, tomé mis credenciales. Antes de marcharme giré hacia la que hasta ese instante había sido mi entrevistadora y llevándome la mano derecha hasta visera de la gorra, en un saludo militar, le dije.  −Señora, que tenga usted un buen día.
No presté atención al rosario de improperios que me recetó en voz baja. Salí a la calle. La gélida brisa de la mañana del segundo miércoles de 2016 me acarició el rostro. Mire un cielo azul y despejado y en él un Sol nuevo y redondo que sale para todos y que se disponía a cooperar para regalarnos un día hermoso y perfecto. Respiré profundo, llenando mis pulmones a capacidad. Y no sentí pena por ella.



Monday, November 30, 2015

Alan Gross.

Alan Gross declara que estando preso en Cuba lo amenazaron con sacarle las uñas. Una prueba más de que los comunistas no cumplen sus promesas. Terminaron sacándole los dientes.

Thursday, November 26, 2015

Agradecimiento a Rogelio Vega.

Mi querido amigo Yeyo.

Como bien sabes hoy es el día de Acción de Gracias o “Thanksgiving”.  Quiero aprovecharlo, para agradecerte por algunas cosas. Por haber sido la única cara conocida que vi a la salida del aeropuerto de Barajas en aquel lejano Madrid de principios de la década del 70. Nunca olvidaré el nudo en la garganta y el salto en el pecho que la incertidumbre de llegar a un país lejano y extraño, sin un centavo en el bolsillo me provocaba. Mis padres y yo, dependíamos de la remota posibilidad de que un telegrama enviado unos días antes hubiese llegado, y de que tú, a quien conocíamos del Central Mercedes pero con quien no teníamos una estrecha amistad previa, te apiadaras en recibirnos. Así, salíamos los cubanos en aquellos tiempos de Cuba.

Pero fuiste más, mucho más que una cara conocida. Nos recogiste y le brindaste al viejo Miguel a Carmita y a mí, el pequeño apartamento que ocupabas con Julieta y tus dos hijos en la calle José Camins. Allí, disfrutamos de la hospitalidad de Julieta y vivimos hasta que recibimos la ayuda de mis tías de Miami y pudimos independizarnos. Muchos años han pasado pero la impresión de seguridad que le brindaste al niño no se le ha olvidado al hombre. Son muchos los detalles. Recuerdo también la solemnidad y el respeto con el que tus hijos visitaron y trataron a mi Padre en sus días finales. Esto último dice mucho, lo dice todo, de ti y de ellos.

Muchos se doblan, se aflojan, a la hora de ser agradecidos. Yo no. Miro a mi derredor y reconozco que lo que soy se lo debo al ejemplo y a la influencia de muchas personas. En alguna ocasión he tratado de hablarte de esto, tú por modestia le restas importancia. Yo lo recuerdo a menudo. He aprovechado un día tan señalado como hoy para ponerlo en blanco y negro, para que se enteren los que me conocen. No lo hago porque “honrar, honra” lo hago por “honor a quien honor merece.”  

Gracias y sepa que lo quiero.