Sunday, July 14, 2019
La G del Grillo.: Nanahcub Horse.
La G del Grillo.: Nanahcub Horse.: Es un largo y arduo camino el que conduce a las carreras de caballos. Puede incluir: criarlo, seleccionarlo, comprarlo. Después viene otro l...
Thursday, July 11, 2019
Nanahcub Horse.
Es un largo
y arduo camino el que conduce a las carreras de caballos. Puede incluir: criarlo,
seleccionarlo, comprarlo. Después viene otro largo y mas difícil sendero:
cuidarlo, entrenarlo y lograr que venza un sin número de obstáculos, incluyendo
un grupo de contendientes en las carreras. ¡Suerte a Nanahcub, un bello potro
de dos años y al equipo que lo entrena para su debut!
Thursday, May 2, 2019
Primero de mayo y la mula de Primo
Yo quisiera que
alguien me explicase algo. Yo quisiera poder explicar algo.
Ayer 1ro de Mayo
los noticieros de televisión nos mostraron imágenes de cientos, miles de
hombres y mujeres reclamando mejoras salariales, laborales, económicas en las
principales capitales y ciudades del mundo. En España, en Inglaterra, en
Francia, en Alemania, hasta en Rusia. En algunas capitales las protestas se
volvieron violentas, en Paris volcaron automóviles y se quemaron contenedores
de basura.
Mientras tanto en
Cuba, en La Habana, el país con uno de los peores niveles salariales de toda
América, con pésimas condiciones laborales y de transporte, miles de ciudadanos
marcharon desde temprana horas de la mañana por la Plaza de la Revolución frente
a los principales dirigentes del partido comunista cubano organizada y
respetuosamente. Ni un solo reclamo, ni una sola queja, ni un solo intento de
reivindicación económica, laboral o social. Solo denuncias de una posible
intervención o agresión extranjera.
En el central
Mercedes (6 de Agosto) mi pueblo natal en la provincia de Matanzas, para
reparar las paredes de los hornos se utilizaba una mezcla de cemento con polvo
de ladrillos refractarios. Para obtener el polvo se trituraban los ladrillos
viejos. Esta labor la realizaba una mula que tiraba de una rueda gigante debajo
de una caseta circular. La mula de Primo la llamaban porqué su dueño y operario
de aquella trituradora era un negro flaco al que todos llamaban Primo. Desde
tempranas horas de la mañana, Primo ataba el delgado animal a la rueda y la
azotaba para que tirara de ella haciendo un círculo mientras él arrojaba
ladrillos debajo de la pesada rueda. Hora tras hora, día tras día, mes tras
mes, año tras año, la mula de Primo realizó flaca y mal nutrida aquella tediosa
labor.
Muy mayor y casi
ciega fue revelada de aquel calvario y soltada en un potrero. Era usual verla
años después de Primo haber muerto, dentro del potrero dando vueltas en círculo
sin apenas detenerse a pastar.
Amigos, la libertad
física no es posible sin libertad mental.
Thursday, April 4, 2019
No es un machete cualquiera.
La memoria, esa
fuente inagotable de hechos e imagen pasadas, se sacudió la pereza, ahuyentó el
olvido haciéndome recordar las tantas veces que vi aquel instrumento de corte
en las manos de mi querido tío Pipe. Pero no solo tío Pipe, algunos de mis
otros tíos y mi padre usaban un machete idéntico. Si amigos, la mayoría de los
guajiros cubanos eran propietarios de un machete. Pero el Collins no es un
machete cualquiera, es quizás el machete de mejor calidad fabricado. Llena está
la jerga guajira de referencias a este instrumento que debe su nombre a la
ciudad sede de la fábrica, Collinsville, Connecticut USA.
Tres días de intensa
búsqueda en Internet hasta que logre encontrar uno idéntico en una tienda de antigüedades
en Milford Michigan. Ayer llego el paquete via “Priority Mail”. Cuál sería mi
sorpresa al comprobar que a pasar de tener más de setenta años, aun mantiene las
etiquetas o pegatinas originales de fábrica y que no fue prácticamente usado.
Pronto, dentro de
una caja de madera hecha a su medida, con una nota aclaratoria de “replica” engrosará el pequeño museo de objetos que
fueron propiedad de aquellos hombres que con su esfuerzo y determinación lograron
tanto con tan poco y dejaron como legado y fortuna su ejemplo. No, no es un
machete cualquiera, es un pequeño y emotivo tributo.
Monday, January 7, 2019
El robo.
−Juana,
prepárame un termo con café y acuesta temprano a los muchachos, ese hombre va a
venir a robarse la puerca esta noche y lo voy a esperar.− El pedido que le
hacía mi abuelo Don José Grillo a mi abuela Doña Juana Martín era motivado por
dos razones: su inefable intuición campesina y una visita inesperada.
Aquella
apacible tarde de octubre de 1938 un desconocido había llagado a la casa de mis
abuelos, un lugar remoto, rodeado de potreros y montes, apartado de todo camino
vecinal y localizada en el centro de la finca La Esperanza y Sumidero. Durante
la corta visita al forastero se le trató con la hospitalidad acostumbrada por
los guajiros cubanos. Se le ofreció agua, algo de comer y se le indicó la forma
de llegar a Colón, pueblo cercano, su supuesto destino. El hombre andaba a pie
y en la media hora que duró su estancia, mientras conversaba con él, Don José
notó que se fijaba nervioso y continuamente en una enorme puerca preñada que
descansaba atada por una larga cuerda al tronco de un frondoso almendro en el
patio de la casita de campo.
Un cartucho
en cada recámara de la Remington calibre 16 de dos cañones, una manta para
apaciguar la frescura de la noche otoñal, un taburete recostado a la pared del
pequeño portal, el termo de café caliente, la soledad y el silencio del campo
cubano fueron los acompañantes del abuelo aquella noche madrugada de vigía. Por
la posición de la Luna José calculó que eran aproximadamente las dos de la
madrugada cuando una rama seca se quebró bajo el peso de una pisada y un bando
de palomas rabiche despertadas por el ruido del intruso salieron volando
despavoridas de los árboles donde dormían. La luz de la luna llena se reflejaba
en el rocío depositado en las hojas de la maleza y en la yerba del patio,
iluminándolo todo, mientras el pequeño portal desde donde vigilaba el abuelo se
mantenía en una impenetrable penumbra.
El crujir de
las hojas secas, audibles como en un sistema estereofónico en el impecable
silencio de la noche campestre, el repentino silencio de los grillos, delataban
el avance y recorrido del intruso. Entonces el abuelo enderezó lentamente el
taburete separando el respaldar de la pared y sentándose en posición correcta,
levantó y apuntó los negros cañones de la escopeta hacia el tronco del almendro
y esperó hasta que la vacilante figura del ladrón emergió de la arboleda y se
dirigió sigiloso hasta el árbol donde se encontraba atado el animal. Con un
leve puntapié en la barriga, que provocó un gruñido de espanto, despertó el
ladrón a la puerca que dormía plácidamente en un confortable colchón de paja
seca. Sigilosamente se acercó al tronco del árbol y se arrodilló para desatar
la cuerda, sin imaginarse que a unos escasos veinte metros dos cañones le
apuntaban cargados con dos cartuchos de municiones número cuatro.
−Te estaba
esperando cabrón− la potente voz del abuelo Grillo retumbó como un trueno quebrando
el denso silencio de la apacible madrugada, seguida de la acción de apretar el
gatillo. Un ensordecedor estruendo y una llamarada de fuego impulsaron la carga
de municiones que si bien no mataron al ratero le penetraron la piel y lo
hirieron. El individuo saltó hacia atrás como un resorte y emprendió la fuga,
primero a gatas hasta incorporarse. − Párate desgraciado − y el segundo disparo
impactó al ladrón en retirada en plena espalda. El estruendo que provocaba en
su frenética huida al atropellar ramas y gajos de la arboleda era comparable al
ruido provocado por una manada de elefantes en estampida.
Un agudo quejido
y el chirriar de los pelos de alambre de púas, tensados como cuerda de
guitarra, de una cerca perimetral en los que se enredó el ladrón en la
desesperada carrera fueron los últimos sonidos que se escucharon en la
madrugada en aquel placido valle seguido de los dos últimos disparos hechos al
aire por el abuelo José.
− Cálmate
mujer, todo pasó, ese no vuelve por aquí ni a buscar centenes. − fue todo lo
que dijo José antes de acostarse a dormir.
A la mañana
siguiente comprobaron que en las filosas púas de alambres marca Gauchada el
hombre había dejado gran parte de su vestimenta y lo que décadas después
llamarían muestras de ADN, pero en aquella primera mitad del siglo veinte los
guajiros llamaban simplemente tiras de pellejo.
− Esto es lo
que le debe pasar a todo aquel que intente apoderarse de lo ajeno− sentencio
Don José antes de comenzar su jornada de trabajo en la finca.
Aquel no fue
el primero ni el último robo del que fueron víctimas los propietarios de la
finca Esperanza y Sumidero. Un cuarto de siglo más tarde, el 3 de octubre de
1963 los ladrones volvieron a entrar. Esta vez lo hicieron a plena luz del día,
los siete herederos de José y Juana no pudieron hacer nada contra ellos. A pesar
que la expropiación violaba los estatutos de la última Ley de Reforma Agraria,
los vándalos venia armados, vestidos de verde olivo y respaldados por un
sistema totalitario y violador de todo tipo de derechos. Pero esa es otra
historia y para contar en otro momento.
Thursday, November 29, 2018
Mis treinta diamantes.
La demolición
quedó completamente detenida cuando al remover la cobertura de yeso de la pared
del viejo cuarto de desahogo descubrí sobre un travesaño la pequeña bolsita de
terciopelo negra cubierta de polvo y telarañas. Al tomarla en las manos noté
que no estaba vacía, dentro se podía palpar varios objetos, pequeños y de
similar tamaño. Desaté la pequeña cuerda que mantenía la bolsa cerrada y sobre
la palma de mi mano rodaron en un pequeño desfile una cantidad considerable de
piedras transparentes y brillosas cortadas idénticamente. − ¡Son diamantes, son diamantes!− repetí varias veces mientras
experimentaba un ahogo y una aceleración del ritmo cardiaco similar a un
caballo en la recta final de una carrera. Los conté, eran treinta. − ¿Cuál de los propietarios anteriores pudo esconder esto aquí?− me pregunte. Tediosa o imposible tarea la de intentar averiguarlo. La
idea de quedarme con el hallazgo superó la de intentar devolverlo.
Remodelábamos
una propiedad recién adquirida y el contenido de aquella bolsa tenia según mis
primeros cálculos cuatro veces el valor de la inversión total. Estaba solo en
la obra, no corrí, no grité aunque ganas no me faltaron. Recordé aquella tarde
en la finca Esperanza y Sumidero cuando siendo un niño encontré lo que creí
entonces era el legendario tesoro de los Grillos y termino siendo el
desentierro de los ahorros de mi padre. –Calma Miguelito,
calma− me dije a mí y a mi conciencia.
Mientras
pasaba la euforia medité sobre cómo había sido posible que a pesar de haber
estado involucrados varios obreros en las actividades de remodelación a lo
largo de seis meses haya sido precisamente a mí a quien le tocara descubrir el
tesoro. No encontré otra respuesta. Así que terminé por achacárselo a lo que
considero es una racha de buena suerte que me acompaña desde que Carmita me
pario de pie. (De pie ella por locuras de la comadrona. Yo nací cabeza primero
como casi todo el mundo)
Pasar el
sábado y el domingo en silencio pero con la cara radiante de felicidad no fue
fácil. Conocedor del delirio de las féminas por los diamantes no le dije nada a
Mimol. El lunes, desperté sobresaltado a las tres y treinta y tres de la
mañana, extendí la mano y palpé en la primera gaveta de mi mesita de noche la
aterciopelada bolsa, con la punta de los dedos fui contando los escurridizos
bulticos, 27, 28, 29, 30. Si, estaban todos, musite y me quedé dormido.
Largo y
tedioso fue el viaje hasta el Seybold Bulding cuna del negocio de piedras finas
en el “downtown” de Miami. En el negocio indicado toque el timbre y desde el
mostrador apretaron un botón que liberó el cerrojo de la puerta. Entré y me presenté
con nombre y apellidos. Por la pequeña apertura de una vidriera con doble
cristal a prueba de balas introduje la bolsita. Del otro lado del grueso
cristal un anciano judío de mirada apacible, largas, encanecidas trenzas y
negra vestimenta, tomó la pequeña bolsa y esparció su contenido sobre un
cristal. Con la punta del dedo índice las empujo para un lado y para el otro
bajo una luz especial que las hacia brillar de una manera cegadora. Yo
observaba la operación y mis ojos brillaban más que las treinta piedras. Una a
una se llevaba las piedras entre sus dedos índice y pulgar muy cerca del ojo
izquierdo y las observaba a través de un pequeño microscopio ajustado a la
armadura de sus lentes. Las observaba detenidamente, luego emitía un sonido, hacia
un gesto de aprobación, hacia un giro brusco con la cabeza retirando el pequeño
microscopio de su campo visual, me miraba fijamente, sonreía y repetía la
operación con la siguiente piedra. Treinta veces repitió el ritual, exacto,
preciso. Las treinta veces yo involuntariamente detenía la respiración hasta
que el gruñido, el gesto de aprobación y el brusco giro, unidos a la sonrisa me
hacían inhalar oxígeno de nuevo cuando ya mi color era semejante al gris de un
ahogado.
Entre
resuello y resuello me repetía mentalmente en un estado de exaltación extrema, − ¡Son diamantes, coño son diamantes!− Sentí la
presión sanguínea subir hasta enrojecerme las orejas. Temí por un momento caer
fulminado por un sincope cardiaco y decidí respirar profundo y organizadamente,
pero sin quitar la vista de mis piedras preciosas temeroso a que el octogenario
mercader fuese a realizar un hábil cambio.
Cuando
examino la numero treinta, no pude resistir la tentación, fue entonces que
intentando guardar la compostura pregunte en un ingles rebuscado y cuidadoso.
−Are they diamonds? ¿Son diamantes?
Entonces
escuche la respuesta en un español de acento hebreo que retumbo como un disparo
de escopeta en aquel estrecho cuartito y que me hizo en unos minutos hacer un
listado enorme de planes.
− ¡Sí!−
Puedo estropear
el relato, pero tengo que ser sincero con ustedes; me cagué.
Isaac o
Isidoro, así se llamaba el experto, me devolvió en un curioso recipiente de
cristal circular mis treinta piedras preciosas. Mis treinta diamantes.
− Espere por favor, le voy a emitir
la factura y el certificado.− dijo, y se perdió en el fondo del
recinto.
Regresó, lo
primero que me extendió fue la factura, cincuenta dólares que pagué en efectivo,
reprimiendo los deseos de dejarle una cuantiosa propina. Lo segundo, una vez
pagada la factura fue el certificado.
El
certificado me temblaba en las manos. Devoré visualmente el contenido del papel.
Lo primero que me saco los ojos de orbita fue el espacio donde se indica el valor;
el espacio estaba atravesado por una raya negra horizontal. – A pesar de su experiencia no se
atreve calcular el valor− pensé. Entonces leí la sección donde
se detalla el tipo de piedra. Sentí que todo el Seybold Bulding y los demás adyacentes del
centro de la ciudad de Miami me caían encima aplastándome. Allí en el certificado
se podía leer con letras negras de imprenta la palabra que le daba significado
a lo que yo momentos antes había entendido como un “SI”. Lo que el anciano
hebreo me había contestado, lo que me había dicho en ingles era “Z” el símbolo
de joyería que se utiliza entre los conocedores parta referirse a Zirconia. En
el lugar donde estaba supuesto a señalar el valor aproximado prefirió trazar
una raya horizontal negra, porque según me dijo el muy hijo de Israel, −nosotros nos especializamos exclusivamente en diamantes.−
− ¡Gracias! – creo haber
dicho balbuceante y me fui.
Tuesday, November 27, 2018
Mirta en la distancia y el recuerdo.
A mi
prima Mirta. Que aún vive perdida en el mismo callejón de la historia.
La divisamos en la
distancia, caminaba rumbo a su casa por el callejón de la finca Esperanza y
Sumidero, con una jaba colgada del brazo, dejando a su paso una leve nube de
polvo que se desvanecía o se posaba sobre la superficie de tierra. Su frágil
figura parecía levitar sobre el espejismo vaporoso que producen a lo lejos los
rayos solares en las planicies secas. Regresaba de la tienda del pueblo, dónde
había comprado la magra ración que le adjudicaban por la tarjeta de
racionamiento.
Fue mi primo Oscar
quien me la señaló. − Mira, mira, allá va Mirta. Oscar y yo regresábamos de la
escuela a caballo como era de costumbre. Era el mes de Mayo y aquella tarde,
antes de apagarse en los brazos de una luminosa noche de luna llena, se
empecinaba en castigar con sus últimos rayos solares la existencia de todos los
pobladores del central Mercedes y sus alrededores.
− ¿Migue, a que tú no
te atreves a decirle sebingosa? − me dijo en forma de pregunta y reto Oscar. Mi
primo solía ponerme a prueba. Algunas veces producto de un ataque de
hijeputismo de los que padecía con peligrosa frecuencia. Yo jamás había
escuchado la palabra, pero el peso de demostrarle mi valor al primo, que era
una suerte de héroe para mí, me hizo contestarle rápido y resuelto, − yo sí se
lo digo− y comencé a repetir la palabra mentalmente para no olvidarla mientras
nuestra cabalgadura acortaba con su paso la distancia que nos separaba de
Mirta.
Mirta Corredera era
nuestra prima. A pesar de su juventud, era solo cinco años mayor que Oscar y
diez años mayor que yo, lucia avejentada. Andaba desaliñada, con el cabello mal
atendido y era extremadamente delgada. Caminaba encorvada y tenía la piel y las
manos curtida por los avatares del campo. No sabía leer ni escribir pues sus
padres nunca la enviaron a la escuela. Solo logró hacer sobre una hoja de papel
unos trazos deformes y desorganizados que nada tenían que ver con letras,
después todas las noches de los diez meses que alumbrada por un farol chino de
ruidosa luz, Margarita Pereira intentó enseñarla a leer y escribir. Tenía
etapas de profunda calma, días en los que, sentada en un taburete, con la
mirada perdida en el potrerito de la viuda, se sumergía en un silencio
sepulcral mirando el ganado pastar y conversando con los muertos y entonando
canticos indescifrables. Cuando se sacudía de aquella modorra y regresaba al
mundo de los vivos, era la que organizaba y lideraba las cacerías con
tirapiedras, trampas para codornices o las cocinatas de semillas de marañón en
improvisados fogones de piedra y pedazos de planchas de zink a escondidas de
nuestros padres.
Mirta ayudaba a mi
madre en los quehaceres del hogar, mis padres la querían mucho. Solo una vez se
enojaron con ella, fue el día que me llevó a la arboleda del tío Pipe y nos
dimos una hartada de mameyes Santo Domingo que me produjo un empache descomunal
del que solo me salvó la vieja Antolina traída a mi casa para que me pasara la
mano, una suerte de ritual, una estimulación al recorrido de los alimentos por
los intestinos realizado al pasar las manos embarradas de aceite caliente
haciendo presión sobre el abdomen acompañado de rezos. Yo jamás había tenido
diferencias con Mirta, o más bien solo había tenido una, la vez que la llamé
yegua vieja, por indicaciones de Oscar y la que estaba a punto de tener por
indicaciones también de él.
Criollo, marchaba
resuelto, con el entusiasmo que invade a los caballos cuando van camino de
regreso a casa, donde saben que les espera comida y descanso. La distancia
entre nuestra cabalgadura y la prima Mirta se fue acortando hasta que la
alcanzamos. Para sorpresa mía, una vez junto a ella, Oscar comenzó lo que se
puede catalogar como un dialogo entre sordos, gesticulaba aparatosamente y
gritaba no dejándome oportunidad de decirle lo que momentos antes me había
indicado que le dijera. El dialogo no tenía sentido, pero en realidad ningún
dialogo con Mirta tenía mucho sentido. Dos veces dije la palabra indicada, pero
las dos veces la voz de mi primo ahogo la mía, hasta que dirigiéndome a él le
pregunte a gritos,
− ¿Chico, me vas a
dejar que se lo diga o qué?
− ¿Decirme que? –
preguntó la aludida, mirándonos desde la negrura de dos ojeras como el fondo de
dos botellas de vino tinto.
− Sebingosa. –
conteste yo sobre la voz de Oscar que le pedía que no me hiciera caso.
− ¿Qué tu dijiste?
− Sebingosa,
sebingosa, eres una sebingosaaaaaaaaaaa. – grité a todo pulmón.
Mirta depositó con
calma la percudida jaba en el suelo y se armó en pocos segundos con una
considerable cantidad de piedras que abundaban en el camino. Yo al verla, me
desmonté de Criollo e intente ponerme a salvo detrás de Oscar y el animal.
Desde el caballo Oscar trataba de mediar, gesticulaba con ambas manos, comenzó
pidiéndole que no me hiciera caso y rápidamente pasó a hacerle incongruentes
ofertas que incluían ir a pescar o regalarle su tirapiedras. Pero la furia de
la aludida era incontrolable. Los primeros proyectiles hicieron impacto en el
animal y algunas en la fisionomía de mi primo. Oscar insistía en lograr la paz,
pero a Mirta se le había colado el diablo en el cuerpo. Emitía un sonido
gutural adornado con un rosario de improperios y disparaba andanada tras
andanada de piedras con ambas manos. Yo seguía haciendo círculos parapetado
tras Criollo, y comencé a ripostar el fuego enemigo con un picheo empedrado y
constante. Oscar, atrapado en el fuego cruzado recibía impactos en su cuerpo.
Fue una pedrada en el pecho propinada por Mirta la que hizo que mi trinchera de
cuatro patas saliera espoleada a todo galope dejándome allí en el campo de
batalla frente al Miura enloquecido. Intenté protegerme en la cuneta y desde
allí continúe devolviendo el fuego. Nada detenía a mi adversaria. Recuerdo
haber hecho blanco varias veces, pero ella seguía avanzando y no paraba de
lanzar piedras. Sentí un dolor intenso en el brazo y otro en una pierna,
resultado de dos certeras pedradas. No me quedó más alternativa que escapar
atravesando la cerca de alambre de púas. Sentí el acero lacerándome la piel de
la espalda, dejé mi camisita en ripios colgando de los alambres y me adentré en
el potrero de Quiro. Corrí paralelo al callejón bajo una lluvia de piedras que
la cerca no era capaz de detener, hasta que deje aquella loca detrás. Seguí
corriendo hasta que alcance a Oscar que había detenido a Criollo a casi medio
kilometro y analizaba los daños en su cuerpo y en el del caballo.
Me costó trabajo
volver a cruzar la cerca para subir al camino. Jadeante, cojeando, con la piel
de la espalda hecha jirones me acerqué a mis compañeros de viaje. Fue entonces
que vi los hematomas que brotaban como violetas en todo el cuerpo de mi primo y
algunas magulladuras en la piel de Criollo. Oscar estaba morado de piel y de
ira. Se volvió hacia mí y me grito indignado.
− ¿Tú eres comemierda
o qué? –
Al fin de un salto
monto en Criollo y extendió el pie para que yo lo usara de estribo y subiera
también.
Cabalgamos por la
guardarraya camino a la casa del tío Quiro. Íbamos en total silencio, rodeados
de verdes y ondulantes campos de caña de azúcar, acompañados por algún pequeño
y esporádico remolino de corta duración que levantaba un espiral de tierra colorada
y paja de caña para morir a escasos metros y con la misma espontaneidad que
surgió. Hasta que una pregunta mía nos hizo reír a carcajadas.
− ¿Chico, ser
sebingosa es tan malo?
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