Wednesday, June 28, 2017

Muerte en el Palmetto.


El encuentro.

Son las doce del medio día. Conduzco  mi auto por el Palmetto Expressway. Voy camino a una reunión de negocios. A la altura de la calle treinta y seis del noroeste el tráfico se detiene y comienza a avanzar en tramos de diez metros. La senda por la que manejo parece moverse a mayor velocidad y le doy alcance a un flamante Maserati Quattroporte negro, al volante una atractiva rubia. Conducimos nuestros autos, uno al lado del otro, por unos minutos nuestros destinos se unen rumbo sur. Yo freno y ella frena, yo acelero y ella acelera. La observo con detenimiento, su cabellera rubia y bien peinada le cae como una cascada sobre los hombros haciendo un divino contraste con la chaqueta azul oscuro. Sus manos, cuidadas se posan en el volante dejando ver en sus dedos y en las muñecas algunas finas alhajas. Volvemos a detenernos, puerta con puerta. Bajo el cristal de la puerta del pasajero, ella se percata y gira lentamente la cabeza y me mira, sonrío levemente y me devuelve la sonrisa, con una señal de la mano la invito a que baje el cristal de su ventanilla, se demora unos segundos pero lo hace. Y comienza el dialogo.

El dialogo.

− ¡Que trafico! – le digo en ingles del bueno.

− Si, terrible. –me contesta en ingles del mejor.

− ¡Hermoso tu auto!

− Muchas  gracias. 

− ¿Cómo te llamas? –le pregunto con voz engolada.

−Cristina. –me responde, levantándose los lentes de sol a la altura de la frente y asomado dos ojos verdes como dos esmeraldas.

La muerte.
Cristina, Cristina, Cristina, Cristina. –repito en voz baja, y en ese mismo momento siento un fuerte dolor en el costado izquierdo del pecho, como si me desgarraran las costillas. Es un infarto, pienso inmediatamente. Y sucederme ahora, en éste preciso momento, manejando en este horrendo tráfico.  Miro hacia  mi derecha y la rubia me contempla con cara de preocupación, casi de espanto. Intento conducir el auto hacia la senda de emergencia, todo comienza a ponerse oscuro, pierdo la visión por unos instantes. Veo escenas de mi vida, en forma de película blanco y negro. Es el fin, es la muerte. Me rodea solo una agobiante  penumbra. No veo la mencionada luz al final del túnel, solo unas aspas dando vueltas sobre mi cabeza. Imagino que es el helicóptero de la Unidad de Rescate. Es posible que me salven. Vuelvo a sentir el agudo dolor el costado izquierdo, tan fuerte que me corta la respiración. Oigo una voz lejana y veo una sombra que se mueve a mi lado. Presto atención a lo que dice, − ¿Quién, quién?− creo escuchar que me preguntan − ¿Quién?− Supongo que son las preguntas de los socorristas o las del Juicio Final. Y de nuevo regresa el dolor profundo, lacerante, me crujen las costillas. Logro abrir un poco los ojos y… despierto. Las aspas dando vueltas son las de un ventilador de techo. El dolor es el codo de Rebeca clavándoseme en mi costado y la voz es la suya, que me pregunta, − ¿Quién? ¿Quién es Cristina Miguelito, quién es Cristina?− Has repetido su nombre varias veces.
No son las doce del mediodía, ni conduzco mi auto por el Palmetto. Son las cuatro y media de la mañana. Estoy en perfecto estado de salud, en mi cuarto, incorporado en mi cama y a mi lado Rebeca inquisidora repite, − ¿Quien es Cristina? Y yo le contesto, –Cristina es una negra vieja del central Mercedes, con la que acabo de tener una terrible pesadilla. Y me recuesto a mi almohada para pensar en Cristina, la negra vieja, porque los buenos sueños hay que afianzarlos mentalmente.    

Tuesday, June 27, 2017

Diálogo con Caín.


Durante los preparativos para filmar La Ciudad Perdida, “The Lost City” el actor cubanoamericano Andy García, visitó a Guillermo Cabrera Infante en su apartamento en Londres. El escritor cubano exiliado había escrito el guión para la película y era necesario coordinar y ajustar algunos diálogos. Conversar con Cabrera Infante, cuenta Andy, era una exquisitez. Los encuentros se convertían en interesantes charlas, Andy escuchaba atento a su interlocutor, éste contaba anécdotas mientras disfrutaba del aroma de un excelente puro. El apartamento estaba lleno de estantes y estos llenos de libros.   

 
Diálogo con Caín.
− ¿Maestro, usted ha leído todos esos libros? − preguntó Andy una tarde con curiosidad.
Guillermo, hizo una pausa, tomó una larga bocanada de humo de su habano, la fue dejando escapar lentamente hasta formar una inmensa nube sobre sus cabezas y contestó.   
− Si todos, aunque algunos los he leído solamente una vez.   


Sunday, May 28, 2017

Cuba, sufrir es tu destino.


En su reciente mensaje de felicitación a los trabajadores del ICRT, Raúl el último hijo de Lina dijo: "las armas de dominación informativa y cultural de nuestros enemigos son cada vez más sofisticadas" Yo tengo un par de preguntas y tengo un par de comparaciones, para que la analicen los que me leen aquí afuera y dentro de la Isla. ¿Y las armas de desinformación que tú y tu difunto hermano han impuesto sobre el pueblo cubano durante 59 años? Ustedes han contado y cuentan el cuento a su manera, sin un medio informativo dentro de la Isla que los cuestionara.

Que en mi pueblo, (pequeño ejemplo) el central Mercedes (6 de Agosto) sea una ruina, que los que allí viven hoy necesiten un coche de caballos como en el siglo XIX para llegar al pueblo más cercano, no es culpa de un enemigo externo, es culpa de un sistema fracasado e inoperante impuesto precisamente por la fuerza y la desinformación. Claro Raúl que tú como tu hermano le temes a la información. Las nuevas tecnologías, Internet, Facebook, Instagram, acabaron con la impunidad que ustedes disfrutaron durante tantos años. Hoy, gracias a la tecnología, en un parque del pueblo de Colón, en La Habana, o en una oficina del ICRT, este sencillo escrito lo leerán cientos de personas. Algunas no estarán de acuerdo con él, tampoco comentarán, y eso precisamente prueba mi punto.

Ya realicé la pregunta, ahora voy a la comparación. Bajo la dictadura de Francisco Franco el pueblo español fue informado, al menos en cuatro boletines diarios de la agonía y muerte de su lider. Los cubanos todavía no saben cómo murió Fidel. Nadie se muere de viejo. Debe de haber sido, un paro cardiaco, una embolia pulmonar, cerebral, renal, o intestinal, o una bala suicida en la cien. ¿Alguien sabe? Claro que no. Bajo ese régimen el pueblo no tiene derecho a saber ni el final de su propio líder. No existe un medio de prensa que se atreva a publicar lo que todos  se preguntan, lo que todos deben saber.

Y por último. Estamos a escasos nueve meses de que Raúl deje el poder. Nadie sabe quién será su sucesor. Muchos apuestan de que será un personaje de apellido Castro. Yo, un guajiro suspicaz apuesto a que no llevará el apellido Castro. Será un pobre diablo, un títere, un tracatan, sujeto a los mandatos de la familia real C. Para ponérsela fácil, otro Osvaldo Dorticós, pero del siglo XXI. ¡Ay Cuba, sufrir es tu destino!

Monday, April 24, 2017

Cincuenta Sombras de Yegua.

La yegua Capuchina. Mis primas Isabel, Mercy y yo.

Prólogo.

Para que una novela o un cuento sea un éxito en estos tiempos en que vivimos, son necesarios tres factores de contenido: sexo, violencia y dinero. La novela “Cincuenta Sombras de Gris” (Fifthy Shades of Grey) de E L James, es un contundente ejemplo. Al principio creí que este relato tenia los factores necesarios para lograr algún éxito, hasta que descubrí que le faltaba uno, el dinero, y es que, por ser una historia real, el autor se ciñe a los hechos ocurridos y este drama ocurrió en Cuba, en la década del sesenta, bajo los efectos de una pobreza igualitaria impuesta por un capricho político.

El prólogo no debe nunca desalentar al lector, debe prepararlo, engancharlo, entusiasmarlo en la lectura. Desprovisto de pretensiones, con la verdad como escudo, me veo en la obligación de informarles a mis escasos lectores que si leer sobre sexo y violencia los ofende es momento de abandonar la lectura. El autor nació y creció en el campo cubano, y para un guajirito cubano el sexo es una constante, lo vemos a diario. En nuestro derredor copulan los insectos, lagartijas, aves y claro, cuadrúpedos como los caballos. Además, si leer sobre dinero los entusiasma, es sin lugar a dudas tiempo de retirarse. Si usted posee estas características como lector y sigue leyendo, seguramente terminará ofendido y desanimado. La falta de dinero es notable, no sólo en el relato, también lo es en el prólogo, que por falta de él tuvo que ser escrito por el propio autor, o sea yo.  

Miguel Grillo Morales
Miramar, FL. 17 de abril de 2017       

 

El encuentro.

Lo vi en la distancia, la soga que lo ataba lucia tensa como la cuerda de una guitarra. Sus relinchos se esparcían por la pradera, viajaban peinando la yerba y rebotaban en los frondosos cañaverales regresando convertidos en un penetrante eco. Era el caballo de Pichilín, un penco falto de cuidado y dudosa ascendencia que galopaba desesperadamente, dibujando con las patas sobre la verde superficie la mayor circunferencia que le permitía el largo de la soga, atada en un extremo a su jaquimón y en el otro a la estaca de acero clavada en la dura tierra colorada. Había olfateado mi cabalgadura, Capuchina, la yegua de mi padre y mostraba toda la virilidad, intenciones y deseos de un semental garañón. Capuchina, una yegua blanca, mora, torda, o como se le llame en la región donde usted me lee, era un animal de paso fino o marchadora, tendría unos 20 años, equivalente a sexagenaria en la escala humana. Tuve que tirar fuerte de las riendas para enmendar su rumbo, pues se mostraba complacida, halagada y deseosa de ir al llamado de amor. Me detuve y contemplé detenidamente la escena, estábamos los tres solos en medio de la nada de la finca Esperanza y Sumidero, rodeados únicamente de cañaverales, brisa y el armonioso sonido que emite el campo cubano. Pensé acercarle la yegua y satisfacer así las ansias de ambos y la curiosidad mía.

  El permiso. 

− Papi préstame la yegua – Le había dicho a mi padre esa mañana. Era la luminosa mañana de un sábado espectacular. No existía mayor anhelo para un guajirito de doce años como yo que mostrarme como jinete ante mis vecinitas y compañeritas de colegio. 

− ¿A dónde piensas ir? 

− A casa de Quiro y Victoria y al batey de La Esperanza – Visitar la casa de mis tíos era motivo seguro de aprobación, por eso fue la primera visita que incluí en la lista.

− Bueno, vaya pero tenga mucho cuidado. 

Acicalé la montura tejana y los arreos y le di a la yegua un baño de reina. Regresando de nuestro largo periplo gauchesco fue que nos topamos con el excitado caballo de Pichilín. 

¿Se la echo o no se la echo?  “That is the question” 

Contemplé por unos segundos el encabritado animal. Me pregunte ¿Se la echo o no se la echo? Me excitaba la idea de observar el acto sexual, lo había visto antes y sabía que era fuertísimo. No lo pensé dos veces, dirigí a Capuchina hacia el círculo pasional. Según disminuía la distancia, crecía la fogosidad en el garrapatoso Rocinante. Para evitar accidentes, a una distancia prudencial decidí desmontarme y acercarle la yegua de cabestro, sin siquiera quitarle la montura. No fue difícil la maniobra, la futura amante marchaba ilusionada hacia su equina luna de miel y penetró resuelta el área de alcance del caballo. Mi padre jamás había expuesto aquella yegua a caballo alguno, era inexperta, era virgen. 

 Sexo con violencia.

El cortejo amoroso fue breve. Comenzó con olfateos y relinchos para pronto volverse violento, traumatizante. El caballo giró bruscamente y le propino a la noble yegua una descomunal andanada de patadas. Los estribos volaban por el aire, los cascos quedaban marcados en la superficie de cuero de la montura y en la piel de la blanca yegua. La furia del animal aumentaba por segundos, de la misma manera aumentaba su libido. Su falo, colgándole entre las patas, semejaba una quinta extremidad. Rodeaba a Capuchina y mordisqueándola repetía la agresión. La yegua apenas se movía, sumisa, levantaba levemente la cola y dejaba escapar unos chorritos de orina en forma intermitente. No puedo precisar cuándo yo pasé de la excitación al miedo y del miedo al terror. La va a reventar, pensé y lo repetí en voz alta. Intentar interponerme entre ellos para rescatarla era un acto suicida. Después de tres ataques descomunales, la montó por la parte posterior, tanteó con la punta del falo hasta encontrar la vulva y en un enérgico brinco hacia adelante la penetró hasta donde dice “Made in caballolandia.” Lo primero que oí fue el estallido de la pala de la montura, media luna de madera revestida en cuero donde descansan las nalgas del jinete. El pecho del caballo la aplastó totalmente y la madera interior sonó como un tiro de escopeta al quebrarse bajo el peso del animal. Para sostenerse en posición de monta, la mordió repetidas veces en el cuello, dejándole unos círculos desprovistos de pelo y en carne viva. Todo lo que le introdujo en forma de miembro viril, le salió a la yegua en forma de largo resoplido, semejante al sonido de un acordeón desinflado. Los ojos de Capuchina parecían salírsele de sus órbitas, los orificios nasales se le expandieron, el agudo rechinar de sus dientes me dio escalofríos. Después de unos minutos el caballo fue dejándose caer lentamente, desgarrando con su peso algunos componentes de cuero de la montura. Al desmontarla, la punta del falo semejaba un inmenso platillo, que inexplicablemente no desgarró el interior de la yegua. Satisfecha su lujuria, el caballo se puso a pastar tranquilamente mientras se le reducía aquella inmensa protuberancia. Intente alejar de allí a Capuchina, pero ésta se encontraba en un estado de trance mental, las cuatro patas juntas, el lomo encorvado, la cola a media asta, su órgano genital realizaba unas convulsiones como muecas, mientras expulsaba una sustancia sanguinolenta y viscosa. Tuve que tirar fuertemente de las bridas para que Capuchina diera los primeros y vacilantes pasos. Golpeada, adolorida, entumecida, logre sacarla del alcance del caballo que mostraba signos de recuperación y venia a por otra sesión.

Casa y establo.

 
Evaluación de daños y regreso.   
Los afectos del combate amoroso eran visibles en yegua y montura. Dos despellejadas mordidas en los costados del pescuezo, un rosario de cascos marcados por todas partes. Eran más de cincuenta sombras, violáceas, ennegrecidas, ensangrentadas. La montura, ¡ay la montura!, los estribos destrozados, desfondados, el fuste partido en el asiento, el cuero desgarrado y… y entonces me acordé de mi padre. La yegua había perdido su virginidad yo seguramente perdería la vida. El regreso fue largo, lento e interminable. A medida que nos acercábamos a casa, mi corazón amenazaba con salírseme del pecho. Necesitaba una excusa, una buena historia para librarme de la severidad del viejo Grillo. Casi llegando a casa se me ocurrió la magnífica idea que me salvaría. Elaboré y repetí mil veces la historia en mi atribulada cabeza. Me dirigí hasta el cobertizo, edificación que servía de garaje para el tractor, establo y cuarto de monturas. Desensillé la magullada yegua, puse la montura en su puesto, no sin antes hacer un intento de reparación para que luciera lo menos destrozada posible. Bañé a Capuchina y la maquillé lo mejor que puede. No existía forma de ocultar los daños, era necesario enfrentar la situación. Salí hacia la casa en busca de mi padre. Los escasos ciento veinte metros que separaban el establo de la casa me perecieron interminables kilómetros. Era el largo y tortuoso sendero hacia el patíbulo.
− ¿Dónde está Papi? – le pregunté a mi madre lo más pausado posible. Hacerla partícipe de aquel asunto era añadir una cuota de drama innecesaria. 
Tu padre se está bañando. −contestó y continuó  preparando el almuerzo. Me dirigí al baño y en efecto allí estaba mi padre, recién bañado y vestido con ropa de estar en casa, peinándose frente al espejo.
− Papi, tengo que hablar contigo. − La seriedad y la gravedad de mi voz lo puso en alerta.
− ¿Qué pasó hijo? − contestó visiblemente preocupado saliendo del cuarto de baño.
− Quiero que lo veas por ti mismo, ven conmigo por favor. – dije y salí rumbo al establo. 
− El almuerzo está listo. –Murmuró mi madre al vernos pasar.
 No hablé absolutamente nada durante el corto trayecto, sólo escuchaba un enorme zumbido dentro de mi cabeza y los pasos de mi padre siguiéndome a escasa distancia. 
− Mira esto. –le dije, abriendo la enorme puerta de madera y mostrándole las dos víctimas.
− Pero ¿qué paso aquí? − El vozarrón del viejo Miguel estremeció la edificación de madera y techo de zinc, saco a Capuchina de un soñoliento letargo y me indujo un asfixiante sentimiento de terror. 
 Defensa y…
− Me, me, me, me – intente responder, pero sólo lograba articular sílabas. Mi padre le puso rápidamente fin a mi titubeo verbal. 
− Dime que pasó Migue. − Esta vez su expresión denotaba una completa ausencia de paciencia.
−Me, me, me, me desmonté en casa de Tite Morera, no, no, no amaré bien la yegua, se soltó y se fue hasta la sabana donde estaba amarado el caballo de Pichilín. Traté de pararla pero no pude. –lo dije con un poco de tartamudeo, pero como si estuviese viendo el hecho, convencido, seguro y resuelto.
− ¿Y qué pasó, el caballo la montó? 
− Si, la montó Papi, la montó. –contesté, acusando al caballo, como si toda la culpa fuese exclusivamente del animal. Sentí un enorme alivio. Habíamos llegado al punto supremo del interrogatorio. De cierta manera me sentí liberado, confeso, todo estaba dicho, o al menos eso creía yo. Mi padre analizó minuciosamente la montura y la yegua. Cada detalle, cada huella al estilo Sherlock Holmes. Revisó la montura con precisión de talabartero. Un par de piezas de cuero que yo había intentado poner en su lugar quedaron sueltas entre sus manos. Pasó su mano sobre la piel del animal, la acarició suavemente. Por un momento creí que sostenía un diálogo con el depauperado animal y que ésta le contaba toda la verdad. Dió un largo rodeo, fue de nuevo de la montura a la yegua, de la yegua a la montura, hasta pararse allí justo delante de mí, corpulento, erguido en toda su estatura, serio como pocas veces yo lo había visto.    
−Oiga bien lo que le voy a preguntar. Recuerde lo que siempre le he dicho, la verdad siempre, la verdad sobre todas las cosas. Piense bien la respuesta.
El trato de usted le imponía un peso insoportable al interrogatorio. Yo lo veía agigantado desde mi diminuto plano. La punta de su dedo índice, grande y redondo, apuntándome a la nariz como un cañón.   
− Oiga bien y conteste, ¿Se le escapó o usted se la echó?     
 Confesión.  
De pronto me encontré con la garganta completamente seca. Fui a tragar y la ausencia de saliva me provocó una tosecita áspera y aguda.  Intenté respirar y descubrí que en aquel lugar, igual que en la superficie lunar, no había oxígeno. Quise hablar y no lograba articular palabra. Oír si oía, la voz de mi padre en off, obstaculizada por un enorme zumbido que amenazaba con hacerme estallar los tímpanos.
 
− ¿Se le escapó, o usted se la echó? –repitió con energía el fiscal general de la Republica Grillo.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano logré contestar. Lo que me salió como respuesta fue el chillido más fino y escalofriante que ser humano haya emitido jamás. Una vocecita como un pito que dejó a mi padre perplejo…
− Yo se la eché Papi…  
Y me quedé allí, rígido como una tabla, esperando lo peor. Entre una cortina de lágrimas lo vi levantar la cabeza y mirar al techo por unos segundos. Bajó la cabeza lentamente, respiró profundo pues para él si había oxígeno. Se llevó las manos a la cintura, para luego poner su inmensa diestra sobre mi hombro. Y sucedió el milagro. Una de las tantas reacciones ejemplarizantes que convirtió a mi padre en mi mentor, mi héroe, mi mejor amigo.
Su voz volvió a inundar el recinto, esta vez serena, calmada.  
− Mire muchacho carajo, pídale a Dios que la yegua no se preñe de ese penco de mierda. Y ahora vamos, tu madre está esperándonos y se nos enfría el almuerzo. 
Fin. 
 


Wednesday, March 15, 2017

Beisbol y bochorno.

En estos días he estado escuchando un gran número de opiniones sobre la razón del pobre desempeño de la selección que representó a Cuba en el Clásico Mundial de Beisbol. Unos alegan que el bajo rendimiento se debe a que estos atletas nacieron y crecieron durante el “periodo especial” y de una manera u otra sufrieron algún tipo de desnutrición que a la larga afecta el crecimiento y el rendimiento físico. Otros indican que la pérdida del subsidio soviético, afectó enormemente los programas de desarrollo deportivos en la Isla. Otros dicen que, la selección no la integran los mejores, algunos destacados atletas no son incluidos en ella porque no son confiables al gobierno.
Yo personalmente no sigo la pelota cubana, estoy tan desconectado que no conozco ni el nombre de los jugadores. No soy quien para opinar, solo escucho y analizo. Creo que todos los factores anteriormente expresados tienen validez, pero existe uno que es el principal y el de más peso y no se utiliza ni se tiene en cuenta. Se trata de la calidad de los rivales. Durante décadas, la selección cubana compitió contra equipos amateurs, por ejemplo los equipos de Estados Unidos que se enfrentaba a Cuba eran integrados por estudiantes universitarios, jovencitos de veinte años que si bien jugaban buen beisbol no podían competir con una selección de jugadores experimentados como los cubanos. Recuerdo una ocasión que la selección estadounidense fue entrenada y seleccionada por Tom Lasorda, el emblemático entrenador de Grandes Ligas y lograron derrotar a Cuba. Aquellas hazañas de la selección cubana, escritas con oro en las páginas del deporte, que hacia vibrar la fanaticada y eran a su vez utilizadas como propaganda por el gobierno, resulta que eran contra rivales de bajo nivel.
Ahora resulta que tras la derrota de la selección cubana 14-0 ante Holanda, Gramma el Órgano Oficial del Partido Costumbrista de Cuba (si, escribí costumbrista) se aparece con un titular que reza: “A la pelota le está prohibido perder bochornosamente.” O sea, perder sí, pero ganar bochornosamente como hemos visto que estuvieron haciendo por décadas no. !No me digan!

Sunday, February 19, 2017

Dos centrales, un contraste.

Nací y me crie en Mercedes, un central azucarero enclavado en la llanura de Colón, Matanzas, Cuba. Sus dos torres, fueron parte del el horizonte de mi infancia y una visión que llevaré por siempre en mi memoria. Esta mañana desperté y al asomarme al balcón de mi camarote las torres del Central Romana, en Republica Dominicana me daban la bienvenida a una tierra que por esas cosas del destino es parte de mi hoja de ruta de exiliado y me recuerda mi punto de partida y mi origen.
Quede extasiado mirando el humo negro que expulsan como prueba de su productividad. Pensé en el Central Mercedes, (6 de Agosto) arruinado y abandonado hoy, del cual solo quedan precisamente las dos torres. Me dolió el contraste. Recordé que el Central Romana es propiedad de una familia cubana a quienes el régimen de Fidel Castro les confiscó todas sus propiedades en Cuba, incluyendo centrales. Con tenacidad y audacia han logrado recuperar lo perdido y además del Central Romana son propietarios de dos centrales y refinerías de azúcar en el sur de la Florida.


No existe mejor prueba del fracaso del sistema castrista que la comparación de estas dos historias. Aún con mano de obra esclava, pagando sueldos miserables en una moneda creada por ellos y sin valor alguno, los hijos de Ángel Castro y Lina Ruz llevaron la industria azucarera y a un país prospero a la ruina. En tierra extraña, comprando unas hectáreas de terreno en la década del sesenta, los hijos de Alfonso Fanjul y Lilian Gómez Mena lograron construir un imperio. Hay que ser muy terco o muy torpe para no sacar una clara conclusión de esta historia.

− ¿Qué te pasa? – me preguntó Rebeca. Cuando volví la vista, todo estaba borroso.  El amargo sabor del mal recuerdo y el dulce olor de la molienda no me permitieron contestar.

Mike Grillo
14 de febrero 2017
La Romana, Republica Dominicana.       



Tuesday, January 17, 2017

Viejo.



Viejo, hoy desperté pensando en ti. Te imaginé montado en un caballo en medio de un enorme potrero rodeado de curiosos añojos en ceba. El pasto bien asistido, la cercas meticulosamente situadas. Te vi analizar la compostura y los rasgos en la anatomía de cada uno de los ejemplares. Incluso te oí repetir la frase, "ves hijo, se llama ganado, GA-NA-DO, la palabra te lo dice todo." Y es que, lo que hoy imagino, lo escuché y lo presencié de niño.

Viejo, hoy amanecí pensando en ti. Sera porque un día como hoy, un 17 de enero, pero de 1909 Juana te paría en el pequeño cuartito de un bohío de paredes de tabla, techo de guano y piso de tierra. ¿Cómo pudiste lograr todo lo logrado? Pues con una frase, una simple frase que solías repetirme y que me ha servido hasta el día de hoy.
Puede que el paraíso exista, puede que sea solo un cuento para consolar y dar ánimo a algunas almas en este difícil arte que es vivir. Pero viejo, exista o no, yo tengo la completa convicción de que tu estás en el. Esa convicción se la debo a que fui testigo que una vez te lo robaron, te lo destruyeron y con trabajo y esfuerzo lograste reconstruirlo. Y a la frase que mil veces repetiste,  “Hijo, el paraíso se lo construye uno mismo.”  ¡Feliz cumpleaños mi viejo!