En
estos días he estado escuchando un gran número de opiniones sobre la razón del
pobre desempeño de la selección que representó a Cuba en el Clásico Mundial de
Beisbol. Unos alegan que el bajo rendimiento se debe a que estos atletas
nacieron y crecieron durante el “periodo especial” y de una manera u otra
sufrieron algún tipo de desnutrición que a la larga afecta el crecimiento
y el rendimiento físico. Otros indican que la pérdida del subsidio soviético,
afectó enormemente los programas de desarrollo deportivos en la Isla. Otros
dicen que, la selección no la integran los mejores, algunos destacados
atletas no son incluidos en ella porque no son confiables al gobierno.
Yo
personalmente no sigo la pelota cubana, estoy tan desconectado que no conozco
ni el nombre de los jugadores. No soy quien para opinar, solo escucho y
analizo. Creo que todos los factores anteriormente expresados tienen validez,
pero existe uno que es el principal y el de más peso y no se utiliza ni se
tiene en cuenta. Se trata de la calidad de los rivales. Durante décadas, la selección
cubana compitió contra equipos amateurs, por ejemplo los equipos de Estados
Unidos que se enfrentaba a Cuba eran integrados por estudiantes universitarios,
jovencitos de veinte años que si bien jugaban buen beisbol no podían competir
con una selección de jugadores experimentados como los cubanos. Recuerdo una ocasión
que la selección estadounidense fue entrenada y seleccionada por Tom Lasorda,
el emblemático entrenador de Grandes Ligas y lograron derrotar a Cuba. Aquellas
hazañas de la selección cubana, escritas con oro en las páginas del deporte, que
hacia vibrar la fanaticada y eran a su vez utilizadas como propaganda por el
gobierno, resulta que eran contra rivales de bajo nivel.
Ahora
resulta que tras la derrota de la selección cubana 14-0 ante Holanda, Gramma el
Órgano Oficial del Partido Costumbrista de Cuba (si, escribí costumbrista) se
aparece con un titular que reza: “A la pelota le está prohibido perder
bochornosamente.” O sea, perder sí, pero ganar bochornosamente como hemos visto
que estuvieron haciendo por décadas no. !No me digan!
Wednesday, March 15, 2017
Sunday, February 19, 2017
Dos centrales, un contraste.
Nací y me crie en Mercedes, un central azucarero
enclavado en la llanura de Colón, Matanzas, Cuba. Sus dos torres, fueron parte
del el horizonte de mi infancia y una visión que llevaré por siempre en mi
memoria. Esta mañana desperté y al asomarme al balcón de mi camarote las torres
del Central Romana, en Republica Dominicana me daban la bienvenida a una tierra
que por esas cosas del destino es parte de mi hoja de ruta de exiliado y me recuerda
mi punto de partida y mi origen.
Quede extasiado mirando el humo negro que expulsan
como prueba de su productividad. Pensé en el Central Mercedes, (6 de Agosto) arruinado
y abandonado hoy, del cual solo quedan precisamente las dos torres. Me dolió el
contraste. Recordé que el Central Romana es propiedad de una familia cubana a
quienes el régimen de Fidel Castro les confiscó todas sus propiedades en Cuba, incluyendo
centrales. Con tenacidad y audacia han logrado recuperar lo perdido y además del
Central Romana son propietarios de dos centrales y refinerías de azúcar en el
sur de la Florida.
No existe mejor prueba del fracaso del sistema
castrista que la comparación de estas dos historias. Aún con mano de obra
esclava, pagando sueldos miserables en una moneda creada por ellos y sin valor alguno,
los hijos de Ángel Castro y Lina Ruz llevaron la industria azucarera y a un país
prospero a la ruina. En tierra extraña, comprando unas hectáreas de terreno en
la década del sesenta, los hijos de Alfonso Fanjul y Lilian Gómez Mena lograron
construir un imperio. Hay que ser muy terco o muy torpe para no sacar una clara
conclusión de esta historia.
− ¿Qué te pasa? – me preguntó Rebeca. Cuando volví la
vista, todo estaba borroso. El amargo sabor
del mal recuerdo y el dulce olor de la molienda no me permitieron contestar.
Mike Grillo
14 de febrero 2017
La Romana, Republica Dominicana.
Tuesday, January 17, 2017
Viejo.
Viejo, hoy desperté pensando en ti. Te imaginé montado
en un caballo en medio de un enorme potrero rodeado de curiosos añojos en ceba.
El pasto bien asistido, la cercas meticulosamente situadas. Te vi analizar la
compostura y los rasgos en la anatomía de cada uno de los ejemplares. Incluso
te oí repetir la frase, "ves hijo, se llama ganado, GA-NA-DO, la palabra
te lo dice todo." Y es que, lo que hoy imagino, lo escuché y lo presencié
de niño.
Viejo, hoy amanecí
pensando en ti. Sera porque
un día como hoy, un 17 de enero, pero de 1909 Juana te paría en el pequeño cuartito
de un bohío de paredes de tabla, techo de guano y piso de tierra. ¿Cómo pudiste
lograr todo lo logrado? Pues con una frase, una simple frase que solías repetirme
y que me ha servido hasta el día de hoy.
Puede que el paraíso exista, puede que
sea solo un cuento para consolar y dar ánimo a algunas almas en este difícil
arte que es vivir. Pero viejo, exista o no, yo tengo la completa convicción de
que tu estás en el. Esa convicción se la debo a que fui testigo que una vez te lo
robaron, te lo destruyeron y con trabajo y esfuerzo lograste reconstruirlo. Y a
la frase que mil veces repetiste, “Hijo,
el paraíso se lo construye uno mismo.”
¡Feliz cumpleaños mi viejo!
Friday, December 23, 2016
Sembrar frijoles.
−
Deje caer tres o cuatro granos en el fondo del surco, solo tres o cuatro
granos, si dejas caer más y nacen muchas plantas se afecta la polinización. Con
el pie derecho échele tierra encima y con el pie izquierdo termine de
cubrirlos, de medio paso y repita la operación.
Aún
recuerdo las precisas instrucciones de como sembrar frijoles, que me dio mi
padre aquella luminosa mañana en la finca La Esperanza.
José
Miguel Grillo Martin le imponía un enorme peso a sus órdenes al tratarme de
usted.
− ¿Entendió?
− Si, entendí − respondí y repetí verbal y físicamente la operación, para quitarme al profesor de encima.
− Cuando se acaben las semillas de la mochila, en aquel saco hay más − y señaló un enorme saco a la sombra de un almácigo. Y agregó. −Yo sembraré al otro lado del campo de maíz y a las doce regresaré para almorzar.
− ¿Entendió?
− Si, entendí − respondí y repetí verbal y físicamente la operación, para quitarme al profesor de encima.
− Cuando se acaben las semillas de la mochila, en aquel saco hay más − y señaló un enorme saco a la sombra de un almácigo. Y agregó. −Yo sembraré al otro lado del campo de maíz y a las doce regresaré para almorzar.
El
campo recién arado tenía aproximadamente una hectárea. El roció de la mañana
brillaba sobre la fértil tierra colorada y comenzaba a evaporarse con los
primeros rayos del sol. El primer surco me pareció un paseo, el segundo se me
hizo más largo y en el tercero comenzó mi calvario. La mochila, o jolongo, una
bolsa pequeña donde se cargaban las semillas, confeccionada de saco de yute,
con una tira larga para colgarla del hombro, se me incrustaba en el cuello, produciéndome
una incesante picazón. El Sol se había despegado del horizonte y sus rayos me producían
las primeras gotas de sudor. Las botas se habían impregnado de la húmeda y
pegajosa tierra colorada y pesaban una tonelada. Perdí la cuenta de las horas y
los surcos. Levanté la mirada y miré al Sol por unos instantes, estaba alto, intenso,
cuando bajé la mirada no vi surcos ni tierra, un danza de animales salvajes, como
salidos de una película se movían a mi alrededor en un espejismo digno de un
naufrago. En la lejanía, sobre el campo de maíz, divisé la figura difusa de mi
padre, ágil, incansable, sembrando a la velocidad de una maquina. Recobré el
aliento y no quise ser menos que él. Di medio paso y entre mis sudados y
cansados dedos se me escaparon una, dos, tres, seis, ocho, un chorrito de negras
semillas, con el pie derecho las cubrí y con el izquierdo termine la operación,
medio paso y otro chorro de semillas, pie derecho, pie izquierdo y medio paso…
No
recuerdo cuando ni que almorzamos. Más agobiante aún fue la faena de la tarde.
El Sol me aperreaba la espalda y el sudor me ardía en los ojos. Maldije la hora
en que me brinde para ayudar a mi padre. La mochila y las piernas pesaban más
que la vergüenza y las instrucciones. Un chorro de semillas, pie derecho,
izquierdo, medio paso, y al carajo. Solo pensaba en terminar y no regresar
jamás a aquél campo. El viejo Grillo terminó su parcela, vino y me ayudó a
terminar la mía. De regreso a lomo de caballo, oí a mi padre agradecerme el
esfuerzo y la ayuda.
Una
semana después mi nombre en el tono fuerte de su voz, hizo temblar los
cimientos de la casa. Algo andaba mal, muy mal, y yo no sabía qué.
−Vístase
y venga conmigo inmediatamente.
Supe
que nos encaminábamos hacia las parcelas de cultivo. Desde la altura del
caballo, escapé mentalmente fijando la vista en el suelo, la yerba pasaba como
una ondulante alfombra verde bajo nosotros. El viaje fue en total silencio, armonizado
solo por los cascos del caballo sobre el suelo y los bellos sonidos naturales
que emite el campo cubano. Algo andaba mal, muy mal y yo no sabía qué.
−Desmóntese.
Hoy usted va a aprender que cuando yo le digo algo es por una razón.
Me
desmonté del caballo y me quedé parado al borde del campo donde una semana
antes había realizado mi primera siembra de frijoles. Las semillas habían germinado.
−
Cuente cuantas posturas hay en esos surcos.
Titubeé
por unos segundos, intentando prolongar el desenlace final, pero la voz apremiante
del viejo Miguel volvió a repetir.
− Cuente cuantas posturas hay en esos surcos.
Comencé
a contar, una, dos, tres… Seis, diez, doce… En algunos plantones conté hasta
veinte posturas.
−
¿Recuerdas cuantas semilla te dije que sembraras?
−
Si.
−
¿Cuántas?
−
Tres o cuatro.
−
¡Bien! Pues ahora empiece por el primer surco, plantón por plantón, arranque
con mucho cuidado el exceso de posturas y deje solo cuatro en cada grupo – lo dijo
sin gritar, sin grandes aspavientos, con el poder de la razón y la palabra y se
marchó.
Lo
vi alejarse, cuando viejo y bestia eran un punto en la lejanía, o la miasma
cosa en mi sentimiento, me dejé caer boca arriba entre dos surcos, miré al
cielo, un desfile de presurosas nubes blancas sobre un profundo fondo azul parecían
huir de mi tragedia. Tuve ganas de gritar, llorar, patear, pero me contuve, recordé
las instrucciones de mi Padre y supe que el único culpable había sido yo. Allí
me pasé dos días consecutivos, en cuatro patas, gateando de surco en surco, eliminando
las plantas sobrantes hasta dejar las cuatro requeridas.
Han
pasado más de cincuenta años desde aquella luminosa mañana en la finca La
Esperanza. ¡Más de medio siglo! Aun conservo el recuerdo, la lección aprendida
y la costumbre de apartar uno a uno los granos del caldo en cada potaje de
frijoles negros que me como.
Monday, November 21, 2016
Un mostro llamado Tom Jones.
Good morning world!
Es sábado, algo que lamentablemente ocurre solamente cada siete días. Abro feisbú y me encuentro con esta joya. Me hace recordar un compañero de secundaria en Manguito*. Era una suerte de enciclopedia musical en forma de negrito flaco y alto. Han pasado 46 años, no recuerdo su nombre, ni en qué pueblo aledaño vivía, pero recuerdo que le hacíamos coro para oírle hablar de música.
Su padre, marino mercante, tras largas ausencias, regresaba cargado de información y artículos del mundo real, nada que ver con aquel Macondo revolucionario, saturado de consignas y maquillado de tierra colorada que sufríamos. Nunca olvidaré que por él conocí una grabadora. Oír nuestras voces reproducidas por aquel artefacto, era algo alucinante para aquel bando de guajiros habitantes de dos mundos más allá del tercero. Oír música, vedada en los medios oficiales, era una experiencia surrealista. Un día, el amigo musicólogo se apareció con la grabadora y una cinta. – Se llama Tom Jones y el tipo es un mostro* – Nos dijo, y apretó una tecla.
Años después en Madrid pude seguir la carrera de aquel magnifico interprete y pagar lo que representaba para la delgadez de mi bolsillo una pequeña fortuna por un LP. She’s a Lady - Green, Green Grass of Home – Delilah - It’s not Unusual, pasaron a formar parte del ambiente sonoro de aquel pequeño piso del barrio de Vallecas, al punto que la vieja Carmita una mañana, cariñosamente, me prometió hacer el tocadiscos trizas contra el piso si no ponía algo de Joseito Fernández o Abelardo Barroso…
Tom Jones ha envejecido elegantemente. Su potente voz ha alcanzado matices graves con los años. Abro feisbú y me encuentro con esta joya. Es sábado algo que lamentablemente ocurre solo cada siete días. Más lamentable aún, no logro acordar el nombre de aquel amigo de secundaria que nos enseñó que detrás de la cortina de bagazo y cesura existía un tipo, un mostro llamado Tom Jones.
*Manguito. Pueblo en la provincia de Matanzas, Cuba.
*Mostro. Nombre dado por los cubanos a alguien que sobresale en alguna actividad.
Wednesday, November 2, 2016
Matador de culebras.
La vio moverse
en la oscuridad, entre los geranios y las rosas, enredada en el troco del
Hibiscus, negra, brillando a la luz de la luna. Un escalofrió recorrió su
cuerpo. Le tenía terror a los reptiles, pero estaba preparado. Alzó el machete y
con la fuerza que produce el miedo descargó una y otra vez la filosa y acerada hoja
contra su alargado cuerpo. Junto a un picadillo de siemprevivas, margaritas y
malangas la dejó hecha pedazos. A la mañana siguiente su cuerpo inerte estaba aún
allí… ¡Ay Pepe mi cuñado! Ya compré en
Home Depot una manguera nueva para el jardín.
Sunday, October 30, 2016
Vivir, lo que se llama vivir...
| Foto cortecia de Reina Trucchio Williams. |
Cuando has consumido y disfrutado seis décadas de vida. Cuando
comprendes que una tarde charlando con tus primos, sobre las ruinas de un país y de lo que
un día fueron los cimientos de la casa de tus abuelos en una remota finca de la
provincia de Matanzas, tiene más valor y te llega más hondo que una charla con
el presidente de un país.
Cuando beber el agua fresca de un arroyo te satisface
más que beber el mejor whisky en la mejor barra del mejor bar del mejor hotel
de New York o Madrid.
Cuando una complicidad con tus tres hijos varones en una
paradisiaca playa caribeña te demuestra que son, además de tus hijos, tus
mejores amigos.
Cuando despides a tu única hija en un aeropuerto, con una
mezcla de orgullo y miedo porque ha decidido libremente hacer su vida por su
cuenta.
Cuando has llorado de emoción ante el logro de un hijo, o de dolor en
el sepelio de tus más queridos familiares o amigos.
Cuando la foto de una nieta
te extrémese el alma y, por esas travesuras del ADN, ves en su labios los labios
de tu madre... Es cuando puedes decir orgullosamente: creo que he vivido, creo
que he vivido feliz.
Mariah Alexandra Grillo, hace apenas cuatro años que llegaste a este
mundo, mi mundo, tan distinto al que te tocará vivir, pero en tu fisionomía revive
Carmen Morales, mi madre, y un tú carácter José Miguel Grillo, mi padre.
Chiquitica, tú serás tú y tus circunstancias. Quizás nunca te sentarás sobre
las ruinas de los cimientos de mi casa a charlar con tus primos, porque todas
las vivencias son distintas. Pero tengo la seguridad que no te faltará en su
momento el agradecimiento por la educación y el amor que recibes hoy. Yo te
observo y repaso instintivamente un poema que Salomé Ureña le dedicara a su
hijo.
Cuando sacude su infantil cabeza
el pensamiento que le infunde
brío,
estalla en bendiciones mi terneza
y digo al porvenir: ¡Te la
confío!
Tú no lo sabes aún, pero eres la más solida prueba de que he vivido. Y
vivir, lo que se llama vivir…
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