Tuesday, January 17, 2017

Viejo.



Viejo, hoy desperté pensando en ti. Te imaginé montado en un caballo en medio de un enorme potrero rodeado de curiosos añojos en ceba. El pasto bien asistido, la cercas meticulosamente situadas. Te vi analizar la compostura y los rasgos en la anatomía de cada uno de los ejemplares. Incluso te oí repetir la frase, "ves hijo, se llama ganado, GA-NA-DO, la palabra te lo dice todo." Y es que, lo que hoy imagino, lo escuché y lo presencié de niño.

Viejo, hoy amanecí pensando en ti. Sera porque un día como hoy, un 17 de enero, pero de 1909 Juana te paría en el pequeño cuartito de un bohío de paredes de tabla, techo de guano y piso de tierra. ¿Cómo pudiste lograr todo lo logrado? Pues con una frase, una simple frase que solías repetirme y que me ha servido hasta el día de hoy.
Puede que el paraíso exista, puede que sea solo un cuento para consolar y dar ánimo a algunas almas en este difícil arte que es vivir. Pero viejo, exista o no, yo tengo la completa convicción de que tu estás en el. Esa convicción se la debo a que fui testigo que una vez te lo robaron, te lo destruyeron y con trabajo y esfuerzo lograste reconstruirlo. Y a la frase que mil veces repetiste,  “Hijo, el paraíso se lo construye uno mismo.”  ¡Feliz cumpleaños mi viejo! 

 








 
 

 

Friday, December 23, 2016

Sembrar frijoles.




− Deje caer tres o cuatro granos en el fondo del surco, solo tres o cuatro granos, si dejas caer más y nacen muchas plantas se afecta la polinización. Con el pie derecho échele tierra encima y con el pie izquierdo termine de cubrirlos, de medio paso y repita la operación.

Aún recuerdo las precisas instrucciones de como sembrar frijoles, que me dio mi padre aquella luminosa mañana en la finca La Esperanza.

José Miguel Grillo Martin le imponía un enorme peso a sus órdenes al tratarme de usted. 
− ¿Entendió?
− Si, entendí − respondí y repetí verbal y físicamente la operación, para quitarme al profesor de encima.
− Cuando se acaben las semillas de la mochila, en aquel saco hay más − y señaló un enorme saco a la sombra de un almácigo. Y agregó.  −Yo sembraré al otro lado del campo de maíz y a las doce regresaré para almorzar.

El campo recién arado tenía aproximadamente una hectárea. El roció de la mañana brillaba sobre la fértil tierra colorada y comenzaba a evaporarse con los primeros rayos del sol. El primer surco me pareció un paseo, el segundo se me hizo más largo y en el tercero comenzó mi calvario. La mochila, o jolongo, una bolsa pequeña donde se cargaban las semillas, confeccionada de saco de yute, con una tira larga para colgarla del hombro, se me incrustaba en el cuello, produciéndome una incesante picazón. El Sol se había despegado del horizonte y sus rayos me producían las primeras gotas de sudor. Las botas se habían impregnado de la húmeda y pegajosa tierra colorada y pesaban una tonelada. Perdí la cuenta de las horas y los surcos. Levanté la mirada y miré al Sol por unos instantes, estaba alto, intenso, cuando bajé la mirada no vi surcos ni tierra, un danza de animales salvajes, como salidos de una película se movían a mi alrededor en un espejismo digno de un naufrago. En la lejanía, sobre el campo de maíz, divisé la figura difusa de mi padre, ágil, incansable, sembrando a la velocidad de una maquina. Recobré el aliento y no quise ser menos que él. Di medio paso y entre mis sudados y cansados dedos se me escaparon una, dos, tres, seis, ocho, un chorrito de negras semillas, con el pie derecho las cubrí y con el izquierdo termine la operación, medio paso y otro chorro de semillas, pie derecho, pie izquierdo y medio paso…

No recuerdo cuando ni que almorzamos. Más agobiante aún fue la faena de la tarde. El Sol me aperreaba la espalda y el sudor me ardía en los ojos. Maldije la hora en que me brinde para ayudar a mi padre. La mochila y las piernas pesaban más que la vergüenza y las instrucciones. Un chorro de semillas, pie derecho, izquierdo, medio paso, y al carajo. Solo pensaba en terminar y no regresar jamás a aquél campo. El viejo Grillo terminó su parcela, vino y me ayudó a terminar la mía. De regreso a lomo de caballo, oí a mi padre agradecerme el esfuerzo y la ayuda.


Una semana después mi nombre en el tono fuerte de su voz, hizo temblar los cimientos de la casa. Algo andaba mal, muy mal, y yo no sabía qué.  

−Vístase y venga conmigo inmediatamente.

Supe que nos encaminábamos hacia las parcelas de cultivo. Desde la altura del caballo, escapé mentalmente fijando la vista en el suelo, la yerba pasaba como una ondulante alfombra verde bajo nosotros. El viaje fue en total silencio, armonizado solo por los cascos del caballo sobre el suelo y los bellos sonidos naturales que emite el campo cubano. Algo andaba mal, muy mal y yo no sabía qué.

−Desmóntese. Hoy usted va a aprender que cuando yo le digo algo es por una razón.

Me desmonté del caballo y me quedé parado al borde del campo donde una semana antes había realizado mi primera siembra de frijoles. Las semillas habían germinado.  

− Cuente cuantas posturas hay en esos surcos.

Titubeé por unos segundos, intentando prolongar el desenlace final, pero la voz apremiante del viejo Miguel volvió a repetir.

 − Cuente cuantas posturas hay en esos surcos.

Comencé a contar, una, dos, tres… Seis, diez, doce… En algunos plantones conté hasta veinte posturas.

− ¿Recuerdas cuantas semilla te dije que sembraras?

− Si.

− ¿Cuántas?

− Tres o cuatro.

− ¡Bien! Pues ahora empiece por el primer surco, plantón por plantón, arranque con mucho cuidado el exceso de posturas y deje solo cuatro en cada grupo – lo dijo sin gritar, sin grandes aspavientos, con el poder de la razón y la palabra y se marchó.

Lo vi alejarse, cuando viejo y bestia eran un punto en la lejanía, o la miasma cosa en mi sentimiento, me dejé caer boca arriba entre dos surcos, miré al cielo, un desfile de presurosas nubes blancas sobre un profundo fondo azul parecían huir de mi tragedia. Tuve ganas de gritar, llorar, patear, pero me contuve, recordé las instrucciones de mi Padre y supe que el único culpable había sido yo. Allí me pasé dos días consecutivos, en cuatro patas, gateando de surco en surco, eliminando las plantas sobrantes hasta dejar las cuatro requeridas.

Han pasado más de cincuenta años desde aquella luminosa mañana en la finca La Esperanza. ¡Más de medio siglo! Aun conservo el recuerdo, la lección aprendida y la costumbre de apartar uno a uno los granos del caldo en cada potaje de frijoles negros que me como.    

Monday, November 21, 2016

Un mostro llamado Tom Jones.




Good morning world!


Es sábado, algo que lamentablemente ocurre solamente cada siete días. Abro feisbú y me encuentro con esta joya. Me hace recordar un compañero de secundaria en Manguito*. Era una suerte de enciclopedia musical en forma de negrito flaco y alto. Han pasado 46 años, no recuerdo su nombre, ni en qué pueblo aledaño vivía, pero recuerdo que le hacíamos coro para oírle hablar de música.

Su padre, marino mercante, tras largas ausencias, regresaba cargado de información y artículos del mundo real, nada que ver con aquel Macondo revolucionario, saturado de consignas y maquillado de tierra colorada que sufríamos. Nunca olvidaré que por él conocí una grabadora. Oír nuestras voces reproducidas por aquel artefacto, era algo alucinante para aquel bando de guajiros habitantes de dos mundos más allá del tercero. Oír música, vedada en los medios oficiales, era una experiencia surrealista. Un día, el amigo musicólogo se apareció con la grabadora y una cinta. – Se llama Tom Jones y el tipo es un mostro* – Nos dijo, y apretó una tecla.

Años después en Madrid pude seguir la carrera de aquel magnifico interprete y pagar lo que representaba para la delgadez de mi bolsillo una pequeña fortuna por un LP. She’s a Lady - Green, Green Grass of Home – Delilah -  It’s not Unusual, pasaron a formar parte del ambiente sonoro de aquel pequeño piso del barrio de Vallecas, al punto que la vieja Carmita una mañana,  cariñosamente, me prometió hacer el tocadiscos trizas contra el piso si no ponía algo de Joseito Fernández o Abelardo Barroso…  

Tom Jones ha envejecido elegantemente. Su potente voz ha alcanzado matices graves con los años. Abro feisbú y me encuentro con esta joya. Es sábado algo que lamentablemente ocurre solo cada siete días. Más lamentable aún, no logro acordar el nombre de aquel amigo de secundaria que nos enseñó que detrás de la cortina de bagazo y cesura existía un tipo, un mostro llamado Tom Jones.



*Manguito. Pueblo en la provincia de Matanzas, Cuba.
*Mostro. Nombre dado por los cubanos a alguien que sobresale en alguna actividad.

Wednesday, November 2, 2016

Matador de culebras.


La vio moverse en la oscuridad, entre los geranios y las rosas, enredada en el troco del Hibiscus, negra, brillando a la luz de la luna. Un escalofrió recorrió su cuerpo. Le tenía terror a los reptiles, pero estaba preparado. Alzó el machete y con la fuerza que produce el miedo descargó una y otra vez la filosa y acerada hoja contra su alargado cuerpo. Junto a un picadillo de siemprevivas, margaritas y malangas la dejó hecha pedazos. A la mañana siguiente su cuerpo inerte estaba aún allí…  ¡Ay Pepe mi cuñado! Ya compré en Home Depot una manguera nueva para el jardín.




Sunday, October 30, 2016

Vivir, lo que se llama vivir...


Foto cortecia de Reina Trucchio Williams.





Cuando has consumido y disfrutado seis décadas de vida. Cuando comprendes que una tarde charlando con tus primos, sobre las ruinas de un país y de lo que un día fueron los cimientos de la casa de tus abuelos en una remota finca de la provincia de Matanzas, tiene más valor y te llega más hondo que una charla con el presidente de un país.

Cuando beber el agua fresca de un arroyo te satisface más que beber el mejor whisky en la mejor barra del mejor bar del mejor hotel de New York o Madrid.

Cuando una complicidad con tus tres hijos varones en una paradisiaca playa caribeña te demuestra que son, además de tus hijos, tus mejores amigos.

Cuando despides a tu única hija en un aeropuerto, con una mezcla de orgullo y miedo porque ha decidido libremente hacer su vida por su cuenta.

Cuando has llorado de emoción ante el logro de un hijo, o de dolor en el sepelio de tus más queridos familiares o amigos.

Cuando la foto de una nieta te extrémese el alma y, por esas travesuras del ADN, ves en su labios los labios de tu madre... Es cuando puedes decir orgullosamente: creo que he vivido, creo que he vivido feliz.  
Mariah Alexandra Grillo, hace apenas cuatro años que llegaste a este mundo, mi mundo, tan distinto al que te tocará vivir, pero en tu fisionomía revive Carmen Morales, mi madre, y un tú carácter José Miguel Grillo, mi padre. Chiquitica, tú serás tú y tus circunstancias. Quizás nunca te sentarás sobre las ruinas de los cimientos de mi casa a charlar con tus primos, porque todas las vivencias son distintas. Pero tengo la seguridad que no te faltará en su momento el agradecimiento por la educación y el amor que recibes hoy. Yo te observo y repaso instintivamente un poema que Salomé Ureña le dedicara a su hijo.   
 
 Cuando sacude su infantil cabeza
 el pensamiento que le infunde brío,
 estalla en bendiciones mi terneza
 y digo al porvenir: ¡Te la confío!
 
Tú no lo sabes aún, pero eres la más solida prueba de que he vivido. Y vivir, lo que se llama vivir…




Tuesday, October 4, 2016

Pero si está la bandera….


Pero si está la bandera….

Con esta frase comienza el segundo párrafo de un poema que José Martí escribió en relación a un evento de baile en el que actuaba una bailarina española. La musa para escribir “El alma trémula y sola” le llegó a Martí una noche de 1890 en el Teatro El Edén Musee de New York viendo bailar a Carolina Otero.

El sentimiento que agobió a Martí aquella noche es fácil de comprender. El dolor por el país, por la patria perdida, le impedía al ciudadano, al poeta, al hombre, entrar a un recinto adornado con la bandera que representaba al opresor. No era una cuestión de odio, era honor, era vergüenza, era dignidad.

Un siglo y cuarto después el mismo país vive bajo una dictadura, no menos aberrante por ser, esta vez, cubanos sus dirigentes. En los últimos años soplan vientos de reconciliación, Muchos artistas residentes en la Isla viajan a actuar a Estados Unidos, a Miami en particular. Soy solidario con ellos, asisto a sus actuaciones y coopero con muchos eventos porque entiendo que son tan victimas o más que los que no vivimos en Cuba. Vivir en Cuba no significa simpatizar con el régimen. Aunque si hay algunos que simpatizan y cooperan, las pruebas están ahí, fáciles de obtener en youtube, en la internet.

El Flamingo Theater Bar aquí en Miami, anuncia próximamente una actuación de Candido Fabré, un cantante cubano a quien hemos visto innumerables veces cantarle a Fidel y a Raúl, más que cantarle arrullarlos con elogios y pleitesías. Candido está en todo su derecho a ser cándido con los despotas. Como es mi derecho no asistir a un evento donde se presente él o ninguno de los que adoren a quienes yo considero culpables de la tragedia de una nación. No participo en ningún tipo de acto contra su presencia aquí, esos actos me parecen abominables. Pero no señor Fabré, mi dinero me lo gasto con gusto disfrutando de un artista cubano local que tiene el alma trémula y sola y a sus espaldas la carga y la dignidad de vivir alejado de su tierra y de su gente por culpa de aquellos a quienes usted les canta las mañanitas.

No es cuestión de odio. Es por honor, por vergüenza, por dignidad, que yo no puedo entrar.


Han hecho bien en quitar
El banderón de la acera;
Porque sin está la bandera,
No sé, yo no puedo entrar.

Tuesday, September 27, 2016

El envenenamiento de Pupú.


− ¡Se enveneno Pupú, se envenenó Pupú! - Gritó Mirta Corredera. Su voz chillona retumbó en el batey del Central Mercedes, penetró por las puertas, ventanas y hendijas de las viejas casas de madera, descascarando la reseca pintura y espabilando el olvido colgado de las telarañas desde los tiempos del Machadato. − ¡Se envenenó Pupú, se envenenó Pupú! - Gritaba mientras corría de un lado a otro, llevándose una mano a la desgreñada cabellera, mientras que con la otra, sujetaba un mugriento delantal de cocina a la altura del pecho. – Yo sabía que ese muchacho iba a cometer una barbaridad. - Dijo mi madre sin abandonar su faena hogareña. Yo di un salto, dejé a un lado mi tarea de quinto grado y me calcé un par de tenis a toda prisa. 

Los problemas matrimoniales de Gilberto Crespo y Cira Grillo Cruz, comenzaron en el noviazgo, mucho antes de que Cira, ya casada, aceptara montar en el camión de volteo color rojo marca Chevrolet del año 1953 de Rafael Martínez. El viaje de Colón a Mercedes, incluyó una escala entre verdes y apacibles cañaverales. Dentro de la apretada y calurosa cabina, los cuerpos sudorosos y desnudos de Cira y Rafael se unieron en una danza lujuriosa, a ratos violenta, a ratos pausada, que empañó los vidrios y trucó los relojes.

Gilberto Crespo a quien todos apodaban Pupú, se acercaba a su cuarta década de vida, era un hombre fornido, de recortada estatura, velludo como un oso, de incipiente calvicie, honesto y trabajador. Con la ayuda de una de sus hermanas como mensajera, enamoró a Cira, ella desprovista de opciones, aceptó. Él pidió permiso a los padres de la muchacha para visitarla. Cira era una guajirita delgada de apariencia tímida, mirada escurridiza y algo introvertida. Dos veces por semana, después de una larga jornada de trabajo, hacía el recorrido a pie, desde el Central Mercedes hasta la lejana casita de campo de su novia. Dos sillones de madera colocados en una esquina de la diminuta sala, fueron testigos de aquel noviazgo. Nada más llegar Pupú, recostaba arrobado la cabeza en el hombro de Cira, y a los pocos minutos se quedaba profundamente dormido. Sus ronquidos, imperceptibles al principio, iban ganando sonoridad, hasta convertirse en un estruendo insoportable, que hacía parpadear la luz de los quinqués y azoraba las gallinas dormidas desde temprano en las ramas de los frondosos atejes. Cira no solo soportaba aquel desafinado concierto, sino que cuidadosamente para no despertarlo, se cubría el hombro con una toallita, para que la baba de su novio no le empapara la pulcra blusa. Pupú pasó más tiempo en los brazos de Morfeo que en los de su amada.

Con sus propias manos, construyó una pequeña casa, la amuebló con tanto entusiasmo como mal gusto. Con una sencilla ceremonia celebraron la boda. Pupú era feliz, Cira no. Eran la comidilla del pueblo, según las malas, las buenas y las peores lenguas, Pupú era rudimentario en el arte de hacer el amor y como las desgracias no andan solas, era además, eyaculador precoz. Aquel primer viaje en el camión de Rafael fue el catalizador para una desgracia. Cansada de viajar a Colón varias veces por semana a encontrarse con su amante, Cira optó por quedarse en casa, donde ya era frecuente ver aparcado el camión rojo de Rafael.

Cuca, la vecina, parapetada detrás de sus espejuelos de marco oscuro y ventanas entreabiertas, con el corazón acelerado, escuchaba casi todas las tardes el festín de los amantes, - Grita como si la estuviesen matando. -Le comentaba a un grupo de vecinas chismosas que insistían en conocer los pormenores de aquellos encuentros.

− ¡Es un gran amigo de la familia! Contestaba Pupú, cuando algún jodedor del pueblo le preguntaba maliciosamente por aquellas frecuentes visitas.

– Y tú, un perfecto tarrú. - Comentaban ellos a su espalda. Cira no logró, o no quiso soportarlo más y lo abandonó.

Era frecuente verlo en el barrio, de casa en casa, llorando como un niño, contando su infortunio y rogando a los vecinos para que intercedieran para que ella regresara a casa. Cira no solo se negó a regresar, le confesó a su mejor amiga detalles íntimos de aquel idilio, la gran diferencia entre su marido y su amante. − Con Rafael he aprendido para que me parieron. Dijo huérfana ya de pudor. Cambio su semblante, su carácter y hasta el modo de caminar, era, sin lugar a dudas, inmensamente feliz.

− Corran, corran-seguía gritando Mirta. Exhausto llegué al portal de la casa donde ya se agrupaba un gran número de vecinos. En sus rostros, en la conversación solemne y en los susurros se adivinaba la pesadumbre de la muerte. Empujado por la curiosidad, atravesé el umbral y me dirigí al grupo que dentro del cuarto rodeaba la cama. Asomé la cabeza entre los allí reunidos y la brisa nocturna que entraba por la ventana trajo hasta mí un horrendo hedor a vómito y mierda. El cuarto presentaba un estado lamentable, sobre la rustica mesita de noche, un cenicero rebosado de colillas anunciaba una marca de cerveza ya desaparecida. Las manchadas cortinas, confeccionadas con sacos de harina, se mecían como espantadas de aquella nube fétida. Un calendario, colgado de un oxidado clavo, mostraba la fecha, martes 22 de marzo de 1966. De un tubo de metal, atado con alambres a las vigas del techo, colgaban en desarraigo las pocas prendas de vestir pertenecientes a Pupú. Desde un portarretrato enmarcado en calamina, una foto de Cira, lozana, joven y sonriente, era mudo testigo de aquella escena. Sobre la cama de estrujadas y percudidas sabanas, yacía el cuerpo inerte de Pupú, embarrado en una sustancia viscosa devenida de sus propios intestinos. Rebosados hasta la fina franja azul del borde superior, dos bacinillas de esmalte blanco obstruían el acceso al lateral de la cama.

Fueron necesarios seis hombres para levantar aquel desvanecido cuerpo y trasladarlo, a intervalos, del cuarto al comedor, del comedor a la sala, de la sala al portal y del portal al auto de alquiler que esperaba en el oscuro callejón. A duras penas lograron introducirlo en el asiento posterior. Casi en puntica de pies yo observaba por la ventana del auto el cuerpo inerte tirado a la larga. Lo vi abrir un ojo, abrir el otro, sacar el brazo derecho que le había quedado doblado bajo el peso del cuerpo. Aquella posición inicial era muy incómoda para dar el viaje de 15 kilómetros hasta Colón. − ¡Está vivo, está vivo!- Grité a todo pulmón. Después de proferir un: − ¡Ay María Santísima! Mirta Corredera sufrió un desmayo, víctima de la desnutrición, más que de los nervios.

El auto partió, veloz, dejando la multitud envuelta en una nube de polvo, sombras nocturnas, esperanzas y conjeturas.

Las investigaciones de los médicos y las realizadas en el lugar de los hechos por amigos y vecinos, corroboraron lo que muchos sospechaban, todo había sido un simulacro. Un purgante de Palma Christi y un leve enjuague bucal con mata rata, fue lo que utilizó Gilberto Crespo para atentar contra su vida. Esa misma noche, Pupú fue dado de alta del Hospital de Colón y regresó a casa. Cira jamás regresó.