Wednesday, May 30, 2018

La muerte de Trujillo y de Fidel.


Auto donde viajaba Trujillo

Pasaron treinta y un años desde su llegada al poder, para que un día como hoy, un grupo de valientes dominicanos ajusticiaran al dictador Rafael Leónidas Trujillo. De once conjurados, cuatro, Antonio Imbert Barrera, Amado García Guerrero, Antonio de la Maza y Salvador Estrella Sadhalá realizaron la operación directamente, disparándole desde un auto en marcha al auto donde viajaba Trujillo hacia la Hacienda Fundación, acompañado solo por su chofer Zacarías de la Cruz. Eran aproximadamente las 10 PM del martes 30 de mayo de 1961. Comenzaba la década del sesenta y mientras los dominicanos hacían un colador el auto y el cuerpo de su dictador, los cubanos encumbrábamos al nuestro.

Pasaron cincuenta y siete años desde su llegada al poder en 1959 para que un grupo de cubanos, imagino que simpatizantes, no sabemos dónde, no sabemos cuándo, no sabemos cómo, levantaran el huesudo cadáver del dictador cubano y lo introdujeran en un horno hasta hacerlo cenizas. En una escueta nota transmitida por la televisión cubana, Raúl Castro anunció la muerte de su hermano Fidel Castro el 25 de noviembre de 2016 (2016-11-25) aproximadamente a las 10 PM. No sabemos cómo o de qué murió Fidel. Nadie muere de viejo, siempre existe una complicación. Quizás la desesperación de verse mermado de facultades lo hizo optar por el suicidio. Dos dictadores con métodos y finales muy distintos, pero dos dictadores al fin. 

Último viaje de Fidel.
Trujillo tomo las riendas del poder en 1930 cuando Republica Dominicana era prácticamente una aldea y dejó un país pobre pero en vías de desarrollo. Fidel tomó el poder de Cuba en 1959 un país rico y en pleno desarrollo y la dejó hundida en la pobreza y las deudas internacionales con sus ciudadanos completamente descapitalizados.  

Muchas veces he conducido por el Malecón recreando la ruta que recorriera aquella noche Trujillo y su chofer. He pasado frente de La Ciudad Ganadera y frente a la enorme fabrica Metaldom rumbo a San Cristóbal. Siempre me detengo en el Monumento a los Héroes del 30 de Mayo erigido sobre las rocas del litoral, justo en el sitio donde aquella noche se realizo el atentado. Es impresionante. La brisa del Mar Caribe acaricia al visitante y un fuerte olor a salitre inunda el ambiente. En una tarja, sobre los nombres de los dominicanos que participaron en la gesta se puede leer un pensamiento nada más y nada menos que de José Martí.

“Cuando se muere en brazos de la Patria agradecida, la muerte acaba, la prisión se rompe; empieza, al fin con el morir la vida.”

Modesto Díaz
Salvador Estrella Sadhalá
Antonio de la Maza
Amado García Guerrero
Manuel 'Tunti' Cáceres Michel
Juan Tomás Díaz
Roberto Pastoriza,
Luis Amiama Tió
Antonio Imbert Barrera
Pedro Livio Cedeño
Huáscar Tejeda
Add Monumento a los héroes del 30 de Mayo. caption


Ah pasado cincuenta y siete años de la muerte de Trujillo y uno y medio de la muerte de Fidel. A pesar de la diferencia en la forma en que murieron, a pesar de la diferencia de sus métodos para perpetrarse en el poder, a pesar de los miles de ciudadanos que en su momento lloraron sus muertes, seguro estoy que ninguno de los dos dictadores murieron en brazos de la Patria agradecida.










Monday, March 19, 2018

A Leonardo Padura.






Pensé titular este artículo, En defensa de Leonardo Padura, pero descubrí que su contenido distaba mucho de ser una defensa. ¿Por qué? Veamos. Primero quiero ser justo, quiero ser honesto, porque imparcial sé que no podré ser. Recientemente una comparecencia de Padura en el programa Otra vuelta a la tuerka (así con K) que conduce Pablo Iglesias ha generado cierto resquemor entre sus conciudadanos. Oí y leí los artículos y los comentarios. Algunos amigos me los enviaron privadamente, y quise corroborar por mi mismo de que se trataba. Tuve que ver la entrevista completa. De ahí proviene el cambio de titulo.

Empiezo por reconocer que Padura no necesita que yo lo defienda, prosigo por reiterar que si es cierto que en la entrevista expresa cosas con las que yo estoy totalmente en desacuerdo, comenzando con la entrevista misma, porque señores, le ronca el mango que Leonardo le conceda una entrevista al Pablo ese. Ah pero si lo pensamos bien, Padura está en todo su derecho, al menos yo no soy nadie para decirle con quien o con quien no sostener una entrevista. De la misma manera que nadie puede coartarme el derecho de decirle a Padura lo que siento y lo que creo.
 
Los titulares señalan, de manera crítica, sus opiniones sobre la guerra de Angola. Pero increíblemente no señalan sus declaraciones sobre muchas otras cosas. Su feliz niñez, su recuerdo de niño de un doctor negro y un barrendero blanco en su barrio, anécdota que desde mi punto de vista, desdice la propaganda fidelista sobre educación y otras cosas. Su mención del quinquenio gris, “decenio negro” le llamó y de cómo se censuró a Lezama Lima, Virgilio Piñera y tantos otros. De cómo los libros de Guillermo Cabrera Infante no se publicaban, de la represión contra los homosexuales. Habla de cómo la “planificación socialista” le tronchó su carrera periodística. De cómo hasta el 2011 un cubano no podía hospedarse en un hotel, comprar o vender un auto o una residencia.   

La entrevista es larga y tiene varias aristas. Cuando Pablo le dice, “te voy a preguntar pero es muy difícil concretar esta pregunta, ¿Cómo era el ambiente en Cuba para ser escritor y periodista en los años ochenta?” Padura le contesta, "Si a ti te parece que es difícil hacer la pregunta te podrás imaginar la respuesta como puede ser.” Más adelante confiesa su ignorancia hasta finales de los ochenta, debido a la censura del régimen, sobre Trosky y su asesino Ramón Mercader.  
 
Respecto al tema de la Guerra de Angola Padura dijo, “no se puede comparar con Vietnam porque no se puede comparar una derrota con una victoria” ahí creo tiene razón. Donde nuestro laureado escritor mete la pata es cuando afirma, “la cifra de muertos cubanos en Angola es ridículamente baja”. ¿Baja en qué sentido? Lamento mucho tener que aclararle al Señor de Mantilla que utilizando las cifras del gobierno cubano, Cuba con 9 millones de habitantes perdió 2,650 soldados en la guerra de Angola y Estados Unidos con 200 millones de habitantes perdió 58 mil soldados en la guerra de Vietnam. La caprichosa e irresponsable forma de Fidel Castro de alimentar su ego y de pagar la ayuda recibida de la Unión Soviética hacen que la pequeña nación caribeña perdiese más hombres porcentualmente (soldados/habitantes) en Angola, que los Estados Unidos en Vietnam. Cuba 294.44 soldados por cada millón de habitantes. Estados Unidos 290 soldados por cada millón de habitantes”. Ya ve usted Padura como un hecho pueden ser visto de distintas formas.
Una realidad. Los cubanos que consideramos el régimen castrista la más totalitaria y represiva dictadura sufrida por la Nación cubana quisiéramos ver a un Padura enérgico en su denuncia, sin detenernos a pensar que él es un producto del sistema, aún vive bajo su pesado manto. Que incluso puede sentir simpatías por él. Esto último prefiero seguir dudandolo.
 
Debido a la guerra de Angola Padura padece, según cuenta él, “un trauma acústico irreversible”. Aprovecho para informarle que padece también una enfermedad muy popular entre los cubanos, “apendijitis aguda” la cual nunca se cura del todo y suele reflejarse notablemente en aquellos que aún mantienen residencia en la Isla y siguen al alcance de los caprichos del régimen. Yo no soy capaz de acusarlo por eso, ni a él ni a nadie. No estamos en igualdad de condiciones. Yo no vivo en Cuba.
 
Seguiré leyendo sus libros. Seguiré conservando la pelota firmada por Nolan Ryan con una nota personal dedicada a él, para entregársela algún día. De algún modo tenemos algunas cosas en común, la pasión por el beisbol, por las escrituras y los mismos victimarios.   



Monday, February 5, 2018

El barbero.




Debió disuadirme el precio, ocho dólares por un corte de pelo. O el alarido que dio la puerta, como si en vez de empujarla la hubiese apuñalado, ahogando con el chillido el sonoro concierto de un rosario de pequeñas campanas colocadas en forma de sonajero en el umbral para avisar la llegada del visitante.

La decoración interior daba fe del viejo letrero colgado a la entrada: “Barber Shop”(established in 1928). Dos antiguos sillones de pedestal y brazos de porcelana, un enorme espejo opaco y manchado por el amarillo del tiempo y las paredes tapizadas con fotos de John Wayne, Johnny Cash y Elvis Presley. Un aparato de aire acondicionado de pared, más que enfriar trituraba el aire, aire de olor antiguo. Tiene que haber sido el letrero lo que finalmente me inspiró confianza. Enorme letrero, de pared a pared, en el que se leía, “En Dios nConfiamos” “In God we trust”. O quizás fue el anciano de sonrisa diáfana que se incorporó lentamente del asiento para recibirme con un sureño “!Hola buenos días señor!”, “howdy good morning Sir! Titubee unos segundos, pero ya el barbero, de tres toallasos, había sacudido el polvo del sillón y cortésmente me indicaba con un, -siéntese por favor. -Y me senté.

Tres días llevaba Mimol diciéndome que necesitaba pelarme.

-¿Como quiere que le corte el pelo?

-Un poquitín corto atrás y en los costados. Largo arriba. Arriba solo emparejarlo.

-¡Muy bien!- contestó mi nuevo barber.

Aún no sé para qué preguntó. Me colocó un delantal de tela ajustado el cuello y una enorme y ruidosa maquina marca Oster de tusar caballos en la nuca y la saco por la frente dejándome en el centro del cráneo una franja similar a la que produce un meteorito al impactar un campo sembrado de maíz. Mientras me tusaba, pelar es otra cosa, me habló de su vida, con la avidez de alguien que no ha sostenido un diálogo por mucho tiempo. Me habló de Elizabeth, su compañera de seis décadas, fallecida el verano del 2016. De la soledad, de sus hijos lejanos y ausentes. De su participación en la guerra de Corea y me mostró colgadas en la pared, las desteñidas fotos en blanco y negro donde lucia muy joven y vestido de fatiga. Con una brocha corta y redonda de cabo de nácar, como las que usaba mi padre, me embadurnó con espuma tibia desde las patillas, pasando por detrás de las orejas, hasta la nuca. En una larga tira de cuero crudo, asentó una navaja. Jamás me he quedado tan quieto. Con el temblor de sus manos bastaba para morir degollado. Con increíble habilidad me dio los cortes, mientras yo con mirada de ruego leía el viejo letrero y repetía interiormente, -in God we trust, in God we trust-. Con una manguera de aire a presión, capaz de arrancar de cuajo una oreja, me sopló los residuos de cabello cortado.

-¡Listo, quedó usted nuevo! - me dijo con la misma sonrisa que me recibió, y añadió, - Son solo siete dólares, los viernes tengo un precio especial.

 




No quise mirarme en el espejo, la falta de cabello me hacía sentir la cabeza extremadamente fresca. Le pagué y le di una buena propina. Antes que el alarido de la puerta y el concierto de campanitas me despidieran, le pregunté donde vendían sombreros por allí.

-A media cuadra, pregunta por Bob, dile que vas de parte mía.- me dijo.

A media cuadra divisé la tienda. De un anaquel escogí un Stetson gris, de cowboy, de mi medida. No fue necesario decir quién me enviaba.

-¿¡Te peló y te envío Marcus!?- me preguntó con tono de admiración Bob.
Amigos, llevo una semana con sombrero. Hace mucho no me veía el mapa de cicatrices en mí cabeza, cicatrices que me recuerdan las batallas a pedradas que sostuve de muchacho en el central Mercedes, y los apresurados cruces de cercas de alambre de púas en los potreros de la finca La Esperanza. Marcus me los ha recordado.

Creo que volveré a pelarme con él. Por siete dólares y una respetable y honorable historia vale la pena. Además ya tengo sombrero.

Monday, January 29, 2018

Día del ferroviario.




Nací y me crie hasta los catorce años rodeado de líneas de ferrocarril y locomotoras. Enormes maquinas de vapor que movían los vagones de ferrocarril llenos de caña en el central Mercedes (6 de Agosto). Aprendí a identificarlas, por su número, por su distintivo sonido. Aun recuerdo su peculiar olor, mezcla de hierro y vapor de agua.

La 9 (La cucarachita) era la más familiar de todas, se encargaba de llevar y traer los vagones hasta y desde el basculador, alimentando aquella voraz fabrica de azúcar de caña a la que todos llamábamos cariñosamente el Ingenio.

La 41 y la 124 de tamaño medio, encargadas de acercarle, desde las afuera del patio del ingenio los vagones hasta los predios de la Cucarachita.

La 150 y la 152 enormes maquinas capaces de traer cientos de vagones desde largas distancias. Su rugir estremecía el entorno, familiar y legendarias, visibles en el horizonte sobre La loma de Panchón o Pedernales se nos hizo la serpiente de humo que expulsaban sus chimeneas, como prueba del esfuerzo extremo tirando de una larga e interminable hilera de chirriantes vagones de metal rebosados de caña de azúcar recién cortada.

¿Cómo olvidar la 77? Locomotora reconstruida por los obreros del central, que estallara en el más lamentable accidente en la historia del central Mercedes, el 16 de febrero de 1972, sesgando la vida de cuatro queridos trabajadores e inundando de luto el corazón de todos.  

Hoy es el día del ferroviario en Cuba. No hay mucho que celebrar. La industria ferroviaria cubana pionera en América Hispana se encuentra en lamentable estado. En Mercedes (6 de Agosto) solo queda una de aquellas emblemáticas locomotoras. A la entrada del central, pudriéndose a la intemperie, silenciosa, como monumento al desamparo, una vieja locomotora recibe al visitante. De lo que un día fue el orgullo y el sustento de obreros y sus familias, nada queda, nada, solo la vieja locomotora y el recuerdo, el cariñoso y dolido recuerdo de los que nacimos, vivimos y hemos visto destruirse, no solo las locomotoras, la industria ferroviaria, cientos de centrales, y un país entero.                         

Friday, January 26, 2018

Campeones en excusas y en ruido.

Cada vez que oigo hablar de los ataques acústicos sufridos por diplomáticos estadounidenses y canadienses en La Habana, como una excusa del gobierno de Estados Unidos para enfriar el proceso de restauración de relaciones, “Maine acústico” le han llamado los más creativos vendedores de esa teoría, suelo hacerme  tres preguntas.

La primera.
 ¿Necesitaba la administración de Donald Trump una excusa para desacelerar o detener el proceso?  
Puedo estar equivocado, la política es extremadamente retrechera, pero aun así, si utilizamos el sentido común algo salta a la vista. Lo primero es que Estados Unidos no ha ocultado ni oculta su intención hacia Cuba. Todas las administraciones, incluso la del conciliador Obama han expresado el deseo de establecer allí un gobierno democrático, pluripartidista y respetuoso de los derechos humanos. Que Fidel se opusiera y Raúl Castro se oponga a esta iniciativa enarbolando la maltrecha bandera de la soberanía nacional, solo demuestra el corte totalitario del régimen que imponen.
La segunda pregunta.
¿Quién ha torpedeado los anteriores intentos de reconciliación? ¿Quién ha utilizado el enfrentamiento como excusa para coartar libertades? A la administración Carter le obsequiaron el Mariel, a la de Clinton la crisis de los balseros, ¿es de extrañarse que a la de Obama y Trump le duelan los oídos?
La tercera.
¿Quiénes son los expertos en hacer ruido? Amigos, no se ustedes, pero yo de joven, casi pierdo la capacidad auditiva intentando escuchar a escondidas en un viejo radio Zenith de baterías La Voz de los Estados Unidos de América en la finca Esperanza y Sumidero. Los agudos silbidos que emitían las bocinas producto de la interferencia que le hacían los técnicos del gobierno me parece escucharlos todavía. Esa práctica aún se mantiene y se perfecciona. Ese ataque lo experimentan hoy los que intentan ver TV Martí, escuchar Radio Martí o cualquier otra estación de radio cubana de Miami de contenido político.  
Amigos, si le temen y bloquean lo que el pueblo pueda ver o escuchar. ¿Cómo no le van a temer a las relaciones? Le temen, si le temen, como el diablo le teme a la cruz.  

Friday, January 12, 2018

Amor de verano.


Ellas eran dos, eran hermosas, eran de la capital, eran finas y eran primas. Nosotros éramos dos, éramos feos, éramos guajiros, éramos rudimentarios y éramos primos. Teníamos las mismas edades, diecisiete y diez años ellas y diecisiete y diez años nosotros. Éramos las parejas perfectas… al menos eso creíamos. Las habíamos conocido en el pequeño parque de recreaciones que quedaba al lado del Hotel Varaforte en la esquina de la primera avenida y la trece calle en la playa de Varadero. Allí en el hotel pasábamos las vacaciones de verano junto a nuestras respectivas familias. Mi primo Oscarito Grillo, las había divisado jugando en un tíovivo. Raudo y veloz como una liebre y enamorado como un chivo macho, Oscarito entabló conversación con la mayor que era de su edad. Yo no podía quedar mal ante mi tutor en asuntos de amor y platiqué toda la tarde con la más pequeña, mientras nos balanceábamos en las hamacas o nos deslizábamos por las canales.  – Damarys, Julita, vengan que se hace tarde −  la voz chillona de quien luego sabríamos era la madre de la mas pequeña quebró nuestro infantil idilio el primer día. Algo dramático quebraría el último.

En la playa, jugábamos en la arena y nos bañábamos a corta distancia, bajo la mirada escrutiñadora de los padres de aquellas dos bellezas. En las tardes nos dábamos cita en el parque. Oscar avanzaba en su relación, lo vi sujetarle las manos a Damarys.  Lo mío andaba más lento a pesar de las instrucciones, estrategias y planes que meticulosamente me inculcaba el primo mayor cada noche. La tarde anterior a la hecatombe final, lleno de miedo y de –compadre no seas pendejo− le tome la mano a Julia, y se dejó. Le pregunté si quería ser mi novia, y dijo si. Los vítores y halagos de mi profesor al llegar al apartamento hicieron creer a nuestras familias que mi acción había sido salvar una familia entera del ataque de un feroz tiburón y no sostener por unos minutos las frías y temblorosas manos de una niña entre las mías. Esa noche no dormí, esa noche no dormimos.

El día nos pareció interminable. La playa no nos importaba, Damarys y Julia no estaban allí. Habían ido a una excursión a Cayo Francés en la punta de la península de Hicacos. Solo pensábamos en ellas y en las horas de la tarde, las horas de parquecito.  A las manecillas del reloj les costó mucho trabajo ascender la cuesta hacia el meridiano, el descenso hacia la tarde fue aún mas tortuoso. Las esperamos en el parque y al fin llegaron, bañadas, vestidas de limpio, preciosas. Un besito en el cachete y Varadero se me elevó a la altura del Everest. Nos dirigimos hacia el área de los “cachumbambé” (barra de madera con dos asientos en los extremos superpuesta sobre otra, cuando un extremo se eleva en otro desciende) y ocupamos dos, Oscar con su Damarys, yo con mi Julia. Nos elevábamos y descendíamos entre bromas y risas. La cálida brisa impregnada de salitre hacía ondear el negro cabello de Julia, su blanca dentadura se asomaba detrás de los labios rojos y su cara bronceada por el Sol, radiante, risueña me tenía extasiado. Fue de reojo que me pareció ver aquello. Oscar, de frente hacia mí, charlaba y reía mientras ascendía y descendía con Damarys en el cachumbambé de al lado. Traté de avisarle, hice gestos con los ojos, con la boca, tosí, me rasgué la garganta, sacudí la cabeza, extendí los labios como un mono…  pero nada. Él seguía allí, elocuente, chistoso, enamorado, sin percatarse que su interlocutora hacía rato había enmudecido y su perfecto cutis bronceado ocultaba un enorme sonrojo. De pronto se incorporó, dejando a Oscar en el aire, víctima de la fuerza de gravedad, agarró a mi compañera por un brazo y la arranco del asiento. Al igual que mi primo me vi suspendido en el aire y fui a dar al suelo con el trasero, mientras que ellas se alejaban presurosas. 
− ¿Pero que le pasó a esta?− preguntaba desconcertado el príncipe azul recién aterrizado. Yo no podía hablar, ahogado por el llanto, llanto de risa, gesticulando trataba de indicarle, señalarle en dirección a su entrepierna, desde donde colgaba la razón del final de dos idilios. El vencido elástico de la maya de retención de su viejo short había cedido y a cada subida y bajada del cachumbambé, un huevo grande, redondo y rojo, que digo huevo, que digo rojo… un cojón colorao, brillante como una bola de billar se dejaba ver.

Los días restantes las vimos a distancia, ausentes, mudas, refugiadas en el seno de sus familias. Han pasado cincuenta y tres años, los indomables  caprichos del destino han logrado borrar la hermosa cara de Julia de mi recuerdo… pero no el huevo de Oscarito.

A Oscar Grillo Ravelo (Julio Pino) un primo para siempre.

Miguel Grillo Morales

12 de enero del  2018. Miramar, FL

Thursday, December 21, 2017

El hierro.


Quizás haya sido la proximidad y la carga emotiva y de añoranza con la que suele venir acompañada la época navideña. Esta mañana abrí la gaveta del recuerdo y en ella encontré un documento que mi hermana Marta me había entregado hace unos meses. Es parte del tesoro familiar, es parte del mapa histórico de nuestra familia.  Es el certificado de registro del hierro para marcar ganado de mi padre José Miguel Grillo. El documento renovado el 28 de junio de 1957 con sus correspondientes sellos demuestra la excelente organización que tenia la ganadería cubana antes de 1959. Muestra el dibujo del hierro con la M y el #7 (la séptima letra del abecedario es la G) y las regulaciones y instrucciones de donde colocarlo.
 
No éramos ese país en arrapos que durante 58 años han intentado hacerle creer a las nuevas generaciones los que precisamente han dejado a la nación en arrapos. Mi padre no era latifundista, no era multimillonario. Era un guajiro que nació en una casita de piso de tierra y techo de guano y que logró con arduo y honesto trabajo, entre otras cosas, que sus hijos nacieran en una casa de piso de mosaico y techo de tejas. Voy a enmarcarlo y ponerlo junto a las demás tesoros  que me recuerdan de quien y de donde provengo.  Es un pequeño tributo a los que de una certera manera me recuerdan de donde provengo y hacia dónde debo dirigirme.