Saturday, April 25, 2015

Los primeros aguaceros.




Fernando Ravsberg fue durante mucho tiempo, corresponsal de la BBC en La Habana. Cuando la BBC determinó ponerle riendas y editar sus artículos de opinión, el periodista renunció a su puesto. Fernando sigue viviendo y publicando su blog Cartas desde Cuba, desde La Habana. Todos sabemos lo difícil que es hacer periodismo desde los predios de la Hacienda Castro. Otros corresponsales extranjeros vivieron este calvario, el español Vicente Botín, por mencionar sólo uno, sufrió por años los acosos del sistema represivo castrista, los detalló en su libro Los funerales de Castro, escrito cuando abandonó su corresponsalía en La Habana.

Las opiniones de Fernando molestan tanto a los defensores del régimen castrista, como a los opositores. Acusado de castrista o de pluma servil del Imperio, Fernando sigue dando su opinión sobre diferentes temas. Recientemente criticó la actuación del grupo que organizó y llevó a Panamá el gobierno de Raúl Castro en representación de la Sociedad Civil. Fernando cuestionó su desempeño chusma y antidemocrático, su incapacidad para enfrentar el debate, así como la forma en que el grupo fue seleccionado en Cuba. 

La reacción de "los guardianes de la fe", o sea los defensores a ultranza de la dictadura, no se hizo esperar. En las últimas semanas a Ravsberg le ha llovido a cántaros. Los ataques, como están acostumbrados y entrenados los piratas castristas, no fueron al mensaje, fueron al mensajero. ¿De qué no han acusado a Fernando? El linchamiento fue tal, que hasta Silvio Rodríguez pidió mesura y defendió al periodista, en su blog.

Si la actuación de los participantes seleccionados por La Habana en Panamá fue funesta, los ataques a Fernando Ravsberg han sido un bulmerang mediático. La sombra del totalitarismo informativo nos ha mostrado su más oscuro tono. Esa tendencia, esa incapacidad e incomodidad ante el debate es hereditaria, la demostró Fidel Castro innumerables veces cuando fue confrontado por algún periodista. Juan Manuel Cao, lo puso al parir, cada vez que tubo oportunidad de acercársele en alguno de sus viajes al exterior. En el último intercambio en Argentina, vimos a un Fidel descompuesto, acostumbrado sólo a la complicidad babosa de la prensa oficial cubana, preso de asombro y cólera gritarle a Cao: ¿Para quien tu trabajas? ¿A ti quien te paga? 

¿Que podemos esperar de los que atacan hoy a Ravsberg? Amamantados con intolerancia, puede que sean hijos o nietos de aquellos que participaron en los horribles actos de repudio, o de los que en la actualidad arrastran hacia los autos policiales a las Damas de Blanco. El camino hacia la verdadera democracia en Cuba es largo y tortuoso. Mucho tendrá que llover para que en Cuba se logré el total respeto al derecho ajeno, el derecho a pensar diferente y no pagar un alto precio por ello. ¡Mucho tendrá que llover! A Fernando Ravsberg ya le están cayendo los primeros aguaceros. 



Friday, April 24, 2015

El corte. (Cuento corto)

       
                                                                Dionisio el carnicero, sorprendió a Zenaida su esposa en los brazos ( y otras extremidades) de Emildo el zapatero. Los echó a ambos de su casa. Pero antes, en represalia, ciego de rencor y celos, le cortó con el hacha de carnicero la mano derecha al amante. "Para que no puedas volver tocarla." Sentencio con rabia.

Zenaida se fue a vivir con Emildo y en menos de tres años concibieron cinco hijos. (Nota a los críticos saca cuentas: cinco críos en tres años...¿? Un parto sietemesino y dos de gemelos. Este cuento es mío y pongo a parir a Zenaida como me da la gana.)

 Al ver pasar a Zenaida, el manco y su prole, los venerables ancianos del pueblo, sentados en los bancos del parque, comentaban. "Eso le pasó a Dionisio por cortar por el sitio equivocado" 

Monday, March 30, 2015

Leche condensada.



Me desperté, o mejor dicho, me despertó, el incesante ajetreo de mis revoltosas tripas demandando algo de comida. No sabía qué hora era, traté de orientarme en la oscuridad de aquel pequeño apartamento. Desde mi colchoneta tirada en el piso, divisé los pequeños estantes que en una esquina de aquellas cuatro paredes conformaban la cocina y pensé en una lata de leche condensada que había abierto aquella tarde. Era el verano del  año 1969 y estábamos de vacaciones. Mi cuñado había rentado a unos conocidos un pequeño apartamento que ocupábamos en la segunda avenida y la cuarenta calle en la playa de Varadero, a escasas cuadras del mar.  Aquella madrugada había sido precedida de un día entero de playa. El mar tenía la peculiaridad de abrirme el apetito, con trece años y extrema delgadez, mi voracidad era comparable con la de un elefante.

Me incorporé y sin encender la luz fui salteando los obstáculos que se interponían en mi camino. Los colchoncitos donde dormían mis pequeños sobrinos, una mesita con cuatro sillas y lo peor, un ventilador de fabricación casera sin protección en las paletas, que era capaz de decapitar a un dinosaurio.

Al fin llegué hasta la cocina, abrí con cuidado la puerta del pequeño gabinete y las viejas bisagras se quejaron con intención de despertar a todo el vecindario. A tientas encontré la lata. Todos dormían. Buscar un vaso o cuchara era imposible en aquella oscuridad, así que me llevé la lata directamente a la boca y succione a través del hueco en forma de triangulo hecho por el abrelatas el espeso y dulce néctar. Sentí el agradable sabor, pero algo impedía el libre flujo del contenido, succione con más fuerza y un objeto extraño, extremadamente amargo junto con partículas que pinchaban mi lengua se me trabó en la garganta. No me quedo más remedio que encender la luz. Dando arqueadas escupí sobre la pequeña mesita un ala y unas paticas. El resto estaba aun allí, trabado en el hueco en forma de triangulo hecho por el abrelatas, era el brilloso y reluciente culo de una cucaracha.   

Wednesday, January 7, 2015

Vestirse de gloria.




Noveno inning. El juego cuatro carreras a tres a favor de los visitantes. Las bases llenas con dos outs. Mi turno al bate.

− Grillo, espera la base, que el pitcher esta wild. Me dice el coach de tercera.

Y yo esperé. Dos rectas suaves por el centro. Dos strikes cantados, y yo allí, con el bate al hombro. Regresa el coach. - ¡Coño Grillo, chico tírale!


"La voy a sacar del parque." "Miguelito, te vas a vestir de gloria." Pensé, mientras el pitcher hacia sus movimientos. El público en las gradas rugía. Apreté los dientes y le hice el swing más bestial de toda mi carrera béisbolistica!... A la bola más afuera que aquel tipo lanzó en toda la tarde. STRIKEEEEE grito el umpire.

¡Y me vestí de Gloria! Si, así se llamaba una noviecita que me seguía a todos los juegos y que me prestó la falda y la blusa para salir de allí ileso.

Dos recientes fotos me recordaron aquella epopeya y dan fe de que yo: cuando me poncho, me poncho.


Wednesday, December 31, 2014

Necesidades de fin de año.


Eran dos, de apariencia dudosa. Me abordaron en el parqueo a la salida del banco esta mañana. Para no ser acusado de racista no revelaré su etnia. Desde un maltratado Ford Explorer el pasajero en forma suspicaz, mirando hacia todos lados incesantemente, me dijo.

−       ¿Acere, quieres comprar un televisor plasma de 60 pulgadas, barato?

−       No, no me interesa.

−       ¡Acere, por cuatrocientos pesos te incluyo un sistema de sonido!  

−       No socio, no me interesa.

−       ¡Acere, están nuevos en su caja! Estamos escachados y necesitamos  resolver para fin de año. Dame lo que tú quieras.  

Las exigencias de los comerciantes sobre rueda me obligo a ponerle fin a las negociaciones, en su nivel y en su idioma. Les dije:

− ¿Acere, tu sabes que así mismo empecé yo hace cuarenta años? Yo le ponía ladrillos adentro a las cajas. ¿Ustedes que le ponen?

Se miraron, masticaron tres malas palabras y salieron chillando goma, en busca de algún ingenuo.  

Monday, December 1, 2014

Adios a un montero.


Roman Mesa, Horacio Grillo, Miguel Grillo (2002)
 
Llegó al callejón de la finca La Esperanza, en el Central Mercedes, al estilo viejo oeste americano, con todas las pertenencias de su familia sobre una carreta de bueyes y tres caballos atados en forma de longaniza, detrás de la carreta. En semanas previas, había construido una casita campestre de paredes de tabla y techo de tejas rojas. En semanas posteriores, construyó su leyenda.

Domador de caballos, montero, hombre de campo. Estos son los adjetivos con los que puedo calificarlo. Hábil en el adiestramiento de caballos para la lidia de ganado, su casa se convirtió en el punto de convergencia de los chicos del barrio, que íbamos admirados a verle montar por primera vez algún potro semisalvaje. Con destreza, cortaba crines y colas, convirtiendo pencos de dudosa raza en bellos ejemplares. Con betún de lustrar calzado, hacia brillar los cascos. Húmeda y tejida en una trenza, una escasa y descuidada cola se convertía en hermosa y ondulante obra de arte.
 

Un caballo grande, negro y holgazán comprado por unos pocos pesos a mi primo Alfredo Grillo, se convirtió en un caro y bello ejemplar de brilloso pelambre bajo su cuido. Recién bañado, atado debajo una frondosa mata de mangos, un chorrito de creolina en cada casco, aquel “avispado” animal parecía capaz de tragarse el mundo. Así lo vieron aquellos guajiros que vinieron desde Jagüey Grande y pagaron mil pesos cubanos por él.  

El último recorrido a caballo que hice por lo que un día fue la finca de mi familia, lo hice con él. Me ensilló su mejor Quarter Horse para la ocasión. Cuando me fui en 1970 del callejón de mi infancia, lo deje allí domando y entrenando caballos. De vez en cuando le hice llegar ejemplares de la revista American Quarter Horse Journal. Siempre recibí mensajes de agradecimiento. Uno de ellos en forma de una jáquima confeccionada por él. La última vez que nos vimos personalmente fue en febrero del 2002. Sombrero y habano presente, charlamos toda una tarde, recordando acontecimientos de mi niñez. – ¿Tienes buenos caballos? Le pregunte. –Prácticamente, ni eso queda ya aquí Miguelito. Me dijo haciendo una mueca.   

Ayer recibí la mala nueva. Una vez más noviembre se lleva un amigo, a un buen amigo. Di un largo  recorrido por mis establos. Limpié y acicalé mi mejor montura y escribí esta nota llena de dolor. Es el mejor homenaje que le puedo hacer a un hombre como Román Mesa.


Monday, October 13, 2014

Teo.





Familia Gonzalez. Bar/Cafeteria Hogares. Madrid (1969)
 
A pesar de los intentos de Teo por evitarlo, la fina copa de cristal se hizo añicos contra la pared exterior del edificio. Su contenido dejo una mancha oscura en la superficie de ladrillos rojos e inundó la tarde madrileña de olor a brandy. 
Conocí a Teófilo Saguar una tarde primaveral de 1971. Él, alternaba con un grupo de amigos en el Bar/Cafetería Hogares. Del otro lado del mostrador, yo me ahogaba en las inseguridades de un chaval de catorce años recién exiliado, en su  primer día de empleo, que se asomaba con timidez a una nueva vida en un Madrid muy lejos y muy distinto del verde entorno del campo cubano que lo vio nacer.
Teo, como le llamaban sus amigos, el señor Miranda y el señor Willy, componían aquel grupo de amigos que entre copas, aperitivos, cigarrillos, risas y bromas, disfrutaban unas horas de juerga. Español en la mitad de su tercera década de vida, Teo era fornido, de incipiente calvicie, pelo corto y rizado, trabajaba en la redacción del diario ABC y era vecino de la Colonia Hogares, barrio que le daba nombre y donde estaba radicado el negocio regentado por la familia González, donde yo torpemente ejecutaba mi primer día atendiendo el bar.
Aquella tarde, se desató entre los amigos una disputa. Miranda y Willy, protestaban enérgicamente ante Modesto el hermano mayor de los González, administrador del negocio, por permitirle a Teo mantener en el Bar una copa personal de tamaño mayor a las demás, donde se le servía brandy Magno, su licor favorito. La copa termino destrozada. Yo miraba espantado aquel drama y temí una escalada en las acciones y un final belicoso. Pero la sangre no llego al río. La velada prosiguió sin mayores contratiempos. Los amigos la pasaron de maravilla. Cayendo la tarde se despidieron con abrazos y promesas de encontrarse a la misma hora, en el mismo sitio, el próximo día. Antes de marcharse, Teo se me acercó para pagar la cuenta y notando mi incertidumbre, con voz grave me dijo, − No te preocupes chaval, que todo te irá bien. El próximo día se apareció en el bar con una copa nueva de mayor tamaño que la anterior.
Teo era un asiduo cliente y gran amigo de Modesto. Después de cerrar el bar, en las madrugadas, Modesto me llevaba en su coche hasta mi casa en el barrio de Vallecas. Él y Teo proseguían de juerga por distintos centros nocturnos de Madrid. Aunque no trabajaba en el Bar, su presencia y la amistad con Modesto lo hacían parte del equipo. En noches de bronca, que aunque no abundaban ocurrían de vez en cuando por los excesos del alcohol, actuaba como un agente de seguridad. Más de una vez lo vi poner orden y batirse a puñetazos a favor de la casa. Aunque bebía mucho, jamás lo vi perder el control ni faltar al respeto. Solterón empedernido, sentía una atracción especial por Araceli, hermana de Modesto y mi compañera de labores detrás de la barra.
Teo se convirtió en uno de mis mejores clientes y amigo. Los meses pasaron y paso mi torpeza detrás de la barra. La paciencia y las enseñanzas de Araceli, fueron la clave en mi desarrollo laboral. Adquirí la habilidad, confianza y el conocimiento necesario para mantener aquel empleo por casi tres años, hasta mi salida hacia mi destino final, Estados Unidos.
La calidad de los mariscos y la dedicación de toda una familia, hacían de aquel sitio el lugar de mayor clientela en la zona. Los fines de semana eran agotadores. Atendíamos cientos de parroquianos que en unión de sus familias pasaban horas de esparcimiento, degustando exquisitos platos y bebiendo buen vino. Esos días de mucho trabajo, todos los hermanos ayudaban en el establecimiento. Las hermanas más pequeñas, Raquel y Amelia, eran enviadas a dar una mano. Se encargaban de tareas menores, como realizar los cobros en la caja. Fue allí donde conocí a Amelia, la hija menor de Don Fausto, el patriarca de los González, un hombre de carácter serio y firme por el cual todos sentíamos un enorme respeto.
 Amelia era una hermosa joven de mi edad. De tez blanca, ojos almendrados, cabellos negros y una sonrisa noble y diáfana. Su presencia me producía un sentimiento raro, un salto en el estómago. No tardé en descubrir que aquella sensación era un sentimiento y en encontrarle su justo nombre. No sé cómo pude reunir el valor para decirle lo que yo sentía. Conspiraban contra mí, muchas cosas, o al menos eso creía yo. El inmenso respeto o miedo a Don Fausto y a Modesto, la gran diferencia económica y social eran parte de mi lastre mental y complejo de inferioridad. Si todo lo anterior era poco, también conspiraba y competía Nico, un españolito recortado de estatura y regordete, cliente del Bar, que se moría por Amelia sin decírselo.

Comenzamos a salir a escondidas. Nos veíamos los miércoles, mi único día libre. Un férreo manto de secretismo cubría aquella relación pura, bella y juvenil. Nos queríamos como se quieren dos críos. Asistíamos al cine, al teatro y esporádicamente y gracias a la generosidad de Vicente Alcolea a una de las discotecas de mas nombre en el Madrid de aquella época, New Sunset. Un miércoles para olvidar fue aquel en que caminábamos por el centro de Madrid abrazados. Charlábamos animadamente y distraídos hasta que chocamos de frente con Teo. La Gran Vía se hundió bajo mis pies, la silueta de los edificios danzaban a nuestro alrededor, portales, vidrieras, ventanales, giraban en aquella centrifuga proyectando sombras sobre nuestros cuerpos. Los latidos del corazón se mudaron a mi cabeza y unido al de los coches que transitaban la ancha avenida, amenazaban con hacérmela estallar.
−Hola Amelia, hola Miguel - dijo Teo con el semblante contraído.
− Ho, ho, hola - respondí yo, tartamudeando y en un tono inaudible.
Eso fue todo lo que dijo, eso fue todo lo que dije. El, prosiguió su camino en sentido contrario. Yo me quede allí, mudo, como de piedra. Cuando me retorno el alma al cuerpo, ya Teo se había perdido entre los transeúntes.
− Espérame aquí por favor - le dije a Amelia, y salí a buscarlo.
Le di alcance a dos cuadras. Tratando recobrar el aliento y el valor le hablé.
− Teo, por favor, esto que usted ha visto aquí hoy, le ruego que quede entre nosotros.
Me miro, con la mirada dura, penetrante. Los segundos se me antojaron horas. Al fin habló.
− Miguel, yo soy un hombre y por lo que veo tu lo eres también.
Lentamente extendió su diestra, me estrecho la mano firmemente y se fue.
Amelia y yo proseguimos nuestro camino llenos de conjeturas y miedo. Pasaron los días, meses y los años, Teo no dijo ni una palabra. Nuestra relación se mantuvo secreta hasta mi partida hacia Estados Unidos. El arribo de las primeras cartas puso a la familia al tanto de los hechos. Mi promesa de regresar en un año, no se concretó. El tiempo y la distancia se encargaron de ponerle fin a nuestra relación.
Pasaron treinta y dos años. En el verano del 2005 regresé por primera vez a Madrid acompañado de mi familia. Me esperaban los hermanos González, con quienes había mantenido contacto durante mi larga ausencia. De los seis hermanos, solo faltaban, José Luis que vivía en Francia y Amelia que vivía en Londres.
Por mediación de Modesto contacte a Teo.
− ¿Donde estas Miguelillo? - me pregunto con alegría a través del teléfono.
− Camino a Las Ventas. Vamos a ver una corrida de toros.
− ¡Pues allá nos vemos hombre!
Modesto me lo señaló. Caminando encorvado entre los tendidos, asistido por un bastón. Los años y la vida se le notaban. El abrazo fue prolongado y efusivo. Me separó por unos segundos para volver a abrazarme y decirme, − ¡Miguel, estas hecho todo un tío!
Terminada la corrida, fuimos a cenar en El Botín. En la Plaza Mayor, nos quedamos rezagados del resto del grupo, charlando de mil cosas pendientes. Fue allí donde Teófilo Saguar me hizo la pregunta que probaría la solidez de su carácter y el valor de una amistad que ha perdurado por el resto de nuestras vidas.
− ¿Miguel, tú crees que ya le puedo decir a Modesto que te vi con Amelia?  

Con Teo en la Plaza Mayor. (2005)


Teo y yo, en el lobby del Hotel. (2005)