Monday, February 1, 2021

Crónica de un virus de ojos oblicuos.

****** Conozco muchas personas que han sido víctimas del Coronavirus, incluso algunas queridas y cercanas a nuestra familia han muerto por esta causa. Otras lo han pasado sin problemas, pero muy pocas personas hablan del asunto. Es como si fuese un tabú. Yo voy a contar mi experiencia ahora que puedes leerme sin peligro de contagio. ****** El pasado día 11 de enero, Mimol despertó sintiéndose mal. Para que esta Camagüeyana todo terreno diga, -me siento mal- algo tiene que andar realmente mal. Como es natural sospechamos que había sido contagiada con el virus chino y las pruebas realizadas al día siguiente nos dieron la razón. Estábamos fuera de la ciudad y decidimos regresar a casa en Miramar solo para recoger mis medicamentos y seguir rumbo a la finca, aislarnos para no contagiar la familia, especialmente las dos preñadas de futuros Grillitos. Nos quedaba esperar dos cosas. Primero, que fuera con síntomas leves. Y segundo, mi inminente contagio. Un día lejano ya, le prometí a esta dama que lo nuestro seria hasta que la muerte nos separe. No recuerdo haber hecho mención de separación por virus alguno, así que me quedé ahí junto a ella esperando la embestida. Mi situación es más compleja. Tengo 64 agostos cumplidos y algún que otro achaque. Mocho pasó sus primeros días con síntomas bastante leves y yo no sentía síntoma alguno. El sábado 16 de enero, cinco días después de ella ser contagiada, después de un día de trabajo duro en la finca me di un baño y me senté a ver la tele. Fue precisamente entonces que sentí el primer escalofrío del visitante. Sentí el cuerpo cortado y le pedí a Mimol que me tomara la temperatura. En efecto, tenía fiebre alta. El día siguiente, el 17 de enero di positivo al COVID19. Lo que prosiguió fue un “rollercoaster” de síntomas. Dolor de cabeza y extremidades, tos de perro callejero, diarrea, perdida del olfato y paladar y un abandono total de fuerzas. No me faltó el aire pero aunque respiraba profundo el caudal de oxígeno no parecía satisfacer las necesidades del organismo y me sentía desfallecer. Los síntomas se agravaban por las tardes. Comer era un dilema, los alimentos se me hacían una bola sin sabor en la boca difícil de tragar. Me recetaron un tratamiento de esteroides que seguí al pie de la enmarañada letra. La madrugada del miércoles 26, a diez días del primer síntoma, Mimol me despertó alarmada, - tienes el pulso en 42 y eso no es normal, voy a llamar al “rescue”- Dos cosas tengo que aclarar aquí, eso de estar casado con una profesional de la salud tiene sus encantos. Puedes llegar con un dedo guindando de un hilito, me ha pasado, y escucharla decir - eso no es nada- o como en este caso, puede despertarte y alarmada escucharla decir, -voy a llamar al rescate, vamos para el hospital-. La finca queda en un área totalmente rural y remota. Wauchula el pueblo con hospital más cercano está a veinte minutos. Y precisamente en veinte minutos las luces de emergencia de un camión de bomberos y otro tipo ambulancia sacaron de su letargo y espantaron a los caballos y a las vacas que dormitaban plácidamente. Una densa niebla cubría el campo dandole un aspecto de película de terror a la caravana de vehículos que se desplazaban por el driveway de la finca hacia la casa, con las luces de emergencia encendidas. En segundos, me rodeaban más americanos que a Osama Bin Laden en su madriguera de Pakistán, pero gracias a Dios con mejores intenciones. Aguja en vena, el cuerpo cubierto de cables y electrodos, un monitor de medir la oxigenación en el dedo índice y la voz firme del jefe que me dijo, -Mister Grillo, lo vamos a llevar para el hospital-. Recuerdo la camilla a la altura de la cama y una vez yo en ella, elevarse a una altura que me hizo dudar si lo que me iban a realizar era, como a un auto, un cambio de aceite. Después comprendí que la altura tenía que ver con la altura del camión ambulancia donde viajaríamos hasta el hospital. Solo introdujeron la parte delantera de la camilla y un sistema eléctrico o hidráulico se encargó de aprisionarla, introducirla y sujetarla fuertemente al piso. Partimos y por las ventanillas traseras vi la finca quedarse atrás envuelta en la densa niebla atravesada solo por el resplandor de las rojas luces de emergencia y mi camión conducido por Rebeca a corta distancia. Durante el trayecto, al oído el interrogatorio extenso y persistente y en mi brazo la goma del equipo de tomar la presión arterial que se inflaba y desinflaba automáticamente cada cinco minutos. Llegamos y cuando bajaron la camilla pude ver la frialdad de la madrugada en la entrada de emergencias en forma de partículas de humedad revoleteando desordenadamente. El hospital de Wauchula es pequeño pero nuevo y moderno, el único paciente en emergencia a esa hora era yo y ya me esperaban un enfermero joven que resultó ser de origen cubano y una enfermera de la raza negra graciosa y laboriosa. Me colocaron en el cuarto número uno. Con destreza me desconectaron de los equipos portátiles de la camilla y me reconectaron a los del cuarto de hospital. Otra andanada de preguntas, me extrajeron cinco tubos de sangre, otro electro, me incorporaron en la cama, me colocaron una plancha de metal fría en la espalda y con un inmenso aparato portátil me tomaron una placa de tórax. - Mister Grillo, tenemos que esperar los resultados, descanse-, me dijo mi enfermera. -Amor, por favor bájame la cabecera de la cama, apágame la luz y tráeme una frazada que tengo frío- le pedí. Hizo todo lo indicado, donde se lució fue en procurarme no una, dos frazadas calientes con las que me tapó regalándome un placer de recién nacido. -¡Gracias!- le dije y me acurruqué en los brazos de, que digo yo Morfeo, el mío fue Morlindo. Cuando su mano me rozó tímidamente y con pena para despertarme, eran la cinco y media de la mañana. - Mister Grillo, el doctor Williams quiere hablar con usted- y allí en el umbral de la puerta la figura mastodóntica de ébano del doctor que se me antojó egresado de un equipo de fútbol profesional y que no entraba al cuarto porque no cabía por la puerta. -Usted está listo para irse a casa-, dijo el doctor y prosiguió.- Sus signos vitales están perfectos, el electro, el X-ray y los análisis de sangre también. Le voy a recetar Benzonatate para la tos, y Azithromycin para combatir una leve bronquitis que padece. Puede usted marcharse, vea a su cardiólogo para una investigación más profunda de porque le bajó el ritmo cardiaco. Y cuídese-. Muchas gracias doctor dije reprimiendo la euforia. Firmé cuatro planillas, me abrigué bien y salí al parqueo. La niebla había cedido un poco y pude divisar mi blanca camioneta y escuchar el run, run de su motor, dentro mi enfermera favorita dormía plácidamente. Un toque con los nudillos en el cristal y el esperado aspaviento de la recién despertada. -¿que te hicieron, que te dijeron?- y rumbo a casa le hice todo el cuento. Desde hace tres días he experimentado una considerable mejoría. La prueba del jueves 28 dio negativa. Me queda un poco de tos, una considerable falta de apetito y de energías. He perdido 10 libras de peso corporal. Hoy después de bañarme miré y vi en el espejo del baño a un viejito flaco de barba canosa haciendo mímica ahí detrás. Aproveche y le dije, -con lo jodido que tu estas si te coge el virus no haces el cuento.- Me queda la satisfacción de haber vencido esta maldita plaga y la alegría de poder contarlo. Me queda desearles a todos ustedes suerte y que esta vaina no los agarre porque es bastante traicionera.
Miguel Grillo Morales 30 de enero del 2021 Zolfo Springs, FL.

Tuesday, August 4, 2020

Seis dedos, seis.

El cuarto del hospital semejaba una floristería, los arreglos florales estaban por todas partes, alguno de ellos con globos donde se podía leer, ¡Felicidades!, ¡Es un barón! o ¡Lo lograron! Y no era para menos, Julia y Tomas Lozano llevaban seis años tratando de tener familia sin conseguirlo y al fin cuando ya creían que su futuro era ser una pareja solitaria, ¡Albricias! El doctor Raimundo Fernández especialista en gestaciones de alto riesgo les había informado unos meses antes que al fin Julia estaba en estado de gestación. Fueron nueve largos y preocupantes meses previos a aquel gran día en que ambos miraban el producto de la larga y angustiosa espera con extrema ternura rodeados de un mar de coloridas flores. Julia amamantaba al recién nacido mientras Tomas la contemplaba tiernamente y con cierta preocupación. Esperaban la visita del doctor que certificaría que todo estaba en regla. Todo indicaba que se trataba de una criatura en perfecto estado de salud, robusto, de color rosado, fuerte y hermoso. Solo un detalle los preocupaba. El pequeñín tenía seis dedos en cada mano, ¡seis! Dos leves toques en la puerta del cuarto y se escucho la voz del doctor Fernández pedir permiso para entrar. − Adelante doctor, adelante− dijo Juan con energía. − ¡Buenas tardes! ¿Cómo está ese nuevo miembro de la familia Lozano?− pregunto el doctor con una amplia sonrisa. −Muy hambriento doctor contestaron ambos padres casi al unísono. Estetoscopio en mano el doctor comenzó un minucioso reconocimiento del diminuto paciente mientras les explicaba a la pareja. − No se alarmen el niño está en bien, lo de los deditos se resuelve quirúrgicamente. Eso sí, alguien en sus familias tiene que haber tenido esta condición anteriormente pues es exclusivamente hereditario. El matrimonio se miró mutuamente. Ninguno recordaba un caso parecido en ninguna de las dos familias. Días después estando ya en casa hicieron una investigación exhaustiva con todos los miembros de la familia y no encontraron indicios de un caso parecido. −Mi amor, los doctores siempre andan inventando. Lo hacen para darle más prestigio a la profesión−. Le dijo Julia a su marido, restándole importancia al asunto. − Son unos comemierdas−. Añadió Tomas. Esa misma tarde, mientras Julia amamantaba al crio, tocó a la puerta Arístides el jardinero. Tomas abrió y encontró al fornido joven, tembloroso con un paquetico de regalo entre las manos. − Perdone señor Lozano, lo felicito, esto es para el niño− y extendió la mano izquierda con el regalo y la derecha con el saludo. Tomas, le estrechó la diestra y un escalofrió le recorrió el cuerpo. Su mano se perdió entre la del jardinero. Aquello no era una mano, semejaba un guante de beisbol. Se fijó en el diminuto paquetito perdido entre los enormes dedos de la otra mano y los contó, 1, 2, 3, 4, 5, 6. −Gracias por todo Arístides−. dijo tartamudeando y cerró la puerta.

Friday, April 17, 2020

La goma del arrepentimiento.

Una débil luz mal iluminaba  el portal y se derramaba con tristeza sobre el pequeño jardín formando una media luna color ámbar frente a la casa. Troncos, tallos, ramas, hojas y flores parecían marchitas bajo el baño de la tenue iluminación causada por el pobre voltaje. Todo, parecía a punto de morir, menos aquella esfera blanca, reluciente, casi fosforescente que servía de cantero a una florecida mata de marpacifico. La reconocí inmediatamente. Era una goma de tractor, una  goma delantera de desecho del tractor de mi padre, goma que yo utilizaba como juguete haciéndola rodar cuesta abajo por el callejón de la finca La Esperanza donde vivíamos. Era mí goma. 

Me encontraba, en compañía de mis padres, de visita en la casa propiedad de mis tíos Juana María Grillo (Quirita) y Sebastián Amaya a unos trescientos metros de nuestra casa en el camino que conducía a finca La Esperanza propiedad de la familia Grillo. La casa que visitábamos era utilizada por mis tíos sólo en tiempo de zafra, época en que Amaya trabajaba como puntista en el central Mercedes. El resto del año residían en La Habana. Mi tía Quirita y mi prima Mercy habían venido de La Habana para pasar la fiestas de fin de año en familia. Mercy mi prima vio la goma tirada en la cuneta del callejón y se la llevó a casa, la pintó de blanco y la colocó en el jardín formando un círculo alrededor del tronco de la mata. No sabía ella que aquella era “la goma de Miguelito” mi goma, la que todos respetaban, no importaba si
permanecía abandonada, tirada en el camino por varios días o semanas.

La alegría que siempre me producía la llagada de mi prima habanera, con su elegancia, su hablar, actuar y comportamiento tan distinto, se esfumó y en su lugar me invadió la ira. Entramos en la casa y sin  saludarla le reclamé la goma. -Me la encontré botada y es mía- me contestó con firmeza. Argumenté todo lo que pude, con la capacidad de un crió de siete años, pero no lo suficiente para convencer a mi prima que me doblaba la edad. Al marcharnos tarde en la noche, volví a mirar mi goma en el jardín y en silencio juré tomar venganza. 

Vigilé a Mercy hasta que una tarde desde mi patio la vi jugar con sus amiguitas del barrio y con nuestra prima Kenia, habanera y de visita en la finca también, en el callejón frente a mi casa. Se sentaron en la yerba al borde del camino. Mercy recostó la cabeza en la maya que servía de cerca perimetral a nuestro patio. Me acerqué como un lobo a su presa, introduje ambas manos por los cuadros que formaban la maya, le agarré el cabello y tiré con todas mis fuerzas. La cabeza se le estrelló contra los alambres, yo coloqué ambos pies contra la parte interior de la cerca y halé con todas mis fuerzas. Los chillidos que emitía mi prima, los gritos de Kenia y sus amiguitas no satisfacían mi sentimiento de venganza. Caí como en un trance y no la soltaba. La algarabía hizo que medio barrio saliera a ver que sucedía, incluyendo a mi madre. Ni los gritos y cocotazos que me propinó Carmita, ni los ruegos y promesas de perdón eterno, ni las mordidas que no recuerdo quien me dio en los brazos me hacían soltarla. Hasta que no la oí decir tres veces que la goma era mía, no la solté. Recuerdo haberme quedado con dos mechones de cabellos en las manos. Aquella bronca fue insignificante comparada con la que recibí de mis padres acompañada de un severo castigo.  En aquel momento la satisfacción de la venganza bien valió el precio a pagar. Días después con la ayuda de un primo mayor y con Mercy de regreso a La Habana recupere la goma. 

Lo que nunca he recuperado es la paz total. Me acompaña un sentimiento de pena por aquel infantil pero barbárico proceder. Cincuenta y siete años después de aquel neumático incidente se redobla en mi el arrepentimiento. Mi prima Mercy hoy cumple una semana en casa, después de pasar ocho días en el hospital recuperándose del coronavirus. Anda devil y demacrada. Tengo muchos deseos de verla,  abrazarla y darle un beso. Quizás entonces se me quite este malestar que tengo en la cabeza, como si alguien me tirara del cabello, desde que ella cayó enferma. Pero lo que más me entusiasma es ver su reacción, su cara cuando vea la goma de tractor pintada de blanco que le tengo lista como regalo. I love you Mercy!

Monday, April 6, 2020

¿Martí, o Mayeya?




¿Martí, o Mayeya? Se preguntaban los residentes del central Mercedes (6 de Agosto) al contemplar el busto instalado en el patio de la escuela primaria José Abrines. La torpeza de un escultor revolucionario sumado a las incontables manos de pintura blanca recibidas,  habían convertido la figura en algo imposible de identificar. La voz populi convirtió el caso en una adivinanza y bagaba en la imaginación y la ocurrencia de los vecinos, que disputaban la identidad entre la del Apóstol y la de Mayeya, el querido bobo del pueblo. 

¿Martí, o Mayeya? Se preguntó Horacio Roque, el jefe de la milicia del pueblo, la madrugada en qué, haciendo su habitual ronda para proteger la población del eminente ataque del imperialismo Yanki que la propaganda gubernamental anunciaba y anunció por lo siglos de los siglos, la iluminó con su potente linterna Made in China.

 La efigie bañada de luz y de roció se volvió fosforescente y su resplandor se multiplicó en los húmedos techos de zinc haciendo todo el pueblo una especie de bola iluminada.  Marti o Mayeya parecieron pestañear encandilados por la potente luz y su sombra, o sus sombras, se agigantaron alcanzando el fondo del patio de la escuela. Fue entonces que Horacio los divisó detrás de los marpacificos que formando un pequeño jardín rodeaban el busto.  Ambos en cuatro patas como los perros. Ella delante y debajo, él encima y por detrás. 
-¿Quienes andan y que hacen ahí?- gritó Horacio desenfundando el revólver. Encandilados, al igual que el busto y los techos, por el haz de luz, la pareja quedó muda. Horacio temió  por la seguridad de la revolución, confundió el acto sexual con un acto de sabotaje y decidido a defender la patria con su propia sangre apretó el gatillo. El disparo sonó como un trueno, aterrorizó a los furtivos amantes que corrieron despavoridos y desnudos hacia el fondo del patio desde donde se escucharon espantosos quejidos mezclados con el chirriar de los alambres de la cerca. En un pueblo pequeño, víctima del racionamiento y la escasez impuesta por el socialismo, le fue fácil a Horacio identificar por las prendas de vestir dejadas en el lugar de los hechos a los involucrados. La saya y la blusa pertenecían a Luzdivina una negra flaca propietaria de una lujuriosa fama, que por un peso era capaz de succionar cualquier objeto y por cinco las mismísimas torres del central. Allí, además de sus estrujadas prendas de vestir, encontró el miliciano en jefe un pequeño monedero con un resguardo religioso, dos pesos y la llave de su cuarto en el barracón. Por el hedor del pantalón y la camisa fue fácil identificar a su propietario. Pertenecían a Guerreiro un gallego ermitaño y sucio que vivía prácticamente de lo que recolectaba en los tanques de basura del batey. A las evidencias encontradas junto al busto, Horacio le añadió las que encontró en la cerca de alambre de púas. Jirones de piel negra y mechones de cabello encaracolado, y sin lugar a dudas la más determinante, un retazo de piel roja y arrugada en forma de bolsa que identificó y anotó en su pequeña libreta de apuntes como, “el forro de un huevo”. 

Acusados de contrarrevolucionarios y de atentar contra los poderes del Estado, Luzdivina y Guerreiro fueron arrestados. En la cárcel ella sanó sus heridas. A él fue necesario extirparle un testículo en el hospital de Colón.
Meses después fueron llevados a un juicio popular que se celebró, abarrotado de público, en el cine del central. 

El juicio fue breve. Si demoró más fue por las ocurrencias de Mayeya que haciendo el papel de reportero y utilizando su linterna como cámara fotográfica la encendía y apagaba simulando tomar fotos con flash. 

El juez golpeó con el mazo la mesa y ordenó orden el la sala. En ese momento una amiga de la acusada se acercó al improvisado estrado y le entregó al juez una hoja de papel. La hoja contenía, se supo después, una larga lista con los nombres de los habituales clientes de Luzdivina y su determinación de hacerla pública. Allí aparecían los nombres de prácticamente todos los miembros del jurado y del propio juez. Después de una reunión y un acalorado intercambio de opiniones, el letrado tomó el micrófono y anunció con voz grave a los presentes, que por decisión unánime y para demostrar la humanidad y generosidad de la revolución, los acusados eran declarados inocentes y puestos en libertad.

Los vítores se mezclaron inmediatamente con la malicia popular y lograron varias cosas. Luzdivina fue bautizada con el mote de “la compañera ordeñadora”, los miembros del jurado y el juez, “los ordeñaditos”, Guerreiro “el chiclano”, Horacio “Sherlock Holmes” y el escultor “Jack el destripador.” 

El batey recuperó poco a poco la calma. Algunas cosas fueron irrecuperables. Guerreiro no recupero jamás su huevo, ni el busto su identidad. Años después los residentes del central observan la obra y repetían la inevitable pregunta, ¿Martí o Mayeya?

Miguel Grillo Morales. 
6 de abril del 2020
Zolfo Springs, FL 

Tuesday, March 31, 2020

Hablando de virus.

Con quince años de edad, joven y lozana comenzó a trabajar como empleada doméstica en casa del hacendado Ángel Castro y Argiz y doña María Argota y Reyes. 

En las tardes de hastío en la finca Birán, terminadas las labores del hogar, lustradas las alpargatas,
en las habitaciones en penumbras y a escondidas comenzó a practicar el bolliprontismo con el señor de la casa, veintiocho años mayor que ella.  

Ángel, vivía con ella y con su esposa en la inmensa casa de paredes de tabla y techo de zinc. 

Obsesionado con aquella ordeñadora furtiva, envió a doña Maria a freír tusas a Santiago. Pero antes y por no sacarla a tiempo (a la esposa) provocó que la criada le pariera tres veces viviendo Doña Maria aún allí. 

No ha quedado claro que explicación le daba el señor Castro a su esposa por las tres preñadas que le obsequió a la criada estando aún unido en legítimo matrimonio con ella. 

Angelita, Ramón y Fidel fueron los nombres de aquellos tres actos de penetrante malabarismo.   Cuatro barrigas más le espantaría el gallego a la pinareña siendo ya su esposa. Raúl es el producto de una de ellas. 

Ahora que el mundo se enfrenta a una horrible pandemia y aprendemos todos los días nuevos detalles sobre este mal. No es necesario estudiar el caso en un laboratorio. Basta con mirar el desastroso resultado en todos los niveles sobre todo
un país. Lina Ruz Gonzalez fue la portadora asintomática del peor virus que a sufrido la nación cubana. 

Thursday, October 3, 2019

A Idalina Betancourt. (In Memoriam)

Idalina en el papel de angelito el dia de las Mercedes.
  

−Murió Ida.

La noticia me llegó, mala, rotunda, aplastante.

−Te aviso porque sé que la querías.

La llamada fue en horas de la tarde de ayer y anoche soñé con ella, con Ida.
 

En el sueño volvimos, juntos, amigos, vecinos, hermanos, inocentes y lozanos a correr debajo de un copioso aguacero por el callejón de la finca La Esperanza, el callejón de nuestra infancia.


Volvimos a recolectar crisálidas para colocarlas en un enorme frasco de cristal y observar su metamorfosis. Después desenroscamos la tapa y las dejamos en libertad, para verlas convertidas ya en mariposas cubrir el jardín de Marpacificos de su casa de un amarillo intenso.




Realizamos experimentos científicos con un cargamento de medicamentos viejos descubiertos en la casita de desahogo de sus padres. Mezclas de pastillas y jarabes que en nuestras infantiles mentes curarían las peores enfermedades.




Volvimos a ser compañeros de colegio, estudiamos, completamos la tarea juntos. Asistimos a un cumpleaños donde intentamos, con los ojos vendados, ponerle la cola al burro Perico y destrozamos una piñatas a estacazos.




Fuimos a la matinée del cine del central, el central Mercedes, y reímos a carcajadas con una película de Cantinflas. Al final de la jornada la despedí en el portón de hierro de mi patio, la vi atravesar ágil el callejón, la cálida brisa hacia flotar y el sol del trópico sacaba destellos color oro a su cabellera rubia. Se detuvo un instante a la entrada de su patio, giró, levantó la mano derecha y me dijo adiós con una feliz sonrisa reflejada en su rostro. Una rara, una imposible niebla a esa hora de la tarde la fue cubriendo lentamente hasta que su diminuto cuerpo desapareció. Me quedé con la mano en alto diciendo adiós, con la mirada perdida en la bruma.


Merodee un rato por mi patio sintiendo un hondo vacío y sin ganas de jugar. La voz de mi madre me sacó del letargo. - Ven Migue, es hora de bañarte. Entré cabizbajo en casa y me dirigí a mi cuarto, me senté en la cama y volví a escuchar la  voz de Carmita desde la cocina, esta vez en un tono muy dulce.


- Mijo, mañana la volverás a ver.

Fue entonces que desperté aquí en Miramar, a la realidad del cuarto en penumbras, a la esfera lumínica del reloj marcando las 4:28 AM del jueves 3 de septiembre del 2019, a la amarga realidad de su muerte, y conteste.

- No Madre, ya no la volveré a ver más.

Tuesday, September 24, 2019

Justos, pero no pecadores.



No, no me alegro de las penurias que están pasando mis familiares y el resto de los cubanos en la isla. Y me preocupa que las leyes que impone el gobierno norteamericano afecten a justos y no a los pecadores. Pero antes de culpar solamente esas leyes y a un gobierno extranjero, analizo el montón de injustas leyes que impone y ha impuesto por años el castrismo a la población y llego a la conclusión que es la anquilosada nomenclatura aferrada al poder... y a un sistema fracasado la principal culpable de la horrible situación económica que atraviesa la isla.


Dos recientes hechos han sido el detonante de esta “coyuntura”.


Primero.
La cancelación por parte de Brasil del programa Mais Médicos. Un acuerdo creado por la presidenta Dilma Rousseff, admiradora y amiga de la dictadura castrista y que terminó siendo destituida de su cargo, donde Brasil pagaba al gobierno cubano una cantidad mensual por cada médico, cantidad que no la ganaban muchos médicos brasileños, y el gobierno cubano a su vez se embolsaba el 90% de ese salario, pagándole a los doctores unas migajas. La cancelación de este trato significó un duro golpe para el cepillo castrista. Para los galenos cubanos, la oportunidad de salir en una misión significaba una tabla de salvación dentro del agobio isleño. Ante los ojos del mundo libre este convenio era visto como una explotación y un método de esclavitud moderna.



Segundo.
La aguda crisis económica venezolana creada por la incompetencia de un modelo calcado del castrista si bien ha perpetuado en el poder a un grupo de ineptos, ha arruinado a un país rico. La mesada que el chavismo ofrecía, por pura propaganda política, a manos llenas llega a su fin. Probando lo fácil que es regalar lo que no es de uno y lo peligroso que es vivir de limosnas. Y seamos sinceros, de limosnas ha vivido el castrismo desde los tiempos de la Unión Soviética.







Conclusión.

Es simplemente escalofriante que después de sesenta años de poder absoluto e ininterrumpido el castrismo y la nación cubana dependan de un barco tanque, un solo barco de petróleo, para no quedarse inmóvil y a oscuras. Amigos, cuando imagino a mi prima en un pequeño cuarto, abanicando con un pedazo de cartón a su hijo en la calurosa madruga cubana, no pienso en Estados Unidos ni pienso en el cubano que pueda alegrarse de esta situación. Pienso en el rollizo Miguel Díaz Canel y en esa camarilla de dirigentes vitalicios pidiéndole sacrificios al pueblo desde un programa de televisión para después tomar un auto abastecido de combustible y marcharse a dormir en una confortable habitación climatizada. No se usted, pero yo primero pienso en ellos. En ellos y después en las madres que los parieron a todos.

Sunday, July 14, 2019

La G del Grillo.: Nanahcub Horse.

La G del Grillo.: Nanahcub Horse.: Es un largo y arduo camino el que conduce a las carreras de caballos. Puede incluir: criarlo, seleccionarlo, comprarlo. Después viene otro l...

Thursday, July 11, 2019

Nanahcub Horse.

Es un largo y arduo camino el que conduce a las carreras de caballos. Puede incluir: criarlo, seleccionarlo, comprarlo. Después viene otro largo y mas difícil sendero: cuidarlo, entrenarlo y lograr que venza un sin número de obstáculos, incluyendo un grupo de contendientes en las carreras. ¡Suerte a Nanahcub, un bello potro de dos años y al equipo que lo entrena para su debut!  





Thursday, May 2, 2019

Primero de mayo y la mula de Primo




 

Yo quisiera que alguien me explicase algo. Yo quisiera poder explicar algo.
Ayer 1ro de Mayo los noticieros de televisión nos mostraron imágenes de cientos, miles de hombres y mujeres reclamando mejoras salariales, laborales, económicas en las principales capitales y ciudades del mundo. En España, en Inglaterra, en Francia, en Alemania, hasta en Rusia. En algunas capitales las protestas se volvieron violentas, en Paris volcaron automóviles y se quemaron contenedores de basura.

Mientras tanto en Cuba, en La Habana, el país con uno de los peores niveles salariales de toda América, con pésimas condiciones laborales y de transporte, miles de ciudadanos marcharon desde temprana horas de la mañana por la Plaza de la Revolución frente a los principales dirigentes del partido comunista cubano organizada y respetuosamente. Ni un solo reclamo, ni una sola queja, ni un solo intento de reivindicación económica, laboral o social. Solo denuncias de una posible intervención o agresión extranjera.

En el central Mercedes (6 de Agosto) mi pueblo natal en la provincia de Matanzas, para reparar las paredes de los hornos se utilizaba una mezcla de cemento con polvo de ladrillos refractarios. Para obtener el polvo se trituraban los ladrillos viejos. Esta labor la realizaba una mula que tiraba de una rueda gigante debajo de una caseta circular. La mula de Primo la llamaban porqué su dueño y operario de aquella trituradora era un negro flaco al que todos llamaban Primo. Desde tempranas horas de la mañana, Primo ataba el delgado animal a la rueda y la azotaba para que tirara de ella haciendo un círculo mientras él arrojaba ladrillos debajo de la pesada rueda. Hora tras hora, día tras día, mes tras mes, año tras año, la mula de Primo realizó flaca y mal nutrida aquella tediosa labor.

Muy mayor y casi ciega fue revelada de aquel calvario y soltada en un potrero. Era usual verla años después de Primo haber muerto, dentro del potrero dando vueltas en círculo sin apenas detenerse a pastar.

Amigos, la libertad física no es posible sin libertad mental.









Thursday, April 4, 2019

No es un machete cualquiera.








 − Mira lo que mi hijo Hugo hizo con la hoja del viejo machete del tío Pipe− me dijo mi primo Oscar mostrándome una foto. Y en efecto en la foto se aprecia un hermoso y bien elaborado sable de hermosa empuñadura hecho a mano por Hugo Grillo un tipo con una habilidad para trabajos manuales fuera de serie. Le hice una ampliación a la foto en el “Smart Phone” y logré ver sobre la acerada y bien pulida superficie el cuño de fábrica impreso en el metal cerca de la empuñadura: Una corona de donde surge un brazo en alto sosteniendo un martillo de fragua y debajo,  Legitimus Collins & Co, Made in USA, NO 323.

La memoria, esa fuente inagotable de hechos e imagen pasadas, se sacudió la pereza, ahuyentó el olvido haciéndome recordar las tantas veces que vi aquel instrumento de corte en las manos de mi querido tío Pipe. Pero no solo tío Pipe, algunos de mis otros tíos y mi padre usaban un machete idéntico. Si amigos, la mayoría de los guajiros cubanos eran propietarios de un machete. Pero el Collins no es un machete cualquiera, es quizás el machete de mejor calidad fabricado. Llena está la jerga guajira de referencias a este instrumento que debe su nombre a la ciudad sede de la fábrica, Collinsville, Connecticut USA.

Tres días de intensa búsqueda en Internet hasta que logre encontrar uno idéntico en una tienda de antigüedades en Milford Michigan. Ayer llego el paquete via “Priority Mail”. Cuál sería mi sorpresa al comprobar que a pasar de tener más de setenta años, aun mantiene las etiquetas o pegatinas originales de fábrica y que no fue prácticamente usado.  



Pronto, dentro de una caja de madera hecha a su medida, con una nota aclaratoria de “replica”  engrosará el pequeño museo de objetos que fueron propiedad de aquellos hombres que con su esfuerzo y determinación lograron tanto con tan poco y dejaron como legado y fortuna su ejemplo. No, no es un machete cualquiera, es un pequeño y emotivo tributo.


Monday, January 7, 2019

El robo.



−Juana, prepárame un termo con café y acuesta temprano a los muchachos, ese hombre va a venir a robarse la puerca esta noche y lo voy a esperar.− El pedido que le hacía mi abuelo Don José Grillo a mi abuela Doña Juana Martín era motivado por dos razones: su inefable intuición campesina y una visita inesperada.
 
Aquella apacible tarde de octubre de 1938 un desconocido había llagado a la casa de mis abuelos, un lugar remoto, rodeado de potreros y montes, apartado de todo camino vecinal y localizada en el centro de la finca La Esperanza y Sumidero. Durante la corta visita al forastero se le trató con la hospitalidad acostumbrada por los guajiros cubanos. Se le ofreció agua, algo de comer y se le indicó la forma de llegar a Colón, pueblo cercano, su supuesto destino. El hombre andaba a pie y en la media hora que duró su estancia, mientras conversaba con él, Don José notó que se fijaba nervioso y continuamente en una enorme puerca preñada que descansaba atada por una larga cuerda al tronco de un frondoso almendro en el patio de la casita de campo.
 





Un cartucho en cada recámara de la Remington calibre 16 de dos cañones, una manta para apaciguar la frescura de la noche otoñal, un taburete recostado a la pared del pequeño portal, el termo de café caliente, la soledad y el silencio del campo cubano fueron los acompañantes del abuelo aquella noche madrugada de vigía. Por la posición de la Luna José calculó que eran aproximadamente las dos de la madrugada cuando una rama seca se quebró bajo el peso de una pisada y un bando de palomas rabiche despertadas por el ruido del intruso salieron volando despavoridas de los árboles donde dormían. La luz de la luna llena se reflejaba en el rocío depositado en las hojas de la maleza y en la yerba del patio, iluminándolo todo, mientras el pequeño portal desde donde vigilaba el abuelo se mantenía en una impenetrable penumbra.

 
El crujir de las hojas secas, audibles como en un sistema estereofónico en el impecable silencio de la noche campestre, el repentino silencio de los grillos, delataban el avance y recorrido del intruso. Entonces el abuelo enderezó lentamente el taburete separando el respaldar de la pared y sentándose en posición correcta, levantó y apuntó los negros cañones de la escopeta hacia el tronco del almendro y esperó hasta que la vacilante figura del ladrón emergió de la arboleda y se dirigió sigiloso hasta el árbol donde se encontraba atado el animal. Con un leve puntapié en la barriga, que provocó un gruñido de espanto, despertó el ladrón a la puerca que dormía plácidamente en un confortable colchón de paja seca. Sigilosamente se acercó al tronco del árbol y se arrodilló para desatar la cuerda, sin imaginarse que a unos escasos veinte metros dos cañones le apuntaban cargados con dos cartuchos de municiones número cuatro.



−Te estaba esperando cabrón− la potente voz del abuelo Grillo retumbó como un trueno quebrando el denso silencio de la apacible madrugada, seguida de la acción de apretar el gatillo. Un ensordecedor estruendo y una llamarada de fuego impulsaron la carga de municiones que si bien no mataron al ratero le penetraron la piel y lo hirieron. El individuo saltó hacia atrás como un resorte y emprendió la fuga, primero a gatas hasta incorporarse. − Párate desgraciado − y el segundo disparo impactó al ladrón en retirada en plena espalda. El estruendo que provocaba en su frenética huida al atropellar ramas y gajos de la arboleda era comparable al ruido provocado por una manada de elefantes en estampida.

Un agudo quejido y el chirriar de los pelos de alambre de púas, tensados como cuerda de guitarra, de una cerca perimetral en los que se enredó el ladrón en la desesperada carrera fueron los últimos sonidos que se escucharon en la madrugada en aquel placido valle seguido de los dos últimos disparos hechos al aire por el abuelo José.

 − Cálmate mujer, todo pasó, ese no vuelve por aquí ni a buscar centenes. − fue todo lo que dijo José antes de acostarse a dormir.

A la mañana siguiente comprobaron que en las filosas púas de alambres marca Gauchada el hombre había dejado gran parte de su vestimenta y lo que décadas después llamarían muestras de ADN, pero en aquella primera mitad del siglo veinte los guajiros llamaban simplemente tiras de pellejo.

− Esto es lo que le debe pasar a todo aquel que intente apoderarse de lo ajeno− sentencio Don José antes de comenzar su jornada de trabajo en la finca.

Aquel no fue el primero ni el último robo del que fueron víctimas los propietarios de la finca Esperanza y Sumidero. Un cuarto de siglo más tarde, el 3 de octubre de 1963 los ladrones volvieron a entrar. Esta vez lo hicieron a plena luz del día, los siete herederos de José y Juana no pudieron hacer nada contra ellos. A pesar que la expropiación violaba los estatutos de la última Ley de Reforma Agraria, los vándalos venia armados, vestidos de verde olivo y respaldados por un sistema totalitario y violador de todo tipo de derechos. Pero esa es otra historia y para contar en otro momento.


Thursday, November 29, 2018

Mis treinta diamantes.




La demolición quedó completamente detenida cuando al remover la cobertura de yeso de la pared del viejo cuarto de desahogo descubrí sobre un travesaño la pequeña bolsita de terciopelo negra cubierta de polvo y telarañas. Al tomarla en las manos noté que no estaba vacía, dentro se podía palpar varios objetos, pequeños y de similar tamaño. Desaté la pequeña cuerda que mantenía la bolsa cerrada y sobre la palma de mi mano rodaron en un pequeño desfile una cantidad considerable de piedras transparentes y brillosas cortadas idénticamente.   ¡Son diamantes, son diamantes!  repetí varias veces mientras experimentaba un ahogo y una aceleración del ritmo cardiaco similar a un caballo en la recta final de una carrera. Los conté, eran treinta. ¿Cuál de los propietarios anteriores pudo esconder esto aquí? me pregunte. Tediosa o imposible tarea la de intentar averiguarlo. La idea de quedarme con el hallazgo superó la de intentar devolverlo.  

Remodelábamos una propiedad recién adquirida y el contenido de aquella bolsa tenia según mis primeros cálculos cuatro veces el valor de la inversión total. Estaba solo en la obra, no corrí, no grité aunque ganas no me faltaron. Recordé aquella tarde en la finca Esperanza y Sumidero cuando siendo un niño encontré lo que creí entonces era el legendario tesoro de los Grillos y termino siendo el desentierro de los ahorros de mi padre. Calma Miguelito, calma me dije a mí y a mi conciencia.

Mientras pasaba la euforia medité sobre cómo había sido posible que a pesar de haber estado involucrados varios obreros en las actividades de remodelación a lo largo de seis meses haya sido precisamente a mí a quien le tocara descubrir el tesoro. No encontré otra respuesta. Así que terminé por achacárselo a lo que considero es una racha de buena suerte que me acompaña desde que Carmita me pario de pie. (De pie ella por locuras de la comadrona. Yo nací cabeza primero como casi todo el mundo)

Pasar el sábado y el domingo en silencio pero con la cara radiante de felicidad no fue fácil. Conocedor del delirio de las féminas por los diamantes no le dije nada a Mimol. El lunes, desperté sobresaltado a las tres y treinta y tres de la mañana, extendí la mano y palpé en la primera gaveta de mi mesita de noche la aterciopelada bolsa, con la punta de los dedos fui contando los escurridizos bulticos, 27, 28, 29, 30. Si, estaban todos, musite y me quedé dormido.


Largo y tedioso fue el viaje hasta el Seybold Bulding cuna del negocio de piedras finas en el “downtown” de Miami. En el negocio indicado toque el timbre y desde el mostrador apretaron un botón que liberó el cerrojo de la puerta. Entré y me presenté con nombre y apellidos. Por la pequeña apertura de una vidriera con doble cristal a prueba de balas introduje la bolsita. Del otro lado del grueso cristal un anciano judío de mirada apacible, largas, encanecidas trenzas y negra vestimenta, tomó la pequeña bolsa y esparció su contenido sobre un cristal. Con la punta del dedo índice las empujo para un lado y para el otro bajo una luz especial que las hacia brillar de una manera cegadora. Yo observaba la operación y mis ojos brillaban más que las treinta piedras. Una a una se llevaba las piedras entre sus dedos índice y pulgar muy cerca del ojo izquierdo y las observaba a través de un pequeño microscopio ajustado a la armadura de sus lentes. Las observaba detenidamente, luego emitía un sonido, hacia un gesto de aprobación, hacia un giro brusco con la cabeza retirando el pequeño microscopio de su campo visual, me miraba fijamente, sonreía y repetía la operación con la siguiente piedra. Treinta veces repitió el ritual, exacto, preciso. Las treinta veces yo involuntariamente detenía la respiración hasta que el gruñido, el gesto de aprobación y el brusco giro, unidos a la sonrisa me hacían inhalar oxígeno de nuevo cuando ya mi color era semejante al gris de un ahogado.

Entre resuello y resuello me repetía mentalmente en un estado de exaltación extrema, ¡Son diamantes, coño son diamantes! Sentí la presión sanguínea subir hasta enrojecerme las orejas. Temí por un momento caer fulminado por un sincope cardiaco y decidí respirar profundo y organizadamente, pero sin quitar la vista de mis piedras preciosas temeroso a que el octogenario mercader fuese a realizar un hábil cambio.

Cuando examino la numero treinta, no pude resistir la tentación, fue entonces que intentando guardar la compostura pregunte en un ingles rebuscado y cuidadoso.

Are they diamonds? ¿Son diamantes? 

Entonces escuche la respuesta en un español de acento hebreo que retumbo como un disparo de escopeta en aquel estrecho cuartito y que me hizo en unos minutos hacer un listado enorme de planes.

¡Sí!

Puedo estropear el relato, pero tengo que ser sincero con ustedes; me cagué.

Isaac o Isidoro, así se llamaba el experto, me devolvió en un curioso recipiente de cristal circular mis treinta piedras preciosas. Mis treinta diamantes.

Espere por favor, le voy a emitir la factura y el certificado. dijo, y se perdió en el fondo del recinto.  

Regresó, lo primero que me extendió fue la factura, cincuenta dólares que pagué en efectivo, reprimiendo los deseos de dejarle una cuantiosa propina. Lo segundo, una vez pagada la factura fue el certificado.

El certificado me temblaba en las manos. Devoré visualmente el contenido del papel. Lo primero que me saco los ojos de orbita fue el espacio donde se indica el valor; el espacio estaba atravesado por una raya negra horizontal.   A pesar de su experiencia no se atreve calcular el valor pensé. Entonces leí la sección donde se detalla el tipo de piedra. Sentí que todo el  Seybold Bulding y los demás adyacentes del centro de la ciudad de Miami me caían encima aplastándome. Allí en el certificado se podía leer con letras negras de imprenta la palabra que le daba significado a lo que yo momentos antes había entendido como un “SI”. Lo que el anciano hebreo me había contestado, lo que me había dicho en ingles era “Z” el símbolo de joyería que se utiliza entre los conocedores parta referirse a Zirconia. En el lugar donde estaba supuesto a señalar el valor aproximado prefirió trazar una raya horizontal negra, porque según me dijo el muy hijo de Israel, nosotros nos especializamos exclusivamente en diamantes.

¡Gracias! creo haber dicho balbuceante y me fui.       

Tuesday, November 27, 2018

Mirta en la distancia y el recuerdo.



 

A mi prima Mirta. Que aún vive perdida en el mismo callejón de la historia.
La divisamos en la distancia, caminaba rumbo a su casa por el callejón de la finca Esperanza y Sumidero, con una jaba colgada del brazo, dejando a su paso una leve nube de polvo que se desvanecía o se posaba sobre la superficie de tierra. Su frágil figura parecía levitar sobre el espejismo vaporoso que producen a lo lejos los rayos solares en las planicies secas. Regresaba de la tienda del pueblo, dónde había comprado la magra ración que le adjudicaban por la tarjeta de racionamiento.
 
Fue mi primo Oscar quien me la señaló. − Mira, mira, allá va Mirta. Oscar y yo regresábamos de la escuela a caballo como era de costumbre. Era el mes de Mayo y aquella tarde, antes de apagarse en los brazos de una luminosa noche de luna llena, se empecinaba en castigar con sus últimos rayos solares la existencia de todos los pobladores del central Mercedes y sus alrededores.
 
− ¿Migue, a que tú no te atreves a decirle sebingosa? − me dijo en forma de pregunta y reto Oscar. Mi primo solía ponerme a prueba. Algunas veces producto de un ataque de hijeputismo de los que padecía con peligrosa frecuencia. Yo jamás había escuchado la palabra, pero el peso de demostrarle mi valor al primo, que era una suerte de héroe para mí, me hizo contestarle rápido y resuelto, − yo sí se lo digo− y comencé a repetir la palabra mentalmente para no olvidarla mientras nuestra cabalgadura acortaba con su paso la distancia que nos separaba de Mirta.
 
Mirta Corredera era nuestra prima. A pesar de su juventud, era solo cinco años mayor que Oscar y diez años mayor que yo, lucia avejentada. Andaba desaliñada, con el cabello mal atendido y era extremadamente delgada. Caminaba encorvada y tenía la piel y las manos curtida por los avatares del campo. No sabía leer ni escribir pues sus padres nunca la enviaron a la escuela. Solo logró hacer sobre una hoja de papel unos trazos deformes y desorganizados que nada tenían que ver con letras, después todas las noches de los diez meses que alumbrada por un farol chino de ruidosa luz, Margarita Pereira intentó enseñarla a leer y escribir. Tenía etapas de profunda calma, días en los que, sentada en un taburete, con la mirada perdida en el potrerito de la viuda, se sumergía en un silencio sepulcral mirando el ganado pastar y conversando con los muertos y entonando canticos indescifrables. Cuando se sacudía de aquella modorra y regresaba al mundo de los vivos, era la que organizaba y lideraba las cacerías con tirapiedras, trampas para codornices o las cocinatas de semillas de marañón en improvisados fogones de piedra y pedazos de planchas de zink a escondidas de nuestros padres.
 
Mirta ayudaba a mi madre en los quehaceres del hogar, mis padres la querían mucho. Solo una vez se enojaron con ella, fue el día que me llevó a la arboleda del tío Pipe y nos dimos una hartada de mameyes Santo Domingo que me produjo un empache descomunal del que solo me salvó la vieja Antolina traída a mi casa para que me pasara la mano, una suerte de ritual, una estimulación al recorrido de los alimentos por los intestinos realizado al pasar las manos embarradas de aceite caliente haciendo presión sobre el abdomen acompañado de rezos. Yo jamás había tenido diferencias con Mirta, o más bien solo había tenido una, la vez que la llamé yegua vieja, por indicaciones de Oscar y la que estaba a punto de tener por indicaciones también de él.
 
Criollo, marchaba resuelto, con el entusiasmo que invade a los caballos cuando van camino de regreso a casa, donde saben que les espera comida y descanso. La distancia entre nuestra cabalgadura y la prima Mirta se fue acortando hasta que la alcanzamos. Para sorpresa mía, una vez junto a ella, Oscar comenzó lo que se puede catalogar como un dialogo entre sordos, gesticulaba aparatosamente y gritaba no dejándome oportunidad de decirle lo que momentos antes me había indicado que le dijera. El dialogo no tenía sentido, pero en realidad ningún dialogo con Mirta tenía mucho sentido. Dos veces dije la palabra indicada, pero las dos veces la voz de mi primo ahogo la mía, hasta que dirigiéndome a él le pregunte a gritos,
− ¿Chico, me vas a dejar que se lo diga o qué?
− ¿Decirme que? – preguntó la aludida, mirándonos desde la negrura de dos ojeras como el fondo de dos botellas de vino tinto.
− Sebingosa. – conteste yo sobre la voz de Oscar que le pedía que no me hiciera caso.
− ¿Qué tu dijiste?
− Sebingosa, sebingosa, eres una sebingosaaaaaaaaaaa. – grité a todo pulmón.
 
Mirta depositó con calma la percudida jaba en el suelo y se armó en pocos segundos con una considerable cantidad de piedras que abundaban en el camino. Yo al verla, me desmonté de Criollo e intente ponerme a salvo detrás de Oscar y el animal. Desde el caballo Oscar trataba de mediar, gesticulaba con ambas manos, comenzó pidiéndole que no me hiciera caso y rápidamente pasó a hacerle incongruentes ofertas que incluían ir a pescar o regalarle su tirapiedras. Pero la furia de la aludida era incontrolable. Los primeros proyectiles hicieron impacto en el animal y algunas en la fisionomía de mi primo. Oscar insistía en lograr la paz, pero a Mirta se le había colado el diablo en el cuerpo. Emitía un sonido gutural adornado con un rosario de improperios y disparaba andanada tras andanada de piedras con ambas manos. Yo seguía haciendo círculos parapetado tras Criollo, y comencé a ripostar el fuego enemigo con un picheo empedrado y constante. Oscar, atrapado en el fuego cruzado recibía impactos en su cuerpo. Fue una pedrada en el pecho propinada por Mirta la que hizo que mi trinchera de cuatro patas saliera espoleada a todo galope dejándome allí en el campo de batalla frente al Miura enloquecido. Intenté protegerme en la cuneta y desde allí continúe devolviendo el fuego. Nada detenía a mi adversaria. Recuerdo haber hecho blanco varias veces, pero ella seguía avanzando y no paraba de lanzar piedras. Sentí un dolor intenso en el brazo y otro en una pierna, resultado de dos certeras pedradas. No me quedó más alternativa que escapar atravesando la cerca de alambre de púas. Sentí el acero lacerándome la piel de la espalda, dejé mi camisita en ripios colgando de los alambres y me adentré en el potrero de Quiro. Corrí paralelo al callejón bajo una lluvia de piedras que la cerca no era capaz de detener, hasta que deje aquella loca detrás. Seguí corriendo hasta que alcance a Oscar que había detenido a Criollo a casi medio kilometro y analizaba los daños en su cuerpo y en el del caballo.
 
Me costó trabajo volver a cruzar la cerca para subir al camino. Jadeante, cojeando, con la piel de la espalda hecha jirones me acerqué a mis compañeros de viaje. Fue entonces que vi los hematomas que brotaban como violetas en todo el cuerpo de mi primo y algunas magulladuras en la piel de Criollo. Oscar estaba morado de piel y de ira. Se volvió hacia mí y me grito indignado.
 
− ¿Tú eres comemierda o qué? –
 
Al fin de un salto monto en Criollo y extendió el pie para que yo lo usara de estribo y subiera también.
 
Cabalgamos por la guardarraya camino a la casa del tío Quiro. Íbamos en total silencio, rodeados de verdes y ondulantes campos de caña de azúcar, acompañados por algún pequeño y esporádico remolino de corta duración que levantaba un espiral de tierra colorada y paja de caña para morir a escasos metros y con la misma espontaneidad que surgió. Hasta que una pregunta mía nos hizo reír a carcajadas.
 
− ¿Chico, ser sebingosa es tan malo?